21 de julio de 2017

La destrucción del templo de Artemisa

Las aguas del Egeo relucen de tal manera cuando el sol se oculta, que casi resulta imposible fijar la mirada en el horizonte en este bello atardecer. En esta calurosa noche de verano, dos nombres pasarán a la Historia. Uno de ellos será clamado con orgullo, mientras el otro no será pronunciado sino con desprecio. Hoy, 21 de julio del año 356 antes de Cristo, dos hombres serán introducidos en las inmortales crónicas que narrarán la Historia del mundo. Quizá ambos comparten el objetivo de ser recordados para siempre. Pero uno de ellos figurará en epopeyas que cantarán apasionantes logros casi imposibles para un hombre, mientras que el otro solo será protagonista de vestigios que cuestionarán la inteligencia del ser humano. Esta noche, al otro lado del mar, en la ciudad macedonia de Pela, ha nacido el hijo del rey Filipo II, Alejandro III, quien será Alejandro Magno. Su nombre será símbolo de gloria. Aquí, donde me encuentro, en Éfeso, ciudad jónica hoy bajo el dominio aqueménida del Imperio Persa, un tal Eróstrato creo que se llama, ha prendido fuego a la que será considerada una de las siete maravillas. Su nombre será sinónimo de locura.

Ilustración del templo de Artemisa

A los pies del cerro de Ayasoluk se alza un edificio cuyo delicado mármol brilla con tal magnificencia que parece divino. Y tal vez lo sea, pues se trata del hogar de la diosa que le da nombre. Me dicen que la construcción del templo de Artemisa llevó más de ciento veinte años. Fue al rey lidio Creso, hace unos doscientos años, a quien se le ocurrió levantar este monumental edificio, quizá porque a él, el hombre más poderoso de su época, ya todas las opulencias se le quedaban pequeñas. En la ya sacra ubicación en la que se alzaba un austero templo dedicado a Cibeles, el arquitecto cretense Quersifrón inició el ambicioso proyecto. A medida que la noche se echa encima, la penumbra se apodera de la ciudad. Se trata de una noche extrañamente oscura. No encuentro la luna en el cielo a pesar de que está despejado. Cuando llego al templo, el blanco mármol, como si su piedra tuviese la capacidad de almacenar la luz que ha recibido durante el día, ilumina el lugar permitiéndome admirar los bajorrelieves que decoran los frisos. Acaricio las historias que cuentan mientras elevo la cabeza poco a poco, llevando mi mirada a través de las columnas de sesenta pies hasta alcanzar el techo, que se eleva dándole al edificio más de veinte metros de altura. Camino sobrecogido hacia el baldaquino y, saliendo de mi trance, me doy cuenta de que ya no queda casi nadie aquí dentro. Algunos guardias pasean por la cella, charlando entre ellos, y poco más. Pero, zigzagueando entre las columnas descubro a un tipo de lo más extraño. Al percatarse de que le he visto parece ponerse muy nervioso, rascándose su despeinado cabello enmarañado, mirando a uno y otro lado, parpadeando repetidas veces, sudando... Tal es su ansiedad que casi tropieza con las antas al alejarse, mirándome con una sonrisa de lo más excéntrica. Vaya trastornado, pienso.

-Hay sueño, ¿eh? El turno de noche es una mierda -protesta uno de los guardias.

-Ya te digo, macho -responde el compañero tras finalizar un sonoro bostezo-. Si es que llevo varias noches sin pegar ojo. No hay quien duerma con este calor.

-Me iba yo al Bósforo ahora tranquilamente -bromea el otro.

Estatua de Artemisa del anfiteatro
de Leptis Magna
Poco a poco el silencio se apodera de este lugar. A la luz de las lámparas de aceite de nardo el templo es, si cabe, más imponente. Pero las tranquilas sombras que titilaban sobre los artesonados de repente empiezan a describir violentas sacudidas. No pasa mucho tiempo hasta que un agradable aroma se extiende por la cella. Sin embargo, cuando aprecio el casi asfixiante olor de los perfumes interpreto que la causa es devastadora. Pronto me veo obligado a taparme la nariz y la boca con la pechera de mi túnica corta de lana blanca sin mangas. El humo me hace pensar que un incendio ha sido provocado junto al altar. Las voces que a continuación escucho, me lo confirman. Me salgo al pronaos, donde al menos puedo respirar, y contemplo entre tosidos cómo los soldados se organizan para sofocar el fuego. Pero nada pueden hacer, sino apresar a un tipo que curiosamente no opone resistencia alguna. Habiendo prendido fuego a las cortinas del baldaquino, ha conseguido que las llamas se extiendan rápidamente devorando la madera y destrozando los metales. Cuando lo arrastran casi despeñándolo a patadas por las escaleras del basamento, el tipo, aquel muchacho que descubrí anteriormente, no deja de proclamar oraciones a la diosa cuya estatua arde dentro. Los numerosos pechos de Artemisa, tallados en madera de vid, se convierten en ceniza mientras el oro que la vestía cae sobre el altar.

