29 de diciembre de 2013

Otro cambio en la corona visigoda

A día de hoy, lo que viene siendo ahora mismo, nuestro rey en este reino visigodo de Toledo es Liuva II. Pero en los tiempos que corren nunca se sabe cuándo van a volver a cambiar las cosas. Con Liuva II ya van tres reyes de una misma línea dinástica que comenzó con Leovigildo, y no es poco. Este muchacho de veinte años recibió la corona de manos de su padre, Recaredo I, antes de que muriera hace dos años, por ser su único hijo reconocido. A pesar de todo, se duda que sea el hijo de la que fue la esposa de su padre, la reina Baddo, que tanta importancia tuvo junto al rey Recaredo durante el que significó uno de los más importantes cambios de estos tiempos, la conversión al catolicismo de los reyes visigodos en el III Concilio de Toledo, hace catorce años. Todo este tema sigue suponiendo claras controversias entre la nobleza, y el joven Liuva se verá perjudicado por ellas.

Liuva II. Grabado anónimo. Siglo XIX.

Hoy es 29 de diciembre del año 603. A través de las celosías de piedra calada de estas ventanas que son ajimeces, estilo típico de la arquitectura de la época, puedo ver no muy lejos los brillos de los últimos rayos del sol sobre las aguas del río Tajo. En este palacio se respira una gran tensión. Visto con una túnica corta o armilausa, abierta por delante y por detrás y acabada en puntas agudas, de llamativas listas verticales y sujeta por un grueso cinturón cuya ornamentada hebilla de bronce ha de valer un pastón, adornada con una bonita cenefa de hojas grabada. Por aquí las mujeres van muy provocativas. Estoy rodeado de nobles y pudiera parecer que me encuentro en un antiguo prostíbulo romano, pues la moda femenina hoy en día se basa en unas túnicas llamadas amiculum, muy cortas, que tiempo atrás sólo vestían las señoritas de dudosa reputación. Llevo el pelo un poco largo y no me he afeitado en varios días, para no desentonar, y no me debe de quedar mal, pues he tenido que esquivar ya alguna que otra mirada provocativa de algunas de las mujeres de esta sala. Al menos todas llevaban su largo pelo suelto, señal de que están solteras. A las que lo llevan recogido mejor ni las miro, no quiero problemas, ya bastantes van a tener lugar aquí en los próximos minutos.

Me doy un paseo por el gran salón llevando mi capa recogida en el brazo, y paso entre algunas mesas sobre las que veo bandejas llenas de varias carnes. Ciervo, corzo, jabalí. Todo con muy buena pinta, nunca falta la buena comida en las mesas de estas gentes cuya principal afición es la caza. Aunque de entre todos los platos, veo que destacan los que contienen una especie de puré consistente en una mezcla de harina de trigo con legumbres cocidas, que ha de ser lo que aquí llaman pulte. Tampoco es esto un gran banquete, simplemente veo que el rey Liuva se encuentra charlando con algunos de sus generales. Yo me decanto por beber un poco de cerveza endulzada con miel, y guardo cierta distancia, sin dejar de echar un vistazo hacia las puertas cada poco rato.

Tales son estos tiempos, que hasta yo me estoy planteando aprovechar una de estas veces que el rey se levante a mear para ir corriendo y sentarme en el trono y convertirme en el nuevo rey. En el trono real, vaya, en el verdadero. Y es que aquí la lista de reyes aumenta a un ritmo espectacular. En estos siglos todo son regicidios, conspiraciones, guerras fratricidas...

-Mi señor Recare... -dice, dubitativo, un sirviente arrodillado ante el monarca, ofreciéndole una jarra de vino-. Leovigil...

-Liuva, gilipollas -le chiva susurrando un compañero.

-Mi señor Liuva, aquí tenéis vuestro vino -acierta, por fin, el anciano sirviente.

No me extraña, con su edad puede que haya visto ya a ocho o nueve reyes distintos. Y no será este muchacho el último. Es curioso que todavía haya gente con ganas de liarla, sabiendo todo lo que ha pasado años atrás. Poco después de que el propio Recaredo participara en el III Concilio de Toledo, el duque godo de la Cartaginense, Argimundo, no contento con la política del rey, se levantó un buen día y se proclamó rey a sí mismo. En respuesta, mataron a todos sus seguidores y a él le arrancaron la cabellera y le cortaron la mano derecha. Lo montaron en un asno y lo pasearon por las calles de Toledo para que sirviera de ejemplo a todos los que pretendiesen hacer algo parecido. Pero ya digo que ni aún así.

Se hace el silencio cuando entran en la sala unos tipos con caras de pocos amigos. El que parece el líder, un tipo que está cuadrado, ha de ser el general del rey llamado Witerico. De este fulano sospechan todos, y con razón, desde que estuvo relacionado con la sublevación contra Recaredo y el obispo católico Masona, protagonizada por el obispo arriano Sunna, en Lusitania, cuando el anterior monarca se convirtió. Por aquel entonces el que quería subir al trono era el noble godo Segga, quien en estos momentos estará perdido en algún lugar de Galicia, y sin manos. Estos tipos son muy dados a cortar manos. El propio Sunna fue desterrado a la provincia de Mauritania, donde siguió empecinado en convertir a la gente al arrianismo. Dicha gente lo molió a palos, muriendo martirizado.

Sin mediar palabra, el tal Witerico se dirige hacia el rey Liuva, mientras comienzan a silbar los aceros saliendo de sus vainas. En cuestión de segundos ya está liada. Los brutos recién llagados son muchos y buenos guerreros. El propio Witerico está considerado uno de los mejores del reino, por lo que no le cuesta demasiado abrirse paso hasta el rey Liuva. Eleva su espada a lo alto y la descarga con furia sin dar tiempo al joven rey a defenderse correctamente. Pretende parar la estocada con su propio brazo y no consigue otra cosa que perder su mano derecha. Ruge de dolor pero ya nada puede hacer. Witerico es el nuevo rey de esta interminable lista que no para de crecer.

Witerico, rey de los visigodos. Benito Soriano Murillo. Siglo XIX.

Acerca de lo sucedido en estos siglos, tenemos información gracias fundamentalmente a San Isidoro de Sevilla.

14 de diciembre de 2013

El verdadero Drácula

En algún lugar entre los Montes Cárpatos y el río Danubio me encuentro ahora, en medio de la región de Valaquia. Este principado a día de hoy se encuentra desnudo ante la amenaza del Imperio Otomano, y durante los últimos años, turcos y lo que podríamos denominar europeos se han estado quitando el trono los unos a los otros continuamente. Es el año 1476, diciembre, calculo que día 14, más o menos, y desde hace no mucho tiempo es Vlad III el que tiene el poder aquí en Valaquia. Se sentó en el trono por primera vez a sus diecisiete años, para perderlo poco después. Tras la Batalla de Belgrado en 1456, y hasta hace unos trece años, volvió a tener el poder en Valaquia, por lo que no le es extraño estar en lo más alto. Lo que no se le puede negar es que ama esta tierra, por la cual ha luchado y por la cual ha traicionado a quien ha sido necesario. Vlad III lleva toda su vida arrimándose al sol que más calienta. Hoy dice una cosa y mañana dice otra. Siempre ha hecho lo que más le ha interesado, si con ello conseguía su objetivo. Más conocido como Vlad Drăculea, este príncipe pasará a la historia como uno de los personajes más sádicos e incluso depravados que se conocerán.

Vlad III, el Empalador.

Al norte de estas tierras se encuentra Transilvania, región del Reino de Hungría, bajo el poder de un soberano que en estas zonas recibe el nombre de vaivoda. Un poco más al este, está Moldavia. A los ejércitos de ambas debe Vlad III el estar ahora sentado en el trono, y a sus líderes, el noble de Transilvania, Esteban Báthory de Somlya, y el príncipe de Moldavia, Esteban III el Grande, ya veo que por aquí no son muy originales con los nombres. Fue en la Batalla de Vaslui, librada en Iaşi, Moldavia, donde se venció a los turcos, echándolos de Valaquia, que luego se quedó Vlad III, quien también participó en la contienda en las filas de un ejército húngaro. Muchos otomanos murieron en la sangrienta batalla, lo que le valió a Esteban el Grande ser nombrado Campeón de Cristo por el Papa Sixto IV. Estas movidas católicas seguro que le gustaron mucho al rey húngaro Matías I Corvino, pero seguro que a Vlad Drăculea se la soplaba. Acababa de declararse católico, cuando siempre había sido ortodoxo, cuentan que sólo para librarse del cautiverio en el que se encontraba en Hungría. Eso sí, lo que nunca haría sería convertirse al Islam, menudo asco le tiene a los turcos. ¿El por qué de aquel cautiverio? Vlad III resistió duramente el avance otomano, pero recibió pocos apoyos y terminó por huir por túneles secretos a Transilvania, para pedir ayuda al rey. Sí, sí, ven que te ayudo, debió de contestarle Matías Corvino. Drăculea fue encarcelado por perder sus tierras. No se sabe muy bien por qué, pero fue liberado a tiempo para participar en la batalla que le devolvería su trono. El qué demonios hizo para que le liberaran, es un misterio que nadie conoce por aquí, pero lo cierto es que entró ortodoxo al castillo del rey húngaro, y salió de allí católico. Yo no digo nada.

