14 de noviembre de 2014

La primera huelga laboral

El sol de la mañana baña las dunas de Egipto mientras camino por las polvorientas calles de Deir-El-Medina, que significa Convento de la Ciudad. En tiempos del faraón Thutmosis I Akheperkara, primero de los gobernantes de la familia de los Thutmósidas, que reinó durante la Dinastía XVIII entre los años 1524 y 1518 antes de Cristo, se inició la construcción de Biban-El-Molûk, el famoso Valle de los Reyes. Thutmosis I pasaba de construirse una pirámide para enterrarse en ella, algunos dicen que cansado de que normalmente fueran sometidas a continuos robos y saqueos. Se le ocurrió la idea de crear un hipogeo excavado en la ladera de la montaña, y fue con él con quien comenzó la costumbre de optar por este tipo de inhumación, un modelo de enterramiento que se practicaría durante todo el Reino Nuevo. Esta obra llegará a convertirse en un proyecto faraónico que comenzó con el proyecto de la tumba de Thutmosis I, encargado al arquitecto real Ineni. Hoy es día 10 del mes de Peret del año 29 de Ramsés III, lo que aproximadamente vendría a corresponderse con el día 14 de noviembre del año 1166 antes de Cristo. En esta aldea viven cientos de personas, todas ellas participan en la construcción de la tumba real, y veo que están bastante hartos.

Detalle del relieve de Ramsés III en el Templo de Khonsu en Karnak.

Ramsés III es un gran rey. Desde hace años Egipto vivía un período de decadencia que, a pesar de que continúa, con este faraón ha tenido una pequeña frenada. Se han realizado importantes reformas sociales y administrativas y los nubios y asirios vuelven a pagarnos tributos. A pesar de todo, en las fronteras del este y el oeste del Delta están sucediéndose ataques de enemigos que algunos llamarán Pueblos del Mar, y que de momento han podido ser controlados. Además, la corrupción y las intrigas palaciegas son cada vez más evidentes. Esto ya son cosas que nos afectan a los ciudadanos, sobre todo a los que vivimos aquí, en Deir-El-Medina, puesto que las monumentales tumbas del Valle de los Reyes cada vez suponen más curro, y la economía cada vez va peor, por lo que los salarios se están retrasando. Y aquí si no nos pagan ni comemos ni bebemos ni nos vestimos. El salario diario se compone de pan, verduras y dátiles. En días de celebración también recibimos carne de buey o pollo. Nos dan agua potable, un bien muy preciado, y cerveza, para mí mejor todavía. Además, regularmente se nos abastece de ropa y calzado. Sí, cobramos en especie, aunque el valor de las cosas se estima mediante el cobre, a través de la unidad de peso básica hoy en día, el deben, que equivaldría a noventa y un gramos de cobre.

Cada vez curramos más y cada vez nos pagan peor.

-¿Es esto un saco de cebada? -le grita un trabajador a su capataz, enfadado-. ¿Te digo yo qué es esto? ¡Esto es un saco de mierda!

Setenta y siete son los litros de capacidad de cada saco. Setenta y siete kilos de cebada en mal estado se esparcen sobre la arenosa calle cuando el trabajador da una patada al saco, cabreado. Le explica a su superior que la calidad del grano que recibimos como paga cada vez deja más que desear. Y eso si la recibimos, porque cada vez son más habituales los retrasos en los pagos. La gente está quemada, y no precisamente por el sol de Tebas, en esta bella ribera occidental del río Nilo.

Los equipos de construcción están formados por varios tipos de profesionales: canteros, albañiles, escultores, tallistas de relieves y pintores. Los grupos de trabajo se componen de sesenta obreros organizados en dos brigadas, lideradas cada una de ellas por un capataz y un delegado. Además, hay varios escribas. Y son a ellos a los que acuden los indignados currantes para registrar sus quejas y solicitar que sean enviadas a Ramsés. Veo cómo uno de estos escribas, Amennajet, no da abasto registrando lo que aquí hoy sucede. En estos momentos escribe lo que se convertirá en el Papiro de la Huelga.