Los golpes que ya recibe, fruto de la ira de los efesios ante la impotencia de ver que su maravilla se destruye, en nada se compararán al sufrimiento al que será sometido durante las torturas que intenten arrancarle la razón por la que ha cometido tal crimen. Eróstrato, ese pobre pastor que ahora escupe sangre sobre la arena, rodeado por todos los que aquí estamos, confesará algo que, por perturbador, nunca podrá ser olvidado. El rey Artajerjes III llegará a penar con la muerte a todo aquel que ose pronunciar el nombre de este muchacho. Pretenderá que el recuerdo de este lunático muera con él cuando lo ejecute. Pero no lo logrará, pues la Historia, aun repleta de nombres que lograron su inmortalidad por medio de grandes gestas, también estará interesada en conocer este suceso, protagonizado por un loco que prendió fuego al templo de Artemisa con el único objetivo, cumplido con creces, de ser por siempre recordado.

Ruinas del templo de Artemisa en la actualidad

En esta página se encuentra publicado un bonito cuento, firmado por el escritor del siglo XIX Marcel Schwob, que narra este suceso.

16 de marzo de 2017

La masacre de York

A pesar de que hoy, viernes, 16 de marzo del año 1190, es la víspera de la importante fiesta judía que se celebra el sábado previo a la Pascua, lo que aquí está sucediendo dista mucho de parecer un festejo. Desconozco cuáles son las costumbres del pueblo hebreo en estas fechas pero, puedo afirmar con gran sobrecogimiento que ni mucho menos incluyen entre sus actividades el dejarse morir entre llamas. La fatalidad que estoy contemplando en el Castillo de York, a pesar de que pasado mañana será Domingo de Ramos, impide absolutamente que estos días puedan ser considerados santos.

Ilustración de la masacre de York. Peter Dunn.

Apenas puedo avanzar unos metros antes de tener que detenerme para recuperar el aliento, pues mi atuendo y mis armas bien pueden superar los treinta kilos de peso. Pero me veo obligado a hacerme pasar por uno de los muchos nobles que por aquí pululan. Al menos de este modo la multitud, compuesta fundamentalmente por aldeanos alborotados, me dejará más a mi bola. La pesada cota de malla apenas me permite respirar, y por si fuera poco, el almófar termina de fastidiarme sin permitirme prácticamente poder siquiera levantar los brazos. Mi veste azul oscuro, largo hasta la pantorrilla, ceñido con un grueso cinturón de cuero, solo está manchado del hollín que el humo que invade esta llanura desprende. Será, espero, la única suciedad que lo tiña esta noche. Sujeto mi escudo de lágrima mientras mi espada permanece en su vaina, lo que me permite apartarme momentáneamente el yelmo, metiendo el guante bajo la protección nasal para limpiar la ceniza que se mete en mis ojos. Hace ya un buen rato que ha anochecido, pero el cielo se ha coloreado de un tono anaranjado cuando la torre de Clifford, ante la que ahora me encuentro, ha comenzado a arder.

Dando voces, dirigiéndose a la muchedumbre desde la empinada escalera que asciende por el altozano, el que parece el más distinguido de los nobles anuncia que esta noche acabará todo. El sitio no ha durado mucho, pues los que en la fortaleza se refugian pronto se han resignado a aceptar su fin. Los judíos guarecidos cruzarán esta empalizada como cristianos conversos, vivos; o como judíos fieles a su fe, muertos. El boceras no es otro que Richard Malebisse. A este señor, como a tantos otros, no le interesa menos que se quemen los documentos que recogen sus deudas con los prestamistas judíos, que el exterminio del pueblo semita, traidor de Jesucristo, y motivo que utiliza para auspiciar a los que aquí estamos. Desde la subida al trono del nuevo rey de Inglaterra el año pasado, la tensión contra los judíos ha crecido de manera alarmante. Según dicen, los líderes judíos fueron expulsados del rito de coronación tras ser humillados, siendo desnudados y flagelados. Se dio como razón que la ceremonia incluía, además del nombramiento del rey, su investidura como cruzado. El brote antisemita ha tomado aún más fuerza por toda Inglaterra alimentado por el fervor cristiano surgido con los planes de la guerra santa. No obstante, las masacres que se están produciendo están lideradas por tipos como Malebisse, mientras Ricardo I se encuentra atravesando Francia con dirección a Jerusalén. Muchos saben que estos crímenes no quedarán impunes. No deberían.

-¡Las llamas que nos devoran han sido provocadas por aquellos que han preferido darse muerte!

-¡Queremos ser aceptados como hermanos cristianos!