El pueblo de Bucarest queda a no mucha distancia de donde me encuentro. Hay mucha gente por aquí. Veo a muchos soldados transilvanos de aquí para allá, y a muchos otros moldavos, enviados por el príncipe Esteban. Yo estoy metido en las filas de un grupo de boyardos valacos, nobles, señores de la guerra que tienen más ganas de ensartar a un turco en sus espadas que otra cosa. Mi compañero de la derecha escupe al suelo tras carraspear violentamente y mueve su cuello que cruje mientras mira fijamente al horizonte. Mueve su espada como si calentara preparándose para la batalla. Su rostro a pesar de todo es serio. No es estúpido y sabe lo que pasa. Somos cuatro mil soldados, y allí, al otro lado de estos montes, avanzan hacia nosotros decenas de miles de turcos. Yo trago saliva, me he columpiado un poco metiéndome en este bloque de soldados de primera fila. En cuanto pueda, me escondo, ya que encima esta pesada armadura prácticamente completa no me deja respirar.

La diferencia numérica es demasiada. Ni siquiera el terror que despierta nuestro líder va a frenar a un ejército que sabe que nos va a arrasar. Y es que otro de los nombres que se ha ganado el príncipe, es el de Vlad Ţepeş, o el Empalador. Cuán diferentes fueron las cosas en el año 1461. Quizá los tiempos en los que Vlad Ţepeş gozó de mayor poder, por lo que mayores eran sus actos de crueldad. Mehmed II el Conquistador, hijo de Murad II, un tipo que ya era bastante sanguinario, regresó por donde había venido a todo galope, con su cabeza echada a un lado para poder vomitar sin detenerse. Toparse con el Bosque de los Empalados a las orillas del Danubio, a las afueras de la ciudad de Târgovişte, consiguieron que enfermara. Más de veinte mil cuerpos empalados en el valle representaban la más terrible muralla levantada por Vlad Ţepeş. Prisioneros turcos, pero también familias enteras de húngaros o transilvanos, que habían acabado ensartados en las picas por una u otra razón. Ante rebeliones, pueblos enteros eran condenados a morir así, y hay quien dice que el príncipe acostumbraba a desayunar en medio de estos bosques de empalados que aún agonizaban.

Pero lejos quedan esos días y hoy un tremendo ejército otomano se acerca a nuestra posición. En cuanto empieza el lío, me desplazo poco a poco a las posiciones traseras, pero algo me resulta extraño. Algunos de los grupos de boyardos valacos no sólo no pelean con los turcos, sino que el ejército de Basarab III Laiotă penetra entre ellos sin que exista enfrentamiento alguno, mientras en medio de la batalla se intercambian miradas de complicidad. Me huele a traición. Aprovechando que yo me encontraba entre esos nobles guerreros, corro sin miedo a ser atacado por los turcos y puedo ver cómo finalmente los moldavos de la guardia de Vlad III sí se enfrentan valientemente a los otomanos, a pesar de la abismal desventaja numérica. Caen como moscas. Observo cómo un personaje a caballo, visiblemente de importante rango debido a sus ropas, arrolla a todo lo que se le cruza mientras avanza con el único objetivo de abrirse paso hacia el príncipe empalador. Se trata del propio Basarab Laiotă. Poco les cuesta a los turcos acabar con el puñado de moldavos leales antes de que el propio Basarab termine por rebanarle la cabeza a Vlad Drăculea. Terrorífica es la escena en la que separan del cráneo la cara y la cabellera de pelo rizado largo de Vlad III, que se llevarán a Estambul a modo de trofeo que exhibirán en una pica. Aún así, posiblemente no se acerque al nivel de sadismo del propio príncipe, cuyo cuerpo decapitado será enterrado en el monasterio de un islote del centro del lago Snagov.

Grabado que representa a Vlad III desayunando entre sus empalados.

Qué decir del verdadero Drácula. Un personaje del que aún se mantienen muchísimas dudas y datos que sólo son leyendas, generando opiniones de todo tipo. El caso es que fue un líder sádico del que muchos de sus actos se tienden a exagerar, y otros, por contra, quizá no se acerquen siquiera al nivel de crueldad que creemos. Mucho se ha escrito y dicho de este Drácula que en realidad fue Vlad III. En este programa de Cuarto Milenio exponen algunos de sus enigmas.

25 de noviembre de 2013

El naufragio del Barco Blanco

Estoy en el puerto de Barfleur, y ante mí, se encuentra el robusto dragón tallado en la proa del Snecca, el barco normando real al que voy a embarcar. Viajaré en él infiltrado como parte del séquito del rey Enrique I de Inglaterra, en un corto viaje desde estas costas de Normandía hasta la cercana Inglaterra, a poco más de treinta kilómetros. Escojo este barco y no otro, pues hoy es 25 de noviembre del año 1120, y no todas las naves llegarán a su destino. Esta noche una de ellas se hundirá en las heladas aguas del Canal de la Mancha.

Enrique I de Inglaterra.

El sol de la tarde apenas calienta ya en estas fechas, y muchos se arropan en buenas prendas de abrigo mientras cruzamos la pasarela, subiendo al barco. La moda normanda lleva unas décadas transformándose y cada vez es más pija para estas cosas. Atrás quedaron las lanas y las pieles gruesas, y ahora, para no desentonar, visto unas calzas ajustadas de lino, una camisa de lana de Flandes adamascada con diseños de lunas y estrellas, y me cubro con un gabán abierto a los costados, ceñido con un cinturón de cuero. Mis zapatos son de cuero blando, y de lo que no pienso privarme es de esta amplia capa con caperuza, quizá más típica del campesinado.

El rey Enrique, aún en tierra, se despide de Thomas Fitzstephen, capitán del que se supone que es el mejor barco de cuantos por aquí se ven. El Barco Blanco. El capitán ofrece al monarca viajar en su nave, de igual manera que su padre había capitaneado alguna vez esta misma travesía, siendo rey el padre de Enrique, Guillermo I el Conquistador. El rey normando pasa, es un hombre de costumbres y ya tenía pensado viajar en el Snecca, así que amablemente se despide de Thomas, mientras algún pesado le mete prisa.

-¡Vamos, Quique, que hace frío! Cuanto antes salgamos, antes llegaremos.

Agradeciéndole al capitán el ofrecimiento, propone que en su lugar viaje a bordo de ese fabuloso barco Guillermo Adelin, su hijo. Vamos, su único hijo varón. Legítimo, quiero decir. No hay barcos suficientes en este puerto para llevar a Inglaterra a todos los hijos bastardos del rey. Bueno, igual me he pasado, pero por lo menos veinte hijos reconocidos sí que tiene el amigo Enrique. Guillermo acepta encantado, y a sus diecisiete años no se le ocurre nada mejor que montarse una juerga a bordo, junto a las casi trescientas personas de su séquito que merodean por el muelle. No hemos zarpado aún y ya puedo ver cómo algunos sirvientes empujan, pasarela arriba, varios barriles de vino. A medida que se van vaciando, se convierten en improvisados tambores. Se están montando una buena fiesta.

Nuestro barco zarpa, finalmente, cuando aún hay algo de luz. Si no fuera por cómo van a acabar, hubiera preferido viajar en la otra nave, a la que aún le queda un buen rato para salir, pues prefieren quedarse un rato más de cachondeo. Comenzamos a surcar las calmadas aguas del Canal de la Mancha mientras atrás dejamos las costas normandas. Aún se escuchan las ebrias voces a bordo del Barco Blanco.

-¿Quién va a gobernar el barco esta noche, Tom? Porque ya te digo que yo voy ciego -suelta el joven Guillermo entre carcajadas seguidas por sus amigos.