-¡Sí se puede! ¡Sí se puede! -gritan los obreros, que abandonan sus puestos en la construcción de la necrópolis y comienzan a organizar una manifestación-. ¡No hay pan para tanta botarga!

Deir-El-Medina.
Qué rica la botarga. Un plato típico de aquí elaborado a base de huevas de mújol, un pez marino que remonta las aguas del Nilo. Me dirijo todo chulo con mi torso moreno al aire, únicamente vestido con una falda de lino plisada, hacia los últimos muros de la necrópolis, que tiene nada menos que cinco. Hasta allí se ha desplazado la manifestación de obreros, llegando hasta los aledaños del templo de Thutmosis III, ya cerca de los campos de cultivo. Se comenta que otros templos importantes están siendo rodeados con sentadas. Los sacerdotes a menudo son también blanco de acusaciones, puesto que los repartos del grano muchas veces pasan por sus manos y son los culpables de las reducciones del sueldo. Algunos grupos lanzan protestas contra ellos y en un templo a unos metros veo cómo los funcionarios se acojonan hasta el punto de que entregan cincuenta panes a la enfurecida multitud hambrienta.

Parece que la valentía se contagia poco a poco por todo el pueblo obrero, y antes de que la noche caiga, las obras están totalmente paralizadas. La muchedumbre continúa sentada junto a los templos y totalmente decidida a no mover ni una piedra más hasta que no se les escuche y se les vuelva a pagar en condiciones. Egipto vive tiempos de decadencia. El pueblo sufre y los gobiernos pasan. Esto es algo común en toda la Historia.

Templo funerario de Ramsés III. Medinet Habu. Luxor.

Este antiquísimo acontecimiento es conocido gracias al mencionado Papiro de la Huelga, hoy conservado en el Museo Egipcio de Turín.

20 de septiembre de 2014

Los cañones de Valmy

Pocas veces he visto un amanecer con tanta niebla como el de esta mañana. Anoche, en el campamento de Sainte Menehould, ya muchos sospechaban que las densas brumas nos acompañarían hoy, pues la noche era fresca y oscura. Nosotros no veremos una mierda, pero tampoco lo hará nuestro enemigo, el Duque de Brunswick, quien en estos momentos se dirige a la aldea de Valmy comandando treinta y cuatro mil soldados. El ejército prusiano empuja treinta y seis cañones y van de sobrados. Sin embargo, desconocen que entre la niebla, la unión de los ejércitos franceses del Norte y del Centro, mandados por el ministro de exteriores, Charles François Dumouriez y el mariscal François Christophe Kellermann respectivamente, suman más de cincuenta mil hombres. A unas cien millas al este de París, hoy, 20 de septiembre de 1792, estoy colaborando en el transporte de uno de los noventa y cuatro cañones que los franceses llevan.

-Sí, se escribe así más o menos, con el rabillo ese -me dice un soldado retorciendo su brazo para gesticular cuando le pregunto si he escrito bien los nombres de sus líderes.

Mucho François en Francia.

Bataille de Valmy. Mauzaisse. 1835.

Durante estos años, las más importantes potencias europeas se observan las unas a las otras con minuciosa suspicacia. Francia es una de esas poderosas potencias, que tras la Revolución Francesa de hace tres años, ha estado dibujando sus fronteras arrebatando territorio a sus vecinos por medio de hábiles victorias en unas batallas que han destacado por la evolución de los armamentos y las técnicas militares. El tablero de ajedrez que es Europa, finalmente terminó por situar a Francia como enemigo común ante las otras dos potencias principales del continente: Inglaterra y Prusia. Esto quedó plasmado por escrito en la Declaración de Pillnitz, del verano del año pasado, en la que participaron el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Leopoldo II y el rey prusiano Federico Guillermo II. Se manifestaron en contra de la Francia revolucionaria y a favor del rey Luis XVI, aunque hay quien piensa que realmente se posicionaron así para poder sacar tajada de una Francia un tanto caótica. Aunque lo cierto es que su expansión es un hecho. La hostilidad entre las potencias finalmente provocó que el pasado 20 de abril Francia declarase la guerra a Austria. Todo comenzó con buena pinta para los aliados europeos, pues los ejércitos franceses, desorganizados tras la revolución, no parecían muy preparados para iniciar una campaña militar, desertando muchos soldados e incluso asesinando a los generales.