Desde la muralla, las primeras respuestas comienzan a ser chilladas con tonos de desesperación. Varios hombres ruegan ser perdonados, tal como se prometió, aceptando ser bautizados. Narran entre llantos cómo la mayoría de los suyos se han quitado la vida, degollándose entre ellos. Los hombres han cortado las gargantas de sus mujeres e hijos para suicidarse después. Los últimos en hacerlo han prendido fuego a la fortaleza de madera, que sin dificultad ha comenzado a arder elevando las llamas hasta las mismas nubes. Aquellos que aún permanecen vivos claman por conservar sus vidas aunque ello suponga renunciar a su fe hebrea. Y confiando en que así sea, finalmente abren los portones saliendo a toda prisa, escapando del fuego. A medida que bajan por la escalinata, los supervivientes frenan su paso, descendiendo lentamente los escalones. El crepitar de las llamas a sus espaldas es lo único que se escucha en esta noche trágica. El silencio se apodera de este castillo de York. Los guerreros, muy lentamente, se abren para dejar paso a los judíos entre ellos, que caminan asustados, temblando de miedo ante esta liberación que aún no dan por segura. Junto a mí, un fraile echa hacia atrás su capucha y se santigua, abrazando después un crucifijo de madera mientras reza una oración por el alma de esta gente que, aliviado, ve salvada. Algunos hombres respiran, estremecidos ante la situación, creyendo ver ante ellos el fin de esta calamidad. Pero de repente, Richard Malebisse se planta frente al primero de los judíos, provocando incluso que el hombre choque contra su pecho. La comitiva de liberados se detiene. Todo continúa en pleno silencio. La incertidumbre se eleva entre todos los presentes cuando el noble hace silbar la hoja de su espada, sacándola de su vaina. El hombre cierra sus ojos, musitando un último rezo al interpretar que, en contra de lo que empezaba a creer, su fin ha llegado. Richard Malebisse atraviesa su estómago con su acero, sacándolo por su espalda.

Los nobles cristianos se lanzan a por todos aquellos que han cruzado la empalizada. Algunos aldeanos pretenden impedirlo, recordándoles la promesa que habían realizado. Sobrecogido, solo puedo desear, mientras cruzo el puente sobre el río Foss, que la oración de ese hombre, como la de todos sus compañeros, haya sido dirigida al dios que, libremente, haya querido escoger.

Torre de Clifford. York. Inglaterra.

En esta interesante página existe más información sobre este acontecimiento.

8 de diciembre de 2016

Auto de fe en el Nuevo Mundo

Hoy es 8 de diciembre del año 1596. Segundo domingo del advenimiento. Día de la Limpia Concepción de Nuestra Señora, la Virgen María. Estoy en la ciudad de México, concretamente en mitad de la Plaza Mayor, rodeado por una gran multitud que no quiere perderse la fiesta que aquí va a tener lugar. Para muchos es como un espectáculo, pero joder, digo yo que ya podían buscar otra hora, que aún ni ha amanecido del todo. Debe ser una gran putada tener que madrugar para ir a que te ejecuten.

Ejecución de Mariana de Carvajal. El Libro Rojo. 1870

Debo de tener una cara de dormido importante. Se me abre la boca todo lo que me da la mandíbula, y finalizo mi lamentable gesto relamiéndome con ojos llorosos cual gato recién despertado. Sólo al terminar me percato de que una joven indígena me mira boquiabierta, quizá preguntándose cuántos meses debe llevar sin dormir el tipo que tiene ante sí para protagonizar tan dantesco bostezo. Intento disimular carraspeando pero creo que ya es demasiado tarde. Me mira raro. Una pena, porque estaba buena. Me hubiera gustado poder invitarla a un mezcal. Ciertamente he dormido poco, pues anoche quise acercarme a la procesión de la Cruz Verde. Los familiares de los reos se han pasado la noche rezando mientras traían la cruz del Santo Oficio hasta esta plaza. Opto por meterme entre la gente, avanzando hasta la primera fila, y es cuando puedo observar cómo todo ya parece preparado. La triste comitiva de condenados está llegando, y poco a poco son colocados sobre un tablado. Avanzan en primer lugar los acusados de delitos más leves. Hoy hay un par de fornicarios, siete blasfemos, tres bígamos e incluso un desgraciado al que han acusado de arrancar los edictos que el Santo Oficio coloca en las puertas de las iglesias. Suben también otros inculpados por delitos más graves. Hay siete hechiceras, dos encubridores de judaizantes y un buen puñado de acusados de guardar la Ley de Moisés. Hay también algún monigote para procesar a otros tantos por lo mismo in absentia. No se escapan ni los muertos, pues también serán quemados los huesos de dos difuntos encontrados culpables por esto último. Se ha puesto de moda este asunto desde que hace ciento diez años el Papa Inocencio VIII concediera el permiso de exhumación y quema póstuma. En total, la madera del patíbulo soporta ahora mismo el peso de sesenta y ocho condenados que, unos más conscientes que otros en función del horror de las torturas a las que han sido sometidos, esperan cabizbajos su momento de subir a la plataforma desde la que escucharán sus sentencias con sus manos entrelazadas atadas a un crucifijo.

Muy diferente es la grada en la que se encuentran las autoridades. Toda una obra de carpintería. En madera de nogal, las gradas poseen asientos de cuero y no hay ni un trecho que no esté cubierto por ostentosas alfombras. Distingo en el centro del Tribunal, cubierto por elegantes doseles, al virrey de la Nueva España, Gaspar de Zúñiga Acevedo y Velasco, para el que se reserva la mejor de las posiciones. Su sillón es de terciopelo y está provisto de caros cojines para garantizar su comodidad durante el proceso. A su alrededor, y dependiendo de su antigüedad en el cargo, se sientan los inquisidores. Un poco detrás veo a los alcaldes de la Corte, y entre las cabezas de los muchos aquí presentes ya veo cómo avanza el estandarte de la Inquisición, enarbolado por el fiscal mientras dos caballeros de hábito le acompañan sujetando cada uno una borla de esa enseña a la que todos miran casi con miedo. Detrás llega el alguacil mayor de la Cancillería y el capitán de la Guardia, flanqueados por dos tenientes. Ocupan su lugar en la tribuna de la Iglesia los cabildos y demás fulanos eclesiásticos.

