18 de mayo de 2013

La rebelión anticolonial

El pasado 6 de abril de este mismo año, 1781, las campanas de esta hermosa ciudad de Cuzco, en el sureste de Perú, repicaban a media tarde incitando a una jocosa celebración, que provocaba que los aldeanos gritasen y vitoreasen a los soldados que regresaban de la batalla. El motivo de la ovación era la captura de un enorme y musculoso indio que llegaba encadenado, montado sobre una mula y rodeado por varios guerreros españoles, al centro de la ciudad. Habían sido varios meses alborotados, debido al despertar de la rebelión anticolonial más importante de este siglo XVIII. José Gabriel Condorcanqui Noguera, caudillo indígena, se había alzado contra el imperio español. En un primer momento, persiguió las injusticias que los corregidores del Reino de España imponían al pueblo indígena, aquí, en estos territorios pertenecientes a los Virreinatos del Río de la Plata, y del Perú. Las Reformas Borbónicas habían acrecentado los niveles de abusos y tropelías contra la población indígena, por medio, fundamentalmente, de la imposición de trabajos obligados, o la subida de las alcabalas. José Gabriel era un curaca, y como tal, había de mediar entre los corregidores españoles y los indígenas bajo su mando. Respetó la lealtad a la Corona del que ahora es rey de España, Carlos III, pero poco duró este simple cometido. Poco a poco se alzó como líder de una rebelión que se tintó de independentista radical, hasta el punto de otorgarse a sí mismo los títulos de Inca, Señor de los Césares y Amazonas con dominio en el Gran Paititi, Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continentes de los Mares del Sur, Duque de la Superlativa, Comisario Distribuidor de la Piedad Divina, y demás cosas que se le ocurrieron. Creo que una tarde que se aburría, se sentó en una silla con un pedazo de papel y una pluma, y acompañado de sus leales seguidores y una botella de buen ron, empezaron a soltar títulos y poderes, mientras él los apuntaba, para después proclamarse como tal.

Ilustración de Túpac Amaru II.

El caso es que se trata de un noble indígena con estudios, controla de quechua, castellano y latín, y cansado de la sublevación de los suyos, lideró esta rebelión bajo el nombre de Túpac Amaru II, habiendo sido el primero su antepasado, el último Inca de Vilcabamba. La cosa se puso seria cuando este tipo secuestró y posteriormente asesinó en público al corregidor de Tinta, Antonio Arriaga. Desde entonces hasta hoy, 18 de mayo de 1781, varias batallas han tenido lugar. Ejércitos de más de diez mil hombres se han enfrentado en sanguinarias contiendas, y es que al virrey del Perú, el español Agustín de Jáuregui, ya se le habían hinchado las pelotas con este movimiento que comenzó como algo no demasiado importante, y que pasó a significar una muy seria amenaza.

Desde el pasado mes, Túpac Amaru II ha estado siendo torturado en el interior del convento de la Compañía de Jesús, aquí en Cuzco. Los torturadores ya no saben qué hacerle a este tío, que ni siquiera al borde de la muerte confiesa una sóla palabra acerca de sus aliados en su rebelión. Un jesuita dando la chapa durante horas es algo que aún no se les ha ocurrido, siempre optan por lo mismo, los instrumentos de tortura más escalofriantes, pero en fin, yo no soy quién para proponerles nada. Tristemente, sus ideas son mucho más mezquinas. Me encuentro en la Plaza de Armas de Cuzco. Hoy es una plaza más, enorme, eso sí, pues es el centro administrativo de la zona, pero lugareños me han contado que en su día fue mucho más bonita, quizá antes de que en 1545 se retirara toda la arena de playa del lugar, para utilizarla en la construcción de la Catedral. Desde los calabozos en los que se encuentran los implicados en la rebelión, poco a poco van llegando los condenados. ¿La manera de trasladarlos? Metidos en costales, sacos grandes de tela, atados a caballos que los arrastran prácticamente matándolos. José Gabriel Condorcanqui Noguera observa moribundo el atroz espectáculo en el que sus compañeros, amigos, y sus propios familiares son los protagonistas, hasta el momento en el que a él le toca el turno. El caudillo indígena merece un trato especial. Me acerco entre la muchedumbre mientras observo cómo cuatro criollos se acercan trayendo de las riendas a cuatro fuertes caballos.

-¡Oye, tú, que no vemos nada! ¡Haz el favor de agacharte, que estábamos nosotros antes! Qué vergüenza, joder.

La gente no se lo quiere perder. Pues porque no me he puesto un sombrero de plumas muy chulo que me pareció ver en un mercado, que si no sí que no dejaba ver a nadie. Pero resulta que está prohibido utilizar vestimentas indígenas, hay que ir con ropa hispana. En fin. Me coloco en tercera fila, y veo cómo los cuatro criollos preparan los arneses de los caballos, a los que amarran unas sogas. Otros soldados traen a Túpac Amaru II hasta el centro de la plaza, donde le obligan a echarse en el suelo para poder atar las sogas a sus pies y manos. Su intención es desmembrarlo. Por medio de latigazos, los criollos espantan a los caballos, que intentando correr en direcciones opuestas, alzan en el aire al líder indígena. Gritos de inhumano dolor salen de una boca sin lengua, pues le fue arrancada en sus torturas. Los presentes se llevan las manos al rostro, y algunos incluso se tapan los ojos ante el espantoso desenlace que sin duda es inminente. Pero tras un largo rato, y tras dislocarle varias articulaciones, nada sucede, pareciendo que el indio estuviese hecho de hierro.

-¡Venga, parad, parad! -Ordena un soldado español de alto rango, mientras hace gestos con sus manos, acercándose a los criollos-. No me jodas, no vamos a estar aquí todo el día. ¡Tú! Acaba de una puta vez.

Un verdugo se acerca, hacha en mano, para finalmente ejecutar a Túpac Amaru II, decapitándolo. Igualmente, optan por despedazarlo, para poder enviar sus miembros a diferentes ciudades. Terminarán sus brazos en Tungasuca y Carabaya, sus piernas en Livitaca y Santa Rosa, y su cabeza, insertada en una pica, será exhibida en Cuzco y Tinta.

Ilustración del intento de desmembramiento de Túpac Amaru II.

Uno de los hijos del líder indígena, Fernando Túpac Amaru Bastidas, fue el único al que se le perdonó la vida, pero fue obligado a presenciarlo todo, con la edad de 10 años, y después enviado al exilio a África. Un libro muy interesante es el escrito por José Luis Ayala Olazábal, en el que narra la vida de este niño, documentándose con sus cartas. Este cautiverio y agonía sin fin. Fernando Túpac Amaru Bastidas.