Los nobles de Francia exiliados continuaban alentando a los líderes europeos a que respondieran a los preparativos franceses. Y fue cuando el Duque de Brunswick dio a los revolucionarios franceses justo lo que necesitaban para despertar y volverse a poner farrucos. El pasado verano declaró que se encargaría de devolver al rey de Francia todos sus poderes y mataría a todo aquel que osara oponerse. A los pocos días el Palacio de las Tullerías, residencia en ese momento del monarca francés, era asaltado por la muchedumbre enfurecida.

Bajo órdenes de Kellermann, ocupo mi posición en la ladera del monte Yron, mientras otras tropas se dirigen al pueblo de Gizaucourt, más al sur. Nuestro ejército no dispone de caballería, por lo que desde que amaneciera, la estrategia de nuestros líderes se ha basado en el diestro uso de la artillería, y ha tenido muy buen resultado. Los cañones franceses han definido una cortina que los prusianos no pueden atravesar. Nos separa más de un kilómetro de distancia, por lo que me he pasado toda la mañana aquí parado sin nada más que hacer que observar el intercambio de proyectiles, que apenas causa bajas, aunque ahora parece que nuestros enemigos se deciden a avanzar.

Le Duc de Chartres À Valmy. Firmin Féron. 1848.
Es mediodía. Los prusianos adelantan dos líneas mediante un disciplinado movimiento que no busca otra cosa que aparentar una organización militar profesional que pueda llevarnos a huir. En otros enfrentamientos les ha dado resultado, pues nosotros tenemos una nula educación militar y sabemos que en ese aspecto nos pulen. Pero eso no sucede hoy. Hoy nadie se va de aquí. Busco entre las filas al general Kellermann y veo cómo sonríe con desprecio mientras espera a que los soldados enemigos lleguen hasta donde él quiere. Tras escupir al suelo, su sable silba en su roce con la vaina en el momento en el que con fuerza lo desenvaina para después elevarlo a lo alto y apuntar con él a las filas prusianas.

-¡Viva la nación! -grita con valentía justo antes de echar a correr en dirección a la batalla.

Un grito ensordecedor sale de entre la niebla. Todos los soldados franceses se lanzan tras su líder y desvelan que no son ni mucho menos cuatro gatos. Al otro lado del campo de batalla, el Duque de Brunswick se queda boquiabierto al ver no sólo que encuentra una resistencia que no se esperaba, sino que además supera a su ejército en número. Ordena a sus soldados que se replieguen, consiguiendo que lo hagan de manera ordenada.

Al parecer la batalla no va a llegar a mucho más. Se dispararán de nuevo los cañones y quizá técnicamente esto quede en empate, pero sin lugar a dudas, moralmente los franceses saldrán victoriosos de Valmy. Me giro y desciendo por un estrecho sendero mientras cae la noche. Llego hasta las filas prusianas y en mi paseo me topo con un grupo de soldados que escuchan atentamente lo que otro hombre les dice. Me acerco e identifico al mismísimo Johann Wolfgang Von Goethe. Alcanzo a escucharle una frase.

-Hoy comienza una nueva era en la Historia del Mundo...