-Calla, calla, yo controlo -responde Thomas, mientras bebe de un trago su copa repleta de vino.

-No tienes huevos de adelantar al barco de mi padre y llegar antes que ellos a Inglaterra.

-¿Que no?

La cosa se pone caliente, pero nuestro Snecca ya se aleja demasiado y no puedo escuchar nada más, el murmullo de las aguas contra la proa se convierte en el único sonido de esta nave, muchísimo más tranquila. Alcanzo a ver a Esteban de Blois, sobrino del rey por parte de su madre Adela de Normandía, bajar a toda leche del barco apretándose la barriga y corriendo encogido. Menudo apretón que lleva el tipo. Poco a poco cae la noche, y la luna nueva provoca que sea oscura. Sin embargo, lo que en estas aguas está ocurriendo no es culpa de la luna. Los propios remeros van pedo, y qué decir del resto de los tripulantes. El Barco Blanco ha zarpado desde el norte del puerto, en vez de haberlo hecho desde el sur, su punto de salida habitual, en un intento de ganar distancia para adelantar a nuestra nave. Sin embargo, a poco más de una milla de la costa, en su poco frecuente ruta han chocado contra Quillebeuf, una gigantesca roca apenas sumergida en estas frías aguas.

Tal estropicio en la estructura del barco, provoca que en segundos se llene de agua, y en minutos, se hunda. Guillermo ha logrado salvarse, alcanzando uno de los pocos botes que llevaba el Barco Blanco, que presumía de no necesitarlos. Sin embargo, una de sus hermanas bastardas, la condesa de Perche, grita pidiendo auxilio, y su desesperada llamada logra incluso conmover al príncipe a pesar del efecto del vino, quien regresaría para buscarla. De los trecientos tripulantes, los que aún no se han perdido en la negrura de las aguas intentan atormentados alcanzar el bote y salvar sus vidas. Inevitablemente, el bote vuelca y con él se sumergen las posibilidades que sólo unos pocos tenían de sobrevivir. El carnicero de Rouen, ese tal Berold, ese sí que llevaba un buen abrigo. Sus pieles de oveja salvarán su vida. Será el único superviviente del naufragio.

Amanece un nuevo día y el rey Enrique I ha perdido a su heredero. Junto con el Barco Blanco, la descendencia de muchas casas nobles de Inglaterra y Normandía se pierde en estas aguas. Contarán que el monarca jamás volvió a sonreir. Dentro de quince años, a Winchester llegará como rey, el mismo fulano que hace unas horas se estaba cagando desesperadamente. Una escatológica casualidad o, según otros, una estrategia que, en cualquier caso, ha tenido como protagonista a esa majestuosa nave, el Barco Blanco.

The Wrecking Of The White Ship. Joseph Martin Kronheim. 1868.

En el comienzo de la novela de Ken Follet, Los Pilares de la Tierra, se narra este acontecimiento donde se expone la hipótesis de que el supuesto accidente fue en realidad un sabotaje.

27 de octubre de 2013

Quemadas las ideas de Servet

Hace siete años que por vez primera en el Occidente cristiano un científico plantea su tesis acerca de la circulación pulmonar de la sangre. De cómo las arterias pulmonares envían la sangre hacia las venas a través de los pulmones, tornándose de color rojo y expulsando los vapores fuliginosos a través de la espiración. Fue Miguel de Villanueva, conocido como Miguel Servet, por firmar como tal algunas veces, o por ser su verdadero nombre Miguel Serveto, sabe Dios por qué. Es astrónomo, meteorólogo, geógrafo, medio juez, teólogo, físico, matemático, médico, lector de Biblias y qué sé yo cuántas cosas más. Otra cosa que no ha dejado del todo clara es de dónde procede. Español es, pero no se sabe si de Huesca o de donde dijo durante su estancia en Francia, de Tudela de Navarra. Siempre ha sido este Miguel aficionado a utilizar nombres y orígenes falsos. Pero en fin, estamos en el siglo XVI, 27 de octubre del año 1553, y no es de extrañar que a esa acertada teoría de la circulación de la sangre vengan adosadas otras consideraciones un poco menos terrenales. Dice Servet en su libro que en la sangre está el alma, y en el alma nuestra condición divina diseminada por todo nuestro cuerpo. Este Christianismi Restitutio es una de las varias razones por las que el español se encuentra hoy aquí, en Ginebra, a punto de ser ejecutado.

Juan Calvino y Miguel Servet. Theodor Pixis. Siglo XIX.

Juan Calvino y su Reforma Protestante han encontrado aquí en Ginebra su verdadero núcleo de crecimiento y expansión. Desde hace varios años, numerosas cartas ha recibido Calvino enviadas desde Vienne. Allí, en Francia, Miguel Servet se dedicaba a exponer teorías cada vez más contrarias a las establecidas por Calvino. Desde que reunió las más extremas en una primera versión de su libro Christianismi Restitutio, haciéndoselo llegar, Juan Calvino se puso a temblar. Como respuesta, le escribió algo así como que se dejara de estupideces y se leyera su libro de 1536, Institutio Religionis Christianae. Servet así lo hizo. Y no sólo lo leyó, sino que pilló una pluma y se puso a corregirlo, anotando en los márgenes sus propias notas, para después enviárselo de nuevo a Calvino. Se dice que cuando Juan recibió su propia obra corregida, pegó un grito de furia que se escuchó en toda Suiza. Su respuesta a Servet fue clara. Algo así como lo siguiente.

Como te atrevas a volver a pisar Ginebra, no sales vivo de ella, payaso.

Poco le asustó la amenaza a Miguel, que a principios de este año ha publicado, aunque de manera anónima, su gran obra, Christianismi Restitutio. Alusiones contrarias a la Santísima Trinidad, a la que se refiere como monstruo de tres cabezas, su opinión acerca de que Cristo está en todas las cosas, o su propuesta de recibir el bautismo en edad adulta, de manera consciente, hacen que los calvinistas se lleven las manos a la cabeza. Cuando Juan Calvino se entera de esto, identifica la obra y se chiva a los católicos. La Inquisición de Lyon, por medio de Mateo Ory, inquisidor general de Francia, persiguió y logró capturar a Miguel Servet en Vienne hace unos meses. El 7 de abril ya se había escapado. Horas antes de escapar, el reo, cuentan que llorando, aseguró no haber querido nunca mostrarse en contra de la Iglesia. A pesar de todo, tras su fuga, fue condenado a muerte, e incluso el 17 de junio fue quemado en efigie. Habiéndose confeccionado un monigote para representarle, cuidando mucho de hacer un buen paripé, colgaron primero al muñeco de una soga y posteriormente lo quemaron. Seguro que a Servet le importó mucho. También fue descubierta la imprenta clandestina donde se había perpetrado el crimen de publicar la obra de Servet. Los empleados se excusaron diciendo que no tenían ni puta idea de latín, que ellos sólo imprimían.

Miguel Servet llegó a esta ciudad de Ginebra este verano, prácticamente sin saberlo, estando perdido tras vagar por las tierras del Delfinado y la Bresse cual vagabundo durante cuatro meses, con una mula y sus pocas posesiones. Su idea era llegar a Italia, habiendo descartado la opción que verdaderamente quería, regresar a España, por pensar que no podría cruzar la frontera sin que le detuviesen de nuevo. Concretamente, el pasado 13 de agosto, Servet se alojó en la posada La Rose, cerca del lago Lemán, protagonista de Ginebra y el más grande lago de Europa Occidental, por cuyas aguas pensaba largarse hacia Zurich montado en una barca. ¿Quiso disimular? ¿Estaba zumbado? ¿Los tenía cuadrados? Nunca lo sabremos, pero el caso es que Miguel Servet se metió un domingo por la tarde en el templo en el que estaba predicando Juan Calvino. Evidentemente, salió de allí encadenado.

He tenido que ser muy cuidadoso al escoger mi vestimenta esta mañana, puesto que la Reforma se mete hasta con eso. Llevo unos greguescos normales, un jubón con mangas ahuecadas y no puede faltar mi gorguera, que me molesta un poco al rozarme en mi barba acabada en punta, típica de estos tiempos. Me encuentro en el pórtico del Hotel de Ville, donde el tribunal se encuentra reunido para dar lectura a la sentencia. Miguel Servet se encuentra de pie, escoltado por el lugarteniente Tissot. Su aspecto desmejorado se acentúa con la ya larga barba que le cubre su rostro delgado y agotado.

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te condenamos a ti, Miguel Servet, a ser atado y conducido a Champel, y allí sujeto a una picota y quemado vivo junto con tus libros, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas para dar ejemplo a los que quisieran cometer un crimen como el tuyo.