-En presencia del doctor Lobo Guerrero, arzobispo del Nuevo Reino de Granada; el licenciado don Alonso de Peralta y el fiscal licenciado Marcos de Baborgg...

Los lectores comienzan a dar su pertinente chapa. Bajo las órdenes del secretario, cada uno de los acusados es conducido al pedestal sobre el que escucha su sentencia. Todos ellos visten el capotillo conocido como sambenito, ahora manchado por las frutas y verduras podridas que los vecinos les han arrojado de camino a esta plaza. Una soga cuelga de sus cuellos y sobre sus cabezas llevan la ridícula coroza. Al que aún le quedan fuerzas para responder a los insultos que reciben, le amordazan. Los veredictos menos graves se resuelven con penas que van desde una somanta de azotes al destierro pasando por el envío a galeras. Pero cuando las velas que han de portar los reos son de color verde, la cosa se pone más seria. Hablamos ya de los delitos de los judaizantes. Entre los desgraciados que pertenecen a este grupo de relajados, es decir, de condenados a muerte, se encuentra el muchacho cuyo nombre es leído en este momento.

-Luis de Carvajal -dice con firme voz el inquisidor-. Condenado a ser quemado vivo, en vivas llamas de fuego, hasta que tu cuerpo se convierta en cenizas.

Como distintivo en su trágico uniforme, el joven de 30 años, nacido en Benavente, en Zamora, lleva además una larga cola enroscada que le identifica como rabino. Me veo obligado a apartar mi mirada de la escena, y es entonces cuando veo entre la gente a fray Alonso de Contreras. Con sus manos entrelazadas sobre su pecho, musita lo que supongo que es una oración por el alma del que ha llegado a convertirse, me atrevo a decir, en su amigo. El fraile tiene órdenes de las autoridades judiciales de permanecer ajeno al procesamiento de aquel al que durante tanto tiempo ha intentado convencer para que abandonara el culto a Jehová, abrazando el de Dios. Sé que en este instante, ambos, tanto el dominico como el reo, saben que rezan al mismo ser supremo.

-Como vos, también Luis parece murmurar una oración -me atrevo a decirle al fraile, intentando ser amable-. Quizá ese soneto sobre el perdón que él mismo compuso.

-No pude ayudarle -responde el dominico finalmente, en voz baja.

Tortura de Francisca de Carvajal. El Libro Rojo. 1870
Dirijo mi mirada de nuevo al patíbulo. Las sentencias siguen leyéndose. Entre los nombres que resuenan en esta Plaza Mayor, están también el de la madre de Luis, Francisca de Carvajal; sus hermanas, Isabel, Catalina y Leonor; o su buen amigo Manuel de Lucena. Sólo dos de sus hermanas están hoy ausentes entre las piras, y no sé si entenderlo como una fortuna, o como un auténtico tormento al sobrevivir a la ejecución de toda su familia, a sabiendas, quizá, de que eludirán la hoguera sólo de manera temporal. Mariana, fruto de las torturas, ha sido declarada trastornada mentalmente, mientras que Ana, la menor, ha sido de momento reconciliada. Sus hermanos Miguel y Baltasar consiguieron huir hacia Turquía. Y muy atrás quedaba ya en esta historia el hermano mayor, Gaspar, quien ingresó como monje en España. Toda la familia Carvajal protagoniza hoy el desenlace de este trágico episodio que vio su comienzo hace dieciséis años, cuando la nave Santa Catarina zarpaba desde España hasta estas tierras. En ella viajaba Luis de Carvajal y de la Cueva, con el cometido de fundar y administrar el Nuevo Reino de León. Acompañándole, su hermana Francisca y su familia se embarcaron con el sueño de prosperar en el Nuevo Mundo, un sueño que compartían las muchas familias provenientes de Portugal, Zamora o Medina del Campo que igualmente formaban parte de este viaje liderado por el nuevo virrey, Lorenzo Suárez de Mendoza. Pero la ilusión de los Carvajal de una nueva vida incluía un aspecto que el gobernador no compartía. Años después, Luis montaría en cólera cuando los suyos le desvelaran el secreto de estar practicando los ritos judaicos. Nada quiso saber de los suyos desde ese momento, rompiendo la entrañable relación que mantenía especialmente con sus sobrinos. Pero a pesar de todo, el bravo conquistador nunca denunció el delito que sus propios allegados estaban cometiendo. Fue algo que terminaría por costarle la vida cuando, tiempo después, fue apresado bajo la acusación de encubrir a judaizantes, muriendo en una fría celda bajo crueles tormentos.