6 de agosto de 2014

Los mártires de Cardeña

Una. Otra. Y otra. Joder, ora et labora. Menos mal que estos terrenos que rodean el monasterio de San Pedro son los mejores de toda la comarca de Cardeña. Este fértil valle permite a los monjes benedictinos cumplir con su principio de autoabastecerse, pero sí, para ello es necesario darle caña a la azada día sí y día también, o no habrá nada que llevarse a la boca. Y aquí me encuentro, con mi camisa de lana, mi escapulario y mi hábito totalmente negro, al sol de agosto, calculo que andaremos por el día 6, y más o menos por el año 953. Con mi poco habilidosa manera de surcar, me lleno los pies de tierra y estoy todo el rato sacudiéndome las sandalias. Pero mi intención es meterme entre los llamados monjes negros, simular ser uno más. El ducentésimo primero. Pues doscientos son los benedictinos que están hoy aquí en este monasterio burgalés, de momento en territorio del Reino de León, bajo el reinado de Ordoño III desde hace unos 2 años. Esta noche no podré decir lo mismo.

Monasterio de San Pedro de Cardeña. Burgos.

Me meto ya en el monasterio y entre sus gruesos muros disfruto del frescor. Puede que ahora mismo esté entre las paredes de uno de los primeros templos benedictinos levantados en la península. El primero, según algunos. Se trata de un centro religioso muy importante, y sus dos centenares de inquilinos lo demuestran. Las habituales donaciones y el trabajo de los monjes han hecho de este lugar el núcleo de una población que crece poco a poco en esta comarca que, como todos los territorios fronterizos con el avance musulmán, vive momentos muy tensos.

Llevamos un par de años con movidas entre los reyes, digamos, cristianos. No debe bastarles la amenaza de los moros, que ya están aquí al lado, porque encima se pegan entre ellos. Ordoño III ha sufrido desde que se puso la corona varios ataques liderados por su hermano Sancho, pretendiente al trono, ayudado por los ejércitos de García Sánchez I, rey de Navarra; y Fernán González, conde de Castilla. A Abderramán III, califa de Córdoba, poco le ha costado aprovechar estas disputas internas para ganar terreno y hacerse con varias victorias en batallas que según escriben los cronistas moros, ganaron con la gorra.

Y lejos de haber aprendido la lección, los cristianos han continuado con sus enfrentamientos. Ordoño III planea un ataque contra el conde de Castilla, Fernán González. Pero por fin, ambos parecen haber despertado. Me imagino la conversación mantenida entre Ahmad Ibn Yala, y el jefe del ejército fronterizo y señor de la fortaleza de Medinaceli, Galib, animándose a organizarse juntos y a avanzar de nuevo aprovechando las peleas de sus enemigos, que tanto les favorecen. Se dice que Fernán González ha iniciado acuerdos de paz precipitados al enterarse de la seria amenaza mora, casi al tiempo que se calza las espuelas y se ata el cinto de la espada a la cintura, trastabillándose. Pero quizá sea demasiado tarde.

Claustro del monasterio.
Desde Clunia hasta Burgos discurre la vía romana que los ejércitos musulmanes han estado siguiendo en su invasión destructora por territorio castellano. El sol aún aprieta cuando junto a la puerta del monasterio veo al abad Esteban, boquiabierto y paralizado ante lo que ve. Los silenciosos brillos de las armas de los moros que se acercan a lo lejos pronto se ven acompañados de los temblores del suelo por el avance de los caballos y de las voces y ruidos metálicos de las filas musulmanas que llegan rápidamente hasta la puerta del monasterio benedictino, antes incluso de que todos los monjes hayan podido ser avisados. El abad, líder entre los residentes, permanece quieto frente a los jefes moros que a él se dirigen.

-No. No abrazaremos el islamismo -alcanzo a escuchar-. Nunca renunciaremos a la fe cristiana.

El jefe moro se limita a asentir con su cabeza, para luego indicarle con un leve gesto de la misma a un soldado que proceda a dar castigo al abad. Segundos después, el hábito negro se empapa de la sangre que brota de la garganta del pobre monje. Cruzo corriendo los corredores del monasterio, donde ya los demás monjes están corriendo la misma suerte que su superior. Por todas las estancias los musulmanes ya se dedican a saquear todo lo que pillan, que no es poco, pues es este uno de los templos más ricos del reino. Cruces con piedras preciosas, cálices de oro... Todo será llevado a Córdoba en los próximos días. Yo me alejo tras echar una última mirada al hermoso claustro, que a partir de hoy será la sepultura de doscientos monjes benedictinos martirizados que algún día serán santos.