Miguel Servet cae al suelo de rodillas.

-¡El hacha! ¡El hacha y no el fuego! Si he errado ha sido por mi ignorancia -clama Servet, pidiendo piedad con sus manos encadenadas.

El tribunal le ofrece la posibilidad de arrepentirse y confesar su crimen, como tantas veces ya se le ha pedido. Servet asegura no haber cometido ningún delito que deba castigarse con la pena de muerte.

Junto con mucha gente, me dirijo a la Colina de Champel, al lugar conocido como El Campo del Verdugo. Elevo la vista admirando la belleza de las montañas del Jura, acrecentada con el abrazo de dichos montes al lago de Ginebra. Mientras el verdugo termina de amontonar una pira de leña aún demasiado verde, los ministros se dirigen a los presentes definiendo al condenado como un sabio poseído por el demonio que defiende una verdad equivocada. Conducen a Servet junto a la picota y lo atan con cinco vueltas de cuerda y una cadena de hierro. Sobre su cabeza colocan una corona de paja impregnada con azufre. Finalmente, arrojan al montón de leña una tea encendida. Lo primero que arde, el Christianismi Restitutio.

La Reforma Protestante se mancha en estos momentos las manos con una sangre que le pesará durante toda la Historia, y por la que muchos se arrepentirán. Pues los alaridos y gritos de dolor que ahora escucho son los de un sabio que únicamente difundió con libertad lo que su conciencia descubrió y creyó.

Estatua de Miguel Servet. Universidad de Zaragoza.

Actualmente, cerca del lugar de la ejecución, allí en la Colina de Champel, que aún hoy mantiene su nombre, se encuentra un monumento a Miguel Servet.

6 de octubre de 2013

La batalla más desastrosa de Roma

Quizá sea hoy uno de los días más negros de la historia de Roma. Quizá sean estas tierras de las Galias, próximas al Ródano, el peor lugar en el que alguien podría estar en este momento. Hoy es día 6 de octubre del año 105 antes de Cristo, y yo sí estoy aquí. Estoy participando en la Batalla de Arausio, aquella considerada por muchos como la peor tragedia militar del Imperio Romano.

Ilustración de guerreros cimbrios.

Casi medio millón de hombres se encuentran en las proximidades de este río Ródano, que transcurre tranquilo desde su nacimiento en los Alpes, ajeno a la tragedia que verán sus aguas. Las fuerzas romanas cuentan con casi ciento cincuenta mil hombres divididos en dos ejércitos. Y ese, precisamente, es el problema de Roma. Están divididos. Quinto Servilio Cepión, procónsul de la Galia Narbonense, comanda un ejército de cincuenta y cinco mil legionarios, unidos a quince mil auxiliares, y lleva moviéndose por estas zonas un tiempo, haciendo frente a tribus bárbaras que en sus migraciones están consiguiendo absorber a diferentes pueblos menores, creciendo hasta el punto de alarmar de manera inquietante al Senado de Roma. Cepión ha obtenido éxito en algunas campañas como en la de hace unos meses, en la que saqueó varios templos celtas en la cercana ciudad de Tolosa, hallando en ellos el legendario Oro de Tolosa, según creen algunos. El tesoro está camino de Roma, pero yo me pregunto si realmente llegará a su destino, pues a Cepión le puede la avaricia. Sin embargo, a pesar de que Roma ha controlado varias alteraciones, también ha sufrido emboscadas que se han convertido en derrotas, y dos tribus germánicas se están haciendo muy fuertes. Se trata de los cimbrios y los teutones, ambos pueblos venidos de la península de Jutlandia. Es por ello que el Senado ha considerado insuficiente la presencia de Cepión, y ha enviado a otro ejército comandado por un tipo que, al contrario que el procónsul, que es un patricio de renombre, no tiene antepasados de noble alcurnia, sino que es un fulano cualquiera. Pero al pijo de Cepión le iba a tocar someterse a las órdenes de este tal cónsul Cneo Malio Máximo, cosa que ha tocado su orgullo y no le ha gustado nada. Lo que se suponía que iba a ser una gran ayuda en forma de cincuenta y cinco mil legionarios más, cinco mil soldados a caballo, y treinta mil auxiliares a mayores, nada menos, en realidad se está convirtiendo en la perdición del ejército romano, que lejos de construir un bloque imparable, se encuentra dividido en dos fuerzas casi independientes por causa de la envidia y el orgullo de los comandantes.

Es por ello que hoy no me cubro con la armadura romana, sino que mi atuendo es el de un guerrero celta. Sí, me encuentro en el campamento de los cimbrios, pues hoy, Roma está condenada al fracaso. Los guerreros celtas, hoy en día, por suerte para mí, ya no acuden a la batalla a lo loco prácticamente en pelotas, como antes, sino que han evolucionado en sus técnicas y ahora poseemos un equipo muy eficiente. Tengo un casco de cobre que incluso está algo ornamentado con alguna cenefa grabada. Es redondo y acaba en una pronunciada punta en su parte superior. Me protejo también con una cota de malla en mi parte superior, mientras que en la parte inferior visto unos pantalones sobre los que llevo una tela de lana tejida a cuadros, al estilo de esta cultura, de colores negro y rojo. Hablemos de nuestras armas. Tengo una espada larga, bastante cómoda, y también llevo un pavés, largo, redondeado, con el que puedo cubrirme medio cuerpo. Pero lo que realmente es digno de mención, es el arma arrojadiza que tantas bajas causa por parte de estos ejércitos celtas. Se llama materis. Son venablos, una especie de lanzas cortas. Llevo el pelo largo recogido en una trenza, como muchos de mis compañeros. Aquí, en el campamento de esta gente, me doy cuenta de las rudas costumbres de estos armarios. Comen carne cruda y eligen a sus líderes en base a lo bestias que sean. Sin duda, dan miedo.

Las primeras contiendas que se han librado en los pasados días nos han favorecido. Para empezar, los jinetes llegados bajo el mando de Malio fueron aniquilados por este ejército en cuyas filas me encuentro. El objetivo del comandante romano fue que los jinetes se movieran cincuenta y cinco kilómetros al norte para que vigilasen y amedrentasen a los enemigos, pero vamos, no pedía nada, como si estos tipos fuesen a temerle a algo. No sé si Malio pensaba que iban a salir huyendo como niñas, pero lo cierto es que ocurrió todo lo contrario. El ejército de cimbrios y teutones rodeó a los soldados y asoló su posición masacrando a los romanos, y capturando al líder del pelotón, Marco Aurelio Escauro, para quien mi ahora rey, Boiorix, tenía pensado otro fin. Escauro desafió a los germanos amenazándolos con que se fueran de esas tierras si no querían ser acribillados. Qué equivocado estaba. Tal chulería fue castigada con fuego. Murió abrasado en el interior de una jaula de mimbre. Aún así, la estrategia romana continuaba representando un muy serio problema, hasta el momento en el que a Cepión se le ha ido la olla. Ha movido a sus hombres colocándolos nada menos que a unos treinta y cinco kilómetros de su colega Malio. Posición absurda, sabiendo que en caso de combate, los legionarios recién llegados de Roma no podrían prestar su ayuda al procónsul. Pero en fin, precisamente parece que es lo que pretende. Apuñalado por el ansia de llevarse él la gloria de la victoria, está cometiendo el error que llevará a Roma a sufrir la más sangrienta de sus derrotas. El rey Boiorix se encuentra en estos momentos en proceso de negociación con el cónsul Cneo Malio Máximo, pues estamos rodeados por los dos ejércitos romanos. Pero Quinto Servilio Cepión no va a consentir que sea Malio el que se cuelgue los laureles. Viendo posible que esas negociaciones en las que él no está participando acaben con la guerra, ha optado por lanzar un ataque con sus hombres contra nuestro ejército. Mala decisión.