-Luis y su familia recuperaron en secreto los rituales de sus ancestros -me cuenta fray Alonso, refiriéndose ahora al Mozo, pues así llaman a Luis para diferenciarlo de su tío de igual nombre-. Considerados marranos en España, tenían la esperanza de que aquí las cosas pudieran ser de otro modo.

-Pero el fuego quema igual en todos los lugares -susurro más como reflexión que para que el fraile me escuche-. Y la crueldad de los hombres es también algo que ni el amplio océano mengua.

No fue hasta los 12 años cuando Luis descubrió que sus padres judaizaban. Desde ese momento, bajo la orientación de su padre, comenzó a experimentar la fe de sus antepasados, viviendo de manera perpetua una angustiosa evolución en la que se veía atrapado por una doctrina prohibida. Hasta que en su interior venció la demanda de una vida entregada al mensaje veterotestamentario. Fue en ese momento cuando comenzó a utilizar, sobre todo en los escritos que le han llevado a ser considerado el primer escritor judío del Nuevo Mundo, el nombre de Yosef Lumbroso, simbolizando su intención de perseguir la que él consideraba su luz.

-De haber nacido antes que el Redentor, su nombre aparecería en las Escrituras Hebreas -me jura el dominico mirándome a los ojos por primera vez, como saliendo de su trance-. Con la misma importancia que los grandes nombres que ahora conocemos.

Fray Alonso avanza poco a poco, apartando a los presentes, abriéndose paso. Luis está siendo conducido a la pira. El viejo fraile, con ojos casi llorosos, logra alcanzar al joven, desobedeciendo las órdenes que tenía de no volver a interactuar con el acusado.

-Luis -le ruega, sujetando su rostro entre sus manos para obligar al joven, demacrado por la tortura, a mirarle a los ojos-. Soy yo, Luis.

El dominico, no pudiendo soportar la idea de que el muchacho muriese como un hereje, pretende casi entre llantos hacerle reflexionar. Intenta transmitirle unas últimas palabras que logren, al menos, arrancarle la más mínima declaración que pueda ser entendida como merecedora de la piedad del tribunal. Desconozco si Luis puede oírle, o si ya su mente se encuentra totalmente destruida. Fray Alonso, desesperado, toma una de las Biblias que reposaban sobre las gradas, leyendo versículos, fragmentos, líneas que puedan despertar en el joven la confianza para pronunciar una palabra que sirva para apaciguar el inminente tormento del fuego. Desde aquí sólo puedo ver cómo los labios del fraile se mueven, temblando su barbilla por la necesidad de llorar por su amigo. Y es que toda la gente que abarrota esta plaza chilla y grita, quejándose por la interrupción del dominico, y animando a los oficiales a que continúen con el proceso.

-¡Señores! ¡Señores! ¡Piedad!

El viejo fraile se dirige al tablado de las autoridades, gritando, con un brillo de esperanza en sus ojos. Casi recibe alguno de los podridos vegetales que la gente sigue lanzando contra el patíbulo, pero parece no importarle, pues su único cometido es ser escuchado.

-¡Ha hablado! ¡Ha hablado!

Desde la tribuna de los inquisidores, algún gesto indica a los oficiales, dispuestos a echar de allí al dominico, que permitan hablar al anciano. Como si de un milagro se tratara, el pueblo guarda silencio, expectante.

-Luis... Luis -dice el fraile, volviendo a tomar el rostro del joven entre sus manos-. Repítelo.

-Bendita sea -musita el joven, casi sin poder mover sus agrietados labios manchados de sangre-. Bendita sea la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Antes de marcharme del lugar, observo una última vez esta escena que, a pesar de resultar igualmente trágica, no lo es al menos tanto como en un principio pudo esperarse. Luis, sujeto al garrote por una argolla de hierro puesta en su cuello, mira fijamente al que fuera su confesor. Las llamas devorarán su cuerpo, pero su final llegará con la vuelta del garrote vil que rompa sus vértebras de manera rápida.

-No me olvides en el cielo, Luis -murmura el fraile sujetando las casi inertes manos del muchacho entre las suyas para evitar que caiga el crucifijo que sostiene entre sus temblorosos dedos-. Pues ten por seguro que allí te diriges.

En la Plaza Mayor de la ciudad de México, miles de voces al unísono rezan un padrenuestro por el alma del joven que en este momento es ejecutado, así como por las de los demás condenados. Cuando el verdugo da una vuelta más al garrote, fray Alonso cae de rodillas orando entre susurros. Las manos de Luis quedan colgantes, y el crucifijo cae entre las ramas secas que muy pronto comenzarán a arder.

Escultura de homenaje a Luis de Carvajal y de la Cueva. Monterrey. México

Una fuente tan interesante como el hecho de que se encuentre disponible en Cervantes Virtual, es La vida criolla en el siglo XVI, de Fernando Benítez.