Lápida en el claustro que hace referencia al martirio. Siglo XIII.

Como todo acontecimiento salpicado por la leyenda, la fecha no está del todo clara, y sobre este tema escribió una crítica muy interesante el historiador burgalés Ismael García Rámila.

2 de julio de 2014

Costillas de hierro

-Bueno, pues vamos a atacar ya, que se va a echar a llover.

El conde de Leven, Alexander Leslie, comandante del ejército escocés aliado, mira al cielo y frunce el ceño al ver las negras nubes que empiezan a cubrir el cielo de estas tierras inglesas cercanas a York. Es ya media tarde, y hoy es 2 de julio del año 1644. Estamos en plena guerra civil inglesa. Yo formo parte de uno de los regimientos de infantería ligera de Edward Montagu, conde de Mánchester, y hasta hace unas horas todo me gustaba, porque nos estábamos retirando tras la recuperación de York por parte de los realistas. Sin embargo, el príncipe Ruperto del Rin, sobrino del rey Carlos I de Inglaterra, no se ha detenido tras liberar York y nuestra retaguardia interrumpió nuestra retirada informándonos de que los realistas estaban cruzando el puente de barcas que cruza el río Ouse, y cuyo control robaron ayer por la tarde a los dragones de Mánchester encargados de su protección, para perseguirnos con el claro objetivo de enfrentarse a nosotros y evitar que nos piremos. Así que nada, media vuelta y a organizarse para la batalla que va a tener lugar aquí, en Marston Moor, y que enfrentará a los cavaliers, partidarios del rey Carlos I, y a los roundheads, o parlamentarios.

Oliver Cromwell. Robert Walker.
Aquí hay mucha gente y de muchos sitios, esto es un jaleo. Nos hemos situado en lo alto de una colina siguiendo las tácticas de varios comandantes, y nosotros, los catorce mil infantes, estamos ocupando la parte central del bloque, quedando los hombres de la zona izquierda bajo el mando de Lawrence Crawford, y el resto, entre los que me incluyo, a las órdenes de Thomas Fairfax, uno de los personajes más importantes a la hora de establecer la estrategia. Algunas brigadas escocesas están desplegadas a nuestra derecha. Contamos con más de treinta cañones, y creo que haré todo lo posible por colocarme tras alguno de ellos, que me parece lo más seguro. Esto es el siglo XVII y la equipación de los soldados es fascinante, gracias a la obligada evolución que ha supuesto el hecho de que se fusionan las protecciones habituales para luchas cuerpo a cuerpo, con la necesidad de hacer frente a las armas de fuego, presentes ya de manera cada vez más frecuente en las guerras. Me encanta esta época, en lo que a equipamiento militar se refiere. Llevo un coselete compuesto por un peto y unos faldones metálicos, y me protejo la cabeza con un yelmo que me deja la cara descubierta. Como arma, una espada de doble filo y hoja recta no muy pesada, que posee una detallada cazoleta para proteger la mano. Miro a mi derecha y veo en ese flanco a los mosqueteros. Son unos seiscientos y su eficacia es importantísima. Cuentan que el orificio que abre en un cuerpo la bala de un mosquete es del tamaño de una pequeña moneda, pero que el de salida, alcanza el tamaño de un plato llano. Les acompañan más de dos mil soldados a caballo de Yorkshire y Lancashire, ayudados por otros mil de Escocia. Esta ala será comandada por lord Fairfax. Pero aprovechando la altura de esta colina, me esfuerzo por buscar en el flanco izquierdo a los ironsides, o costillas de hierro. Se trata del regimiento de élite del que será el protagonista de esta batalla, Oliver Cromwell. Por fin los veo, pues creo que son esos arcabuceros a caballo que se caracterizan por sus yelmos de tipo lobster, que quiere decir langosta, y que reciben este nombre por la peculiar forma de cola de langosta que tienen en su protección posterior. Se equipan con coletos de piel de manga larga, petos metálicos y unos guanteletes para sus brazos izquierdos. Si ya de por sí son eficientes guerreros, están acompañados por quinientos dragones escoceses y otros mil soldados de caballería ligera, también llegados de Escocia. El papel de Escocia como aliado del Parlamento en esta guerra está justificado por el pacto que los ingleses hicieron en 1643 para comprometerse a establecer en la Iglesia de Escocia las reformas presbiterianas que solicitan. Se les conoce como covenanters.