Decenas de miles de legionarios nos atacan, pero todos vienen por el mismo lado. Los armarios empotrados rubios y yo nos posicionamos para recibir el ataque unilateral. Esta gente está loca. ¡Menudos gritos pegan! Rugiendo como animales reciben a los romanos, yo creo que alguno de ellos se ha cagado literalmente al ver contra quién tienen que enfrentarse. A pesar de lo arcaico de sus maneras, los cimbrios están organizados en bloques de guerreros con igual número de filas. Me meto en uno de estos grupos, eso sí, en la última fila, y suelto algún grito para disimular, como que hago algo. Del miedo que tengo me sale un gallo. Los aceros chocan, los rugidos aumentan. Observo impresionado cómo las primeras filas de muchos de nuestros grupos están compuestas por feroces guerreros que incluso se atan entre sí con cuerdas o cadenas para soportar mejor la penetración de los soldados romanos. Continúo con mis rugidos de trastornado mientras soy testigo de la clara derrota de los romanos. Los ejércitos germanos avanzan hasta el punto de llegar a alcanzar el campamento del procónsul. Desconozco qué ha sido de él, pero los gritos de victoria de mis compañeros empiezan a anunciar que las opciones de Roma acaban de desaparecer en esta batalla.

Cadáveres de legionarios siembran los campos cercanos al Ródano. Avanzo entre ellos pisando charcos de sangre y mancho en uno de ellos mi espada, que voy demasiado limpio y puedo resultar sospechoso. Malio ha de estar en estos momentos entre cabreado y desolado, así como sus hombres. Cimbrios y teutones comienzan a dirigirse hacia el campamento del segundo de los ejércitos, excitados por el giro que ha dado la batalla. De encontrarnos rodeados, hemos pasado a aniquilar el descerebrado ataque de Cepión, y ahora, estando los soldados de Malio totalmente desmoralizados, todo apunta a que la gloriosa Roma tiene las de perder. Corro como un loco entre los árboles siguiendo a toda esta gente, y al llegar a una explanada, compruebo cómo Malio aún mantiene su templanza de romano lo suficiente como para organizar una acción defensiva que en principio tenía buena pinta. Despliega a su ejército a lo ancho, apoyando su flanco izquierdo en el río Ródano. Pero un detalle le pasará factura. Los bárbaros dirigen sus miradas hacia el flanco derecho de los romanos. Sus mentes de guerreros pronto dan con la estrategia adecuada. Allí, en la derecha del ejército de Roma no están quienes deberían estar para poder completar la fuerza defensiva del imperio. Los cinco mil jinetes que deberían proteger ese flanco, están ahora en el barro. Rugidos impresionantes definen la táctica a llevar a cabo. Cimbrios y teutones atacan a los romanos por la derecha aplastándolos contra el río. Las espadas vuelven a chocar, movidas con fiereza por los musculosos brazos de los celtas, y sin demasiado ímpetu por parte de los brazos de los desmoralizados legionarios. Me sitúo en las orillas del Ródano, observando cómo los primeros romanos que optan por lanzarse a las aguas del profundo río encuentran la muerte en el agua, en vez de en la batalla. Las pesadas armaduras de la legión no permiten nadar en una corriente ya de por sí peligrosa. Me coloco mi casco, que se me resbala por el sudor de la carrera, y me aseguro de pasar desapercibido. De repente, me cosco de que un tipo de largos pelos y barbas se fija en mí.

-¡Me cago en los putos romanos! -disimulo, blandiendo mi espada como un desequilibrado mental, así como buscando un enemigo al que clavársela.

El tipo ruge en señal de complicidad, parece que le he convencido.

La batalla llega a su fin. Los más de cien mil muertos romanos que se comenta que han perecido en estas tierras hoy, baten el triste récord de bajas en combate en toda la historia de este Imperio Romano. A pesar de todo, no se trata de una tragedia para la gloriosa Roma, en lo que a estabilidad del imperio se refiere. Pero lo que los pocos supervivientes se llevarán de aquí, será la convicción de que en estas remotas tierras de las Galias, hay un montón de tribus que están tocándoles las narices de manera muy preocupante. Cepión y Malio siguen con vida, pero sin duda saben que han de enfrentarse a la terrible pena de ser despojados de todos sus honores. Quizá haya sido Cepión el que más la ha liado hoy aquí. Que se prepare para la que le viene encima.

Legiones romanas.

Una de las fuentes más valiosas para saber de esta batalla, es el libro Historia de Roma, obra que mereció el Premio Nobel de Literatura del año 1902, del autor Theodor Mommsen.

22 de septiembre de 2013

Las últimas brujas de Salem

Amanece en la aldea de Salem. Este 22 de septiembre de 1692, el pueblo se ha despertado en silencio con el alba entre brumas. Varias personas se dirigen arropándose por el frío de la madrugada hacia las afueras. Camino ajustándome el chaleco sobre mi camisa ancha de un color que hace tiempo intuyo que sería blanco, y que ahora, además de amarillento está cubierto de manchas de tierra. Llevo en la mano una chaqueta que se llama doblete, marrón, del color de los ciudadanos de clase media, y creo que me la voy a poner, hace fresco. Mis botas de cuero altas hasta más arriba de la rodilla me permiten pisar el rocío de la mañana sin preocuparme. Atrás dejo la ciudad, y me detengo un instante cuando paso junto a varias rocas grandes apiladas. Sobre el montón, cuidadosamente apoyada se encuentra una plancha de madera. Resoplo al identificar lo que veo como las herramientas utilizadas en la tortura por aplastamiento, llamada la tortuga. Hace tres días en este lugar murió el octogenario cascarrabias Giles Corey, tras pasarse cinco meses encadenado en la cárcel. El abuelo se negó a someterse a juicio. En fin, supongo que no fueron necesarias muchas rocas para aplastar al pobre anciano.

Salem es una ciudad corrompida por el puritanismo más desorbitado. La religión marca la vida de cada aldeano a cada minuto. La doctrina nacida de la Reforma Anglicana se ha incrustado en muchos lugares, y en esta ciudad especialmente. Desde Europa numerosas familias han cruzado el charco para asentarse en poblados como este y poder hacer una vida totalmente subyugada al puritanismo. De hecho, estas tierras son conocidas como la Nueva Inglaterra. La rutina de un puritano está sometida a estrictas normas y creencias que convierten su día a día, no pocas veces, en un auténtico tormento. Comenzando por su inflexible modo de vestir, y siguiendo por sus continuamente vigilados comportamientos. Camino detrás de un extenso grupo de mujeres. No hay ni una sola que no lleve su pelo cubierto por el típico sombrero atado bajo la barbilla. Muchas de ellas visten colores negros, por lo que probablemente se trate de mujeres pudientes. Aquí a las tías para que les dé tiempo a vestirse supongo que se levantan a media noche. Ropa interior, medias, enaguas, camisa, blusa, falda y chaqueta. Joder, como para un calentón están. Pero por supuesto, aquí siquiera pensar en eso supondría un pecado imperdonable. Mejor me pongo mi sombrero y camino cabizbajo, por lo que pueda pasar.

Examination Of A Witch. Thompkins Matteson. 1853.

Me sitúo a la altura de un señor gordo que resopla como un cochino mientras sube colina arriba. Le pregunto acerca de los juicios celebrados en los últimos días.

-Pues claro que son brujas -responde, enfadado-. Me dijo el primo de la mujer de mi vecino que vio a una de ellas tirada en el suelo, con diabólicas convulsiones, echando espuma por la boca. Ya me dirás tú qué más pruebas quieres.

Me llevo la mano a la frente, alucinando por el comentario. Aunque qué puedo esperar. Se ha condenado a mujeres mediante acusaciones tales como afirmar que lunares o verrugas son marcas de Satanás. Pues tendrían que ver a mi última novia. También han ahorcado incluso perros, considerando que estaban siendo utilizados por las brujas en sus rituales. En una aldea en la que todo el mundo cree que el Diablo pasea por sus calles como Pedro por su casa, cualquier indicio se convierte en obsesión, y lo cierto es que muchos viven asustados. Otros, quizá, aprovechan esta lluvia de acusaciones en su propio beneficio, sabiendo que los terrenos de los ejecutados posteriormente se reparten. Envidias y venganzas también salen a la luz culpando a los demonios. Todo ello sumado a que estas gentes, cuya misión, según dicen, es vivir todos como si fuesen santos, curiosamente no se privan de valerse de la tortura para arrancar confesiones. Es normal que algunas jóvenes acusadas hayan afirmado incluso haber volado por los aires.