8 de septiembre de 2016

La primera vuelta al mundo

Las aguas del Guadalquivir, a pesar de su tranquilidad, provocan un hipnotizante murmullo al chocar contra la roda de nuestro barco, pues mientras ellas descienden en busca del Atlántico, nosotros subimos con destino Sevilla. Apoyado en la borda derecha de esta nave remolcadora, en proa, busco con la mirada el muelle de la ciudad, donde atracaremos. Siendo poco amigo de los tambaleos de los barcos, yo hoy me encuentro perfectamente, pues no hace ni dos días que me subí a este buque, en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Pero la nao que nos precede necesitando de nuestra ayuda debido a su deteriorado estado, ha tocado agua dulce por vez primera desde que hace tres años partiese del mismo puerto sanluqueño, entregándose a las aguas saladas para iniciar el viaje más largo que nadie puede realizar, aquel que curiosamente te lleva al sitio más cercano del inicio. Partida y meta eran el mismo punto, pero desde que desataran los cabos hasta que echaran el ancla habrían de recorrer todo el globo. El mundo entero. Hoy más que nunca el estropeado barco que tengo detrás de mí se ha ganado su nombre. Hoy, día 8 de septiembre del año 1522, la Victoria descansará tras completar la primera circunnavegación de la Historia.

Nao Victoria. Réplica actual.

Recorro lentamente el estribor cagándome en todo porque no corra ni un mínimo de brisa, estoy asfixiado con este calor. Y llegando a popa contemplo ese precioso buque de alto bordo que ahora mismo navega cansado, moribundo, como si ya hubiese agotado sus fuerzas y esperase que las aguas de este río le arrastrasen hasta su lecho. Aprecio sus más de siete metros de manga, y admiro cómo su botalón apunta firme hacia su cercano destino, alzado como la espada del fiero conquistador que ha surcado las aguas de territorios jamás vistos por ningún hombre de nuestra tierra. Pienso que a cada metro recorrido, esa vela cebadera se introducía en paraísos desconocidos, seguida del trinquete y del palo mayor, donde el aspa de Borgoña ondea mostrándole al mundo que la hazaña más ambiciosa de la navegación ha sido realizada bajo el emblema de España. Hace tres años, otras cuatro naves avanzaban a su lado. Esta carraca era la más pequeña de la flota a excepción de otra nao. Hoy sólo queda ella. Doscientos treinta y cuatro hombres constituían la tripulación. Hoy, sólo dieciocho regresan.

Poco a poco comienzan a escucharse voces. El griterío de la gente en el muelle crece a medida que nos acercamos. Todas las miradas están puestas en el barco superviviente. Las orillas están repletas de personas que han venido a recibir a los navegantes protagonistas de la más larga travesía recorrida jamás, que se sepa. Observo a muchachos maravillados, desgañitándose en gritos de excitación. Veo a hombres vitoreando, orgullosos de ser compatriotas de esos valientes que han logrado rodear el orbe de agua, descubriendo lo desconocido, otorgando a nuestro mundo un mar de nuevos conocimientos y posibilidades que sin duda valen más que las riquezas que traen en las bodegas. También distingo a algunas mujeres con ojos llorosos, con sus manos entrelazadas susurrando oraciones de agradecimiento por la fortuna de los vivos, y plegarias de compasión por todos aquellos que se han quedado en algún punto del extenso periplo. Cuando la Victoria atraca en el muelle, su quilla se estabiliza y a la luz del atardecer casi puedo ver cómo la nave expira para finalmente dormir tras su viaje de tres años. Ha alcanzado su meta. Ha conseguido su objetivo. La pasarela de madera toca por fin tierra española, siendo tendida a los pies de los miembros de la Casa de Contratación, que ansiosos esperan ver aparecer a esos dieciocho marinos a los que deben el privilegio de poder ampliar los trazos de nuestros mapas.

Con la llegada de la noche la gente empieza a abandonar el muelle. Las autoridades ascienden por la rampa accediendo al buque para encontrarse con los tripulantes, pues han manifestado su intención de pasar la noche en el que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Cuando me uno a ellos a bordo de la Victoria quedo impresionado ante lo que veo. Casi una veintena de hombres escuálidos es lo que queda de la amplia expedición que ha dado la vuelta al mundo. Sólo algunos permanecen en pie intercambiando algunas palabras con los funcionarios que no dejan de abrazarles y felicitarles. Enseguida toman de nuevo asiento, debilitados, enfermos, pero con un brillo de satisfacción en sus ojos, enormes por el contraste con sus cadavéricos rostros a la luz de los candiles repartidos por la cubierta. El factor de la Casa de Contratación y algunos miembros de la administración de la ciudad de Sevilla conversan con un hombre de enredados cabellos, más abundantes en el momento de su partida que ahora durante su regreso, y de poblada barba oscura. Ese hombre que ya supera los cuarenta años de edad es Juan Sebastián Elcano. Se embarcó como contramaestre de la Concepción, y hoy ha regresado como capitán de la expedición, tras cumplir con éxito su misión de completar el viaje tras la muerte del que liderase la campaña desde su inicio hasta su muerte, Fernando de Magallanes.

Juan Sebastián Elcano.

Apoyado sobre un barril, observo a un hombre de nariz aguileña, acentuada por la extrema delgadez que sufre, aunque creo que no es de los que peor aspecto tienen. Desparramados sobre su improvisada mesa se encuentran algunos trozos de papel repletos de notas. Sobre uno de ellos, alcanzo a ver que está plasmando la fecha del día de hoy, para dejar después su pluma a un lado, y elevar esa hoja ante él examinándola con una cansada sonrisa. Me da la impresión de que el humanista, el italiano Antonio Pigafetta, acaba de finalizar su crónica.