Llegamos finalmente a una pequeña meseta de tierra seca salpicada por arbustos, con algún que otro árbol solitario. Se trata de Gallows Hill, el lugar escogido para el ajusticiamiento de ocho condenados por brujería que ya aparecen por el camino montados en un carro, las mujeres con su pelo suelto, pues qué mas da ya cometer tal pecado. Se trata de siete mujeres y un hombre. Martha Corey, esposa del anciano ejecutado el otro día, se encuentra en el carro. El frío de Salem me está afectando. Me arropo en mi chaqueta mientras estornudo, sin poder evitarlo, de manera bastante violenta. No he acabado de secarme los mocos con la manga, como buen granjero que soy, cuando al elevar de nuevo la vista tengo clavadas las miradas de todos los que me rodean. No, si ya se pensarán que estoy poseído. Joder, qué gente. Tengo tentaciones de ponerme a bailar como un gilipollas y salir corriendo. Pero lo cierto es que lo más lamentable es ver que la mayoría de acusaciones están siendo fruto del miedo y la obsesión. La religión se ha encargado de infundir verdadero terror a los aldeanos. Pánico al Diablo, a sus tentaciones, a los actos del mal. Las niñas se obsesionan hasta el punto de sufrir físicamente ante la presencia de supuestas brujas.

A medida que el carro se acerca, la gente grita acusaciones con desprecio. Las siete supuestas brujas muestran gestos afligidos, y yo me pregunto si después de tanta histeria y ofuscación ellas mismas llegan incluso a pensar que son realmente esbirros de Satán. El hombre, Samuel Wardwell mira a los presentes con rabia. Como tantos otros acusados, se dirige a la horca habiendo sido condenado precisamente por haberse negado a confesar. En fila junto a los escalones que suben al patíbulo, los condenados esperan mientras un tipo subido a una escalera de mano prepara los ocho lazos que cuelgan del travesaño. Uno a uno, les van colocando las capuchas que taparán sus rostros durante el ajusticiamiento, y tras ello, las sogas. Me quedo en las filas más alejadas, sin meterme en el tumulto de gente que no para de insultar con furia. Muchos otros sin duda respiran aliviados, convencidos de que esos siervos del Diablo deben morir. Estando los ocho supuestos brujos colocados sobre los taburetes de madera, los verdugos aseguran la longitud de sus sogas con respecto a las diferentes alturas de cada uno. Finalmente, con secas patadas o tirones bruscos, derriban las peanas de madera. La madera del travesaño cruje con tenebroso sonido por el peso de los ocho cuerpos que cuelgan tambaleantes.

Me coloco el sombrero y me arropo cubriéndome de la brisa de la mañana. Poco a poco me alejo del pueblo de Salem sin atreverme casi a levantar la mirada de mis altas botas, no vaya a ser que a algún puritano se le ocurra que algún gesto mío pueda estar inspirado por el Diablo, que según estas gentes, por estas calles se pasea.

Las brujas de Salem. William Crafts. 1876.

En la página de RTVE está disponible para ver la obra de teatro completa Las brujas de Salem, una antigua representación del año 1965 que trata sobre estos episodios.

21 de agosto de 2013

Medina del Campo en llamas

Entre la muchedumbre que grita enfurecida, me abro paso como puedo hasta poder ver al hombre que se encuentra desafiante ante toda la gente, montado en un gran caballo que aún resopla cansado por su viaje desde Arévalo. Es Antonio de Fonseca, el dirigente del ejército real. Llamado el Valeroso, lo cierto es que en estos instantes más bien tiene pinta de estar un poquito acojonado. Toda la ciudad de Medina del Campo se ha echado a las calles para cortar el paso al ejército. Fonseca se presentó esta mañana a las puertas de Medina, enviado por el regente de Castilla, el clérigo Adriano de Utrecht, con la misión de hacerse con toda la artillería almacenada en esta ciudad. Es por la tarde y ahí sigue, en el camino. Desde que llegó, se puso a hablar con el corregidor, Gutierre Quijada, para llevar a cabo su tarea, pero a pesar de que el alcalde no le ha puesto inconveniente alguno, es la población la que se lo impide. Es 21 de agosto del año 1520, y hoy, aquí, se va a liar.

Castillo de la Mota. Medina del Campo. Valladolid.

El rey de España, acusado de ser el menos español del reino, está ahora mismo de camino a Alemania, a donde se ha ido para apuntarse otro título, el de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Cojo aire. Carlos I de España, por decir algo, se ha largado en el mejor momento, aunque muchos piensan que le importa poco o nada lo que por estas tierras pase. Desde que subió al trono, el pueblo ha criticado su pasividad con respecto a los problemas de la gente y los asuntos críticos que afectan a todos desde hace muchos años. El rey de España no sabe castellano, empecemos por ahí, y se ha puesto a otorgar poderes a diestro y siniestro a tipos que vienen de la corte flamenca. El mismísimo cardenal Cisneros ha sido sucedido como arzobispo de Toledo por un chaval de 20 años, llamado Guillermo de Croy. Y en medio de estos tiempos turbios, el monarca se ha pirado a tomar posesión de su nuevo cargo, y sin prisas.

Principalmente es este el motivo por el que ha nacido una rebeldía que poco a poco se ha ido extendiendo por toda Castilla, cobrando mayor fuerza en las ciudades de Toledo y Segovia. Antonio de Fonseca cabalga de un lado para otro hablando con sus más importantes soldados, volviéndose cada poco para mirar a la gente de Medina del Campo, que valientemente le corta el paso. En estos momentos, la ciudad de Segovia está sitiada. Rodrigo Ronquillo, alcalde de Zamora, impide el aprovisionamiento de los segovianos, desde que hace algo más de un mes acudió a investigar el asesinato de un procurador, a manos de los que podríamos empezar a denominar comuneros. El líder Juan Bravo resiste como puede ante la crítica situación originada por Ronquillo, que va muy en serio, habiendo enviado al mayor número posible de soldados a pie y a caballo. Segovia clama auxilio, y en principio, Toledo y Madrid acuden a la llamada por medio de ejércitos comandados por Juan de Padilla y Juan de Zapata, respectivamente, que aliándose conforman la primera gran fuerza organizada rebelde, que sin duda mantiene a Fonseca muy nervioso en estos momentos.

Los caballos del ejército real no pueden avanzar a pesar de los intentos de los jinetes, y se ponen de manos sin posibilidad de atravesar un muro humano en el que cada persona del pueblo es una piedra inamovible, y ahora mismo, yo incluido. Medina del Campo no está dispuesta a que se saque de allí la artillería, si para atacar Segovia se va a usar, como así se pretende. De repente, noto cómo la atención se dirige a un punto concreto, en dirección a la calle de San Francisco. Un humo negro asciende a lo alto, y pronto las llamas incluso se pueden contemplar. Soldados vienen del lugar aún portando antorchas encendidas. Se trata de un plan para dispersar a la gente.

Pero ni cuando el convento de San Francisco, repleto de las mercancías de los comerciantes de Medina, empieza a arder, los aldeanos abandonan su puesto. En la muralla de personas no se abre brecha alguna, mientras que el fuego crece. Antonio de Fonseca comienza a perder los nervios, viendo cómo esta gente logra impedirle hacerse con la artillería. Logro ver entre las cabezas cómo el jefe del ejército se da por fin media vuelta, seguido por sus soldados, dejando atrás una ciudad en llamas. En dirección contraria, yo también opto por retirarme, pues días turbulentos serán los próximos. Pobres de los que esta mañana se manifestaron a favor de entregar la artillería a Fonseca. A él ya no lo pillan, pero los que por aquí se queden, han de enfrentarse a un pueblo enfurecido.

Ajusticiamiento de los capitanes comuneros en Villalar el 24 de abril de 1521. Antonio Gisbert. 1860.

La banda de Heavy Metal segoviana, Lujuria, en su disco del 2006, Y La Yesca Arderá, nos cuenta de una peculiar manera todo este acontecimiento, en su canción Ojos De Presa.

1 de agosto de 2013

El pastelero de Madrigal

Caminando por el corazón de La Moraña, no hago más que limpiarme el sudor con el dorso de la mano. Hace un calor terrible en este primero de agosto del año 1595. Aquí estoy yo, paseando bajo el abrasador sol siguiendo a varios grupos de aldeanos por las calles de Madrigal de las Altas Torres. Me quito mi austero y raído sombrero, y lo utilizo a modo de visera, sujetándolo con la mano, intentando darme sombra en la cabeza, que debo de tener a cuarenta grados. Algo es algo. Me gustan mis greguescos. Creo que es la primera vez que utilizo este tipo de calzones, tenía ganas de probarlos. En cuanto a mi gabán, podía ser más fresco, pero es lo que he podido pillar. Toda mi vestimenta es de un color crema apagado, detonando mi condición de viajero. Avanzo hasta toparme con un escenario que, lejos de estar destinado a una alegre función musical o de teatro, no requiere explicación alguna, más que la de mostrar una soga colgando de un travesaño entre dos palos. Intento situarme a la sombra de alguna casa cercana, mientras espero a que llegue el desafortunado protagonista. A ver si es cierto. A ver si es verdad que se parece tanto al desaparecido rey Sebastián I de Portugal.

Retrato del rey Sebastián I de Portugal. Cristóvão de Morais. 1571.

Hace un año y un mes aproximadamente que llegó a esta aldea de Ávila un pastelero con su mujer y su hija. Se trataba de Gabriel de Espinosa, un tipo que se dedicaba, y cuentan que de manera excepcional, a manufacturar y vender todo tipo de pasteles de carne y demás productos similares, allá en Toledo, lugar donde se formó como tal. El pastelero venía acompañado por su mujer, una joven gallega de unos veintisiete años llamada Inés Cid. Su historia de amor había surgido en Allariz, Orense, y ambos tenían una hija de unos dos años, Clara Eugenia, nacida en Oporto. Sin duda Gabriel no era de quedarse en un sitio fijo, pero de ahí a que controlase varios idiomas, parecía haber un trecho. El tío por lo visto te podía vender una empanada hablando si quería, en castellano, portugués, francés o alemán. Además, si se encontraba lejos de su cocina y le avisaban de que se le estaba quemando el pan, el hombre tampoco tenía problema porque al parecer también gozaba de gran destreza para cabalgar cual jinete profesional. Un tipo extraño, este pastelero con habilidades de noble.

Sacudo la mano alrededor de mi cara espantando a un par de pesadas moscas que parecen atraídas por mi sombrero. Me lo quito de nuevo y compruebo si huele a mierda, cosa que no me extrañaría. Cuando me quiero dar cuenta, observo que en la tarima de la horca ya se encuentra el condenado. Se trata de un tipo bajito y un tanto delgado, cuya principal característica es su pelo rojizo. Su aspecto se encuentra bastante desmejorado, fruto de señales inequívocas de que ha sido torturado, y cuyos moratones no se ocultan del todo bajo su barba desaliñada, igualmente inusual, pelirroja. Sin lugar a dudas, la apariencia del pastelero es llamativa, y brinda la oportunidad de adjudicarle la identidad de cualquier persona parecida a él. Si a cualquiera de estos campesinos que me rodean les dices que este tío es el rey de Portugal, ellos se lo creen, pocas veces o ninguna han visto a un tipo de cabellos rojos. Gabriel de Espinosa se encuentra completamente erguido, sacando pecho y dirigiendo miradas orgullosas y desafiantes, consiguiendo una compostura claramente más cercana a un noble que a un fabricante de empanadas. Sin embargo, está acusado de embustero y farsante, por pretender suplantar al mismísimo rey portugués Sebastián I.

No andará muy lejos el que quizá haya sido el cerebro de esta operación. De hecho, su cabeza también va a entrar en el lazo de una soga, aunque a él le quedan unos días para su ajusticiamiento en Madrid. Fray Miguel de los Santos es un monje agustino portugués que vivía aquí, en Madrigal de las Altas Torres, desde que Felipe II, rey de España, lo desterrara de Portugal por sus claras relaciones con el sebastianismo. En el año 1578, durante la batalla de Alcazarquivir, en Marruecos, las tropas portuguesas sufrieron una derrota frente a la dinastía Saadí, en la que supuestamente el rey Sebastián cayó muerto. ¿Por qué supuestamente? Porque nadie vio el cuerpo del monarca. La hipótesis más aceptada propone que el cuerpo sin vida del monarca quedó desfigurado por la lucha. A ello hay que añadir que las altas temperaturas del norte de África y las alimañas de la zona también habrían podido influir en el deterioro del cadáver nunca identificado. Y para colmo, las caras ropas del rey habrían resultado muy interesantes y podrían haber sido robadas dejando el cuerpo desnudo. A pesar de la certeza evidente de que el rey portugués había muerto en la batalla, durante todos estos años ha nacido y crecido una idea acerca de que Sebastián I no habría perecido, sino que se encuentra esperando el momento apropiado para alzarse de nuevo y hacerse con su trono de Portugal. Esta movida es lo que se conoce como sebastianismo, y de la que el monje fray Miguel es un fervoroso seguidor. Por la cuenta que le trae. El clérigo tiene sus razones, puesto que con el retorno del rey, regresaría también su posición ahora perdida. Sin embargo, su plan de querer hacer pasar al pastelero por el monarca, a pesar de su posible parecido físico y sus raras habilidades, no ha tenido éxito, puesto que, habiéndose reducido su condición a la de laico, espera ahora la pena capital, cuya ejecución será en algún patíbulo similar al que hay hoy aquí.

Pintura de monje agustino.

Una tercera actriz en esta curiosa representación es la prima del desaparecido Sebastián, una monja también residente en Madrigal de las Altas Torres, María Ana de Austria. Su papel en esta historia es el de la joven obligada a ingresar en un convento a pesar de interesarle más bien poco la vida religiosa, que ve la oportunidad de abandonar los sagrados muros. ¡Y de qué manera! La monja pretendía casarse con el pastelero, fuese o no su primo, para así pasar de los rezos y las alabanzas a Dios, a convertirse en la reina de Portugal, una vez el tipo de las empanadas fuese reconocido como el verdadero monarca desaparecido. Su ambición también ha sido frenada por la resolución de este caso, aunque Felipe II ha elegido para ella una condena mucho menos trágica, ordenando su encerramiento en el convento de Nuestra Señora de Gracia, en Ávila.

El desenlace de esta trama, que vio su nacimiento en algún clandestino encuentro entre el monje fray Miguel y el pastelero Gabriel de Espinosa, en alguna de las calles de esta aldea, ve ahora su final, mientras el pelirrojo condenado da sus últimos pasos, esos que le llevan a situarse bajo la soga colgante, que parece rígida al no moverse ni un ápice por la total ausencia de aire, en este día tan caluroso. El pastelero con dotes de noble, opta por ser él mismo el que se coloca la soga al cuello. Altivo gesto que acompaña con unas miradas arrogantes a todos los presentes, y a las que suma finalmente una enfadada maldición hacia el alcalde del crimen de la Chancillería, Rodrigo de Santillán, el hombre que le detuvo. Se hace el silencio. Yo me giro y me vuelvo por donde he venido. Todos los acusados en esta trama, ciertamente han mantenido hasta sus últimos momentos la veracidad de sus declaraciones, afirmando que el pastelero de Madrigal era el mismísimo rey Sebastián I de Portugal. Todos menos la mujer del artesano, Inés Cid, quien abandonaba este pueblo hace unos días tras ser azotada bajo acusación de complicidad. Curiosa la historia ocurrida en estas tierras. Por mi parte, no sé cómo sería Sebastián, pero el pobre Gabriel no parecía gran cosa. Más empanadas tenía que comer.

José Zorrilla dedicó al asunto su obra Traidor, inconfeso y mártir.

9 de junio de 2013

El final del artista Nerón

Me encuentro en las afueras de Roma. Me he infiltrado en el campamento de la guardia pretoriana y soy un soldado más. Por hacerme el profesional estoy afilando mi gladius, aunque en realidad no tengo ni idea de si lo estoy haciendo bien, es por disimular. Mi atuendo es una túnica de paño sin teñir de amplio cuello, sobre la que llevo una armadura de las comunes, de las de tipo lorica segmentata, o tipo langosta, de esas que consisten en tiras de acero solapadas en torno al cuerpo. Llevo un casco normal, con alerones de esos laterales, de hierro forjado en la Galia, que los talleres italianos son peores, y aunque espero no luchar, quiero ir seguro. Agradezco el fresco calzado, las sandalias romanas son perfectas para este tiempo. Hoy es 9 de junio del año 68, y el imperio está viviendo unos días muy turbulentos.

Figura de soldado pretoriano.

Hablemos de Nerón. El maldito lunático lleva todo su mandato gastando verdaderas fortunas en sus movidas. Desde lujosos viajes por Grecia, hasta la construcción de su palacio, llamado Domus Aurea, y que curiosamente levantó en un terreno inmejorable, casualmente despejado por ese gran incendio que asoló Roma hace casi cuatro años. Muchos, como el historiador Tácito, siguen pensando que el propio Nerón lo provocó para reconstruir la ciudad a su gusto. Otros le echan la culpa a los cristianos, argumentando además que han llegado a confesarlo, pero cualquiera juraría por Júpiter haber quemado Roma entera si se le somete a tortura. Nerón está acabado. Todos los que le lamían el culo poco a poco han ido abandonándolo. El Senado está en su contra y hasta los mismos pretorianos hemos dejado de protegerlo. Ya podía haberme pasado antes por aquí, porque todos estos han sido sobornados, y yo no he visto ni un denario. Allá en la Galia, el gobernador Cayo Julio Vindex se rebeló aprovechando la tambaleante situación, aunque el emperador supo controlar el problema, al menos durante un tiempo más, enviando a Lucio Verginio Rufo, gobernador de la Germania superior, quien lo derrotó. Pero las cosas, lejos de mejorar, empeoraron, hasta el punto de que uno de los aliados de Vindex, el gobernador de la Hispania Tarraconense, Servio Sulpicio Galba, el que fue declarado enemigo público debido a la rebelión, ahora tiene todas las papeletas de convertirse en el nuevo emperador.