-¿Era ese el punto final?

Me acerco y amablemente relleno de agua el cuenco que a su lado tiene para después servirme a mí otro de la jarra que reposa entre sus anotaciones. Sonríe asintiendo con su cabeza y pronto comenzamos a hablar mientras el cielo se tinta por completo de negro. Aprovecho para preguntarle acerca de la expedición. Me cuesta mucho seleccionar los temas más importantes, pues no quiero ser cansino, que el hombre querrá descansar, pero es que son innumerables las cuestiones que se me ocurren. Estos marineros acaban de completar una vuelta al mundo.

-Mayo de 1520 -confirma revisando una de esas páginas amarillentas cuando le pregunto acerca del resto de las naves-. La Santiago se hundió tras despedazarse contra las rocas de las costas de lo que el capitán llamó Patagonia. A finales de ese año, poco antes de que divisáramos el estrecho que nos llevó a las pacíficas aguas del nuevo océano, la San Antonio, el más grande de nuestros barcos nos abandonó y dio media vuelta.

-¿Qué provocó la sublevación?

-Muchos de los nuestros pensaban que la expedición había fracasado. Llevábamos meses dirigiéndonos al sur y no encontrábamos ningún paso hacia el oeste. Cuando por fin creímos hallarlo nos dimos cuenta de que habíamos perdido quince días navegando por una ensenada. A la falta de provisiones que causó la reducción de las raciones, se añadió otro terrible mal. El intenso frío de aquel lugar. Creo que todos llegamos a pensar en algún momento que nuestra campaña había llegado a su fin.

Antonio dirige su mirada a Elcano, que continúa atendiendo a las autoridades. Añade que el propio líder que ahora ha logrado cosechar el éxito de la dura misión, formó parte durante aquellos días del intento de motín, desvinculándose finalmente del grupo que se volvió para España. Me sobrecoge escuchar el relato del cronista, explicándome cómo tuvieron que alimentarse a base de agua casi podrida, galletas con gusanos, ratas o incluso pieles de vaca destinadas a la protección de los mástiles para evitar la fricción de las maromas. El tramo comprendido entre el Estrecho de Todos los Santos y las Islas de los Ladrones tuvo que ser el más horrible de todo su viaje, pues tuvieron que compartirlo con polizones como la hambruna o el destructor escorbuto que tanto diezmó a la tripulación.

-Ocurrió en abril de 1521 -responde Antonio ahora a mi pregunta sobre la muerte de Magallanes-. El capitán subestimó a la población indígena y quiso ahorrar recursos enfrentándose con sólo medio centenar de hombres a toda una tribu de más de mil guerreros. Murió lanceado en la playa. Estábamos en las islas a las que puso el nombre de San Lázaro. Perdimos la batalla y con ello la confianza del caudillo al que habíamos prometido ayudar en sus guerras locales a cambio de provisiones. Sufrimos una traición, cayendo envenenados algunos de los nuestros, y además partimos de ese lugar con una nave menos, pues la Concepción estaba tan deteriorada que no nos sirvió más que para calentarnos con el fuego que alimentamos con su madera.

-Ya sólo navegabais con dos, y aún debíais regresar bordeando las costas africanas.

-Cuando alcanzamos territorio conocido, al llegar a las islas de las especias, tuvimos que prescindir también de la Trinidad, pues requería serias reparaciones.

A partir de ahí, bajo el mando de Elcano, la menguada tripulación completó su viaje navegando por las hostiles costas controladas por los portugueses. Tras despedirme del sobresaliente agradeciéndole la entrevista, dirijo una última mirada a los dieciocho héroes.

Dedico el resto de la noche a pasear por el puerto. Joder, ¿es que no se va a levantar ni la más mínima brisa? Sigue haciendo un calor espantoso. Todavía son varios los curiosos que pululan como yo por el muelle, cerca de la Victoria, a la espera de que los marineros finalmente bajen de su nave. Sólo cuando los primeros rayos de sol comienzan a hacer que el cielo claree, alcanzamos a ver cómo los hombres descienden por la pasarela. Nada de vítores ya. Ninguna fiesta ni celebración. Aquellos hombres caminan lentamente, en silencio, portando cada uno de ellos un cirio encendido. Se cubren con los harapos que han vestido en su último tramo del viaje, y van descalzos. Sus camisas, sucias y rotas, dejan ver las marcadas costillas de sus pechos huesudos. Como si de una procesión de espectros se tratase, pasan entre la gente y se dirigen a la Catedral. Allí, en las capillas, se reencontrarán con la Virgen a la que hace tres años solicitaron su protección. Le agradecerán que, al menos a ellos, se la haya brindado.

Ruta realizada por la expedición.

La fundación Nao Victoria recorre los puertos de todo el mundo con la réplica de la nave que da nombre a su proyecto, permitiendo conocer en persona todos los secretos que rodeaban al único barco que completó la primera vuelta al mundo.