En medio de la noche, entre unos árboles, veo pasar corriendo a tres o cuatro personas. Otro que está a mi lado lo percibe, y avisa a varios más. Corren tras los tipos que hemos visto, pensando que pueden ser algunos de los pocos descerebrados que aún puedan permanecer fieles a Nerón, o incluso él. Me levanto y voy con ellos. Toda la jodida hojalata, que en mi caso no me queda ni medio ajustada, pues he cogido lo primero que he pillado, mete un ruido de la hostia. Voy armando un escándalo tremendo. Uno de los pretorianos se gira y me mira con cara de mala leche pidiéndome más cuidado. Asiento e intento avanzar con más cautela. Tras un rato corriendo por la Vía Salaria, llegamos a una casa de campo. Se trata de la Villa del liberto Faonte, uno de los amigos de Nerón. Al llegar junto a los muros, los pretorianos se detienen, discutiendo cómo asaltar la casa. Sin que se den cuenta, me separo un poco de ellos y me decido a entrar por mi cuenta, saltando un muro. Me deshago de la maldita y escandalosa armadura, que me permite colarme en la casa con mayor sigilo, y ser confundido con cualquier sirviente en caso de que me pillen.

En una habitación en penumbra, Nerón y los suyos se lamentan, sabiendo que ya nada pueden hacer. El último mazazo que el emperador ha recibido es el de la noticia de que el Senado planea ejecutarlo con gran sufrimiento, sujetándolo con una horqueta y matándolo a golpes con una vara, como marcan las leyes de los antepasados. Decidido a quitarse la vida, pero siendo a pesar de ello tan cobarde para no poder hacerlo, da la absurda orden de que uno de sus sirvientes se suicide, para darle valor a él. Sin embargo, los que le rodean miran para otro lado, yo creo que alguno hasta silba. Pero el emperador sabe que no hay escapatoria, por lo que finalmente entrega un puñal a su liberto Epafrodito, y susurra unas palabras.

-Qué gran artista muere conmigo.

El flipado emperador se sobresalta cuando por los pasillos de la casa se escuchan voces. Los pretorianos ya deben haber entrado. Yo me escondo en la oscuridad de uno de los cuartos, tras ver cómo Nerón se arrodilla ante Epafrodito, ofreciéndole su garganta, para que su secretario cometa el acto que él no se atreve a llevar a cabo. Cuando el pretoriano llega a la sala, el emperador yace en un charco de sangre. Este es el fin del colgado de Nerón. Es hora de irse, que van a empezar a llover emperadores por todos lados.

Busto de Nerón. Siglo I.

Y cómo no mencionar la película Quo Vadis, cuando de Nerón se habla. Fantástica película que nos presenta a un Nerón probablemente bastante parecido al verdadero.

5 de junio de 2013

La farsa de Ávila

Madre mía, qué de gente. Si es que es 5 de junio de 1465, y estoy en Ávila. Me imaginaba que estaría petado, pero bueno, al final me he venido. Hace un día soleado aquí, quizá demasiado calor, ese sospechoso bochorno que avisa de una posible tormenta. He dejado atrás las murallas de la ciudad, impresionantes. Una auténtica serpiente de roca que abraza el corazón de Ávila, y que tardó en nacer 9 años, hace hoy más de 400, bajo el reinado de Alfonso VI.
En una llanura cercana a la urbe, me acerco a un montón de gente que está de manifestación. Dan palmadas, vocean insultos y se inventan canciones que luego corean a modo de protesta. Me meto entre la gente y escucho sus composiciones.

-¡Enrique más que un rey, parece una princesa! ¡Por mucho que lo intenta, no se le pone tiesa!

La canción, creada por uno de los asistentes, triunfa y rápidamente todos la pillan y empiezan a repetirla acompasando el ritmo con palmas. Sin duda se ha inspirado en las habladurías que se escuchan sobre la supuesta impotencia del monarca.

-¡Enrique más que un rey, parece una princesa! -Me uno, reconozco que es divertida.

La muchedumbre rodea una plataforma de madera montada de manera rudimentaria improvisando un escenario sobre el que hay un trono. Sentado sobre el tallado sillón de madera, se encuentra un muñeco que diría que es de trapo. Un maniquí ataviado con una túnica de color oscuro que simboliza un atuendo de luto, y una corona en la cabeza. A su lado tiene una espada, y sobre su regazo reposa un bastón real. El monigote representa al mismísimo Enrique IV, rey de Castilla. Unos individuos se suben al patíbulo y empiezan a pedir a los presentes que vayan cesando en sus cantos, pues parecen querer decir algo. La cosa promete. Sus ropajes delatan que son nobles. Y no como yo, que voy con unas calzas de color, no sé, de color mierda, de estameña, no más flexibles que las bragas que llevo debajo. Bragas masculinas, ojo. El jubón granate que llevo es algo más cómodo, forrado de algodón, y con este calor ya me empieza a sobrar el paletoque, un sayo sin mangas y hasta la rodilla, marrón oscuro, que me he traído a la fría Castilla, por si las moscas.

Murallas de Ávila.

Un fulano, que parece ser el que lleva la voz cantante, gesticula con sus manos para pedir silencio, anunciando a los ciudadanos que él y sus compañeros se disponen a enumerar los cargos por los que se acusa al rey Enrique. Diciendo esto señala al muñeco, al que la gente abuchea y al que dirigen ahora sus insultos, con tal rabia que parece que tienen ante ellos al verdadero monarca. Agradezco al que creo que es Juan Pacheco, marqués de Villena, que pregone las recriminaciones, así me entero, aunque creo que todo este asunto tiene su punto más candente en el hecho de que esta corriente alentada por estos nobles no acepta a la princesa Juana como heredera del trono, por no creer que el rey sea su verdadero padre. Los nobles continúan su discurso furioso, acusando a Enrique IV de cobarde, de simpatizar con los musulmanes, de no saber gestionar...

-Y además, ¡es un marica! -Grita uno de los nobles.

La gente grita, pues, en efecto, todo este movimiento defiende la teoría de que el rey es homosexual e incluso impotente. Veo cómo uno de los que están sobre el tablado se dirige al trono y vocea en alto que el rey merece perder la dignidad real, para posteriormente arrebatarle la corona al muñeco y lanzarla a tomar por saco. Por su sotana negra, diría que se trata del arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña. A continuación, otro de los nobles se acerca al maniquí. Los aldeanos que me rodean hablan entre ellos e identifican a Álvaro de Zúñiga. El que hace un año y poco fue nombrado primer caballero del reino por el propio Enrique IV, ahora se dirige a la efigie del monarca diciendo que no merece administrar la justicia. Toma la espada del muñeco y la tira al suelo con desprecio. Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, también se une al paripé y le quita al monigote el bastón, que rompe a la vez que el pueblo estalla en gritos. Por último, otro conde de gran poder, Diego López de Zúñiga y Guzmán agarra por la pechera al falso Enrique IV y lo levanta.

-¡Al suelo, puto! -Vocifera con rabia, lanzando al muñeco al suelo y dándole de sopapos.

Mientras tanto, el marqués de Villena alza la voz, repentizando un improvisado discurso que nombra a un muchacho de unos 11 años nuevo rey de Castilla. Se trata de Alfonso, el hermanastro del rey Enrique, que observa la movida medio acojonado. Lo sientan en el ficticio trono y comienzan a alabarlo como nuevo monarca, bajo el nombre de Alfonso XII.

Yo me retiro poco a poco entre la gente, que no para de gritar. Curioso acontecimiento éste. Aunque bueno, tampoco llegará a ningún sitio. Seguro que en unos años, todos como amigos.

Ilustración de Enrique IV.

Una serie de televisión española bastante lograda es Isabel. En este fragmento de este capítulo se cuenta lo acontecido en la farsa de Ávila.