3 de julio de 2016

Único emperador

Colocar flecha, tensar arco, apuntar para arriba y... que sea lo que Dios quiera, supongo que es en quien debo confiar ahora. Aquí estoy bien. A distancia, con mi arco. Me encuentro a orillas del Hebro, concretamente en el meandro que dibuja este río en el punto en el que sale su principal afluente, que por aquí llaman Thundza. Estas aguas separan al pelotón en el que me encuentro, formado por unos cinco mil arqueros, del campamento de nuestros enemigos. De ahí que mi tarea consista únicamente en eso. Colocar flecha, tensar arco, apuntar para arriba y... disparar. A nuestra derecha, abiertos en una línea de unos cuatro kilómetros de ancho, se encuentra el grueso de nuestro ejército. Ciento quince mil soldados a pie, flanqueados por algo menos de diez mil jinetes. Dicho así no suena nada mal, pero es que nos enfrentamos a un ejército muy similar al nuestro, pero que cuenta entre sus filas con ciento cincuenta mil infantes acompañados en sus flancos por más de quince mil soldados a caballo. Sin embargo, Constantino sabe que vale más la ferocidad de sus veteranos que el número superior de los contrarios. Es por ello que hoy, día 3 de julio del año 324, Licinio es, de los dos emperadores romanos que hoy aquí se enfrentan, el que más acojonado debe de estar.

Arco de Constantino. Roma.

Las flechas silban cuando ascienden al azul cielo que nos cubre en este veraniego día, y caen algunas hincándose en el encharcado prado sin mayor peligro, mientras que varias se espetan en los escudos con golpes secos, a la vez que otras encuentran su objetivo y arrancan alaridos de dolor. Por un instante me quedo embobado mirando al cristalino Hebro, rodeado por mis compañeros, que no cesan en su repetitiva maniobra de causar esa lluvia de flechas sobre los soldados que, a pesar de pertenecer a nuestro imperio son ahora enemigos. Cuenta uno de los mitos griegos que fue a estas aguas donde las bacantes arrojaron la lira de Orfeo. Se tiraba todo el día tocando, pero no le hubiera molestado tanto que su instrumento acabara en el río si no fuera porque cayó acompañado de su cabeza. Tal era su amor por Eurídice que a pesar de que el tío las tenía a todas locas, se negó siempre a entregarse a otra ninfa que no fuera su esposa. Y de ahí su final. Pobre hombre.

-¡Avanzad!

Las primeras líneas del ejército de Licinio reaccionan y su disciplinado paso amenaza a los nuestros. Pero lejos de acobardarse, los experimentados guerreros de Constantino toman posiciones, preparados para el combate. Al otro lado del campo de batalla, la ciudad de Adrianópolis contempla el desenlace, a la espera de saber si esta noche, ella, como todo el imperio, dormirá bajo el mandato de un único emperador.

Llevamos once años gobernados por dos líderes. Pero vamos, que veníamos de estar bajo el gobierno de tres, e incluso hasta cuatro emperadores. En el año 313, tras la victoria de Constantino el año anterior sobre Majencio en la Batalla del Puente Milvio, y el suicidio de Maximino por su derrota en la Batalla de Tzirallum ante Licinio, dejó el poder en manos de los dos vencedores, que hasta el día de hoy han gobernado, el primero en Occidente, y en Oriente el segundo. Como se suele decir, sólo puede quedar uno, y ahora me encuentro en el escenario que decidirá quién de ellos es.

Desconozco cuál es el orden de los acontecimientos. Desconozco si Constantino pelea por los cristianos, o si abraza el cristianismo para que esta religión beneficie su estrategia. Lo cierto es que la pasada noche, Constantino ha rezado al Dios cristiano, mientras que Licinio ha acudido a los oráculos paganos. Me hace gracia pensar que ambos han obtenido la misma respuesta por parte de distintas deidades. Ambos creen que hoy vencerán.

Fue en el Edicto de Milán donde tanto uno como otro acordaron autorizar el culto cristiano en el imperio y anular las sanciones que anteriormente se venían imponiendo a los seguidores de esta religión. Sin embargo, Licinio continuó por una senda más cercana a los cultos paganos, mientras que Constantino, aunque muchos creen que no sabe ni a qué altar acudir, parece que se ha acercado en mayor medida al cristianismo. De este modo, el abismo que entre ambos emperadores se ha ido abriendo, ha tenido muchas connotaciones religiosas. Hoy en esta llanura se enfrentan Oriente y Occidente, pero todos los soldados vestimos una indumentaria muy similar. Hoy se enfrentan, quizá, paganismo y cristianismo, pero las espadas que defienden ambas posiciones están forjadas de igual modo. Pero lejos de la política y la religión, en la batalla lo que cuenta es el valor. Y poco a poco, es el ejército de Licinio el que más muertos deja sobre las orillas del Hebro. Acompañado por un puñado de hombres, el gobernador de Oriente escapa con dirección a Bizancio. Constantino acaricia su meta de convertirse en el único emperador.

Cabeza del coloso de Constantino. Palacio de los Conservadores. Roma.

Recomiendo este interesante documental del canal Historia: Rome. Rise And Fall Of An Empire. Constantine The Great.