Ironside. Recreación.
Son los ironsides ayudados por los hombres de Lawrence Crawford los que consiguen realizar una primera ruptura exitosa de las filas de los realistas, consiguiendo gran ventaja al impedir disparar a los mosqueteros enemigos. El avance de nuestro ala derecha corre peor suerte, porque por su lado sí reciben el ataque de los mosquetes realistas. Además, la caballería tiene dificultades para posicionarse debido a la orografía del terreno. Colaboro en la colocación de uno de los cañones mientras veo que el príncipe Ruperto dirige a sus tropas contra Cromwell, poniéndoles las cosas difíciles a los ironsides. Por fortuna, su pericia y la gran ayuda de los escoceses estabiliza la situación por ese lado, hasta el punto de que Ruperto huye por miedo a ser capturado. Por aquí las cosas se ponen complicadas, y a mí lo que me empieza a acojonar es que la noche se nos echa encima. Cuando veo que en mi zona, la central, así como en la derecha, las cosas se ponen tan jodidas que muchos soldados empiezan a retirarse, tardo poco en hacer lo mismo. Debe de haber sido el tal Charles Lucas el que ha logrado machacarnos en el ala derecha. Frente a él, alcanzo a ver que sólo permanecen en sus puestos los soldados de Mánchester y algunas brigadas escocesas.

La noche cae definitivamente y aquí ni Dios sabe ni por dónde cojones va. No me extrañaría nada que hubiese regimientos perdidos en medio de la oscuridad preguntándose por dónde coño se vuelve a la batalla. Por mi parte, me dirijo a la zona en la que los ironsides se abren paso de manera contundente abatiendo a los enemigos. Voy dando tumbos con la armadura por el campo y llego justo para ver el que probablemente será el último enfrentamiento de la batalla. Observo a un batallón de whitecoats, los casacas blancas, que resisten con valentía ante los parlamentarios, negándose ante Cromwell a rendirse. Creo que saben que nada pueden hacer ante este batallón al que los roundheads deben la victoria.

Battle Of Marston Moor. John Barker.

Una novela muy interesante sobre este acontecimiento es Rebeldes y traidores, de Lindsey Davis. En este artículo de El País se habla de este libro.

27 de junio de 2014

El empalamiento de Caupolicán

El día 5 de febrero de este mismo año, 1558, el líder del pueblo mapuche fue capturado por los conquistadores españoles durante la Batalla de Antihuala, en las tierras conocidas por el nombre del pequeño río que las atraviesa, Pilmaiquén. Esas áreas montañosas del sur de Chile son consideradas el hogar del caudillo mapuche, ahora cautivo. No muy lejos de esos valles, hoy, día 27 de junio, me encuentro en el fuerte de Cañete, que está al mando del capitán español Alonso de Reinoso. Al contrario que aquel lluvioso día de la captura, hoy el sol calienta de narices. Poco le importará al toqui mapuche Caupolicán, pues una tarima dispuesta en medio de este patio le espera para ofrecer a los muchos presentes el terrible espectáculo que supone una ejecución por empalamiento.

Estatua sobre la elección de Caupolicán.
Temuco, Chile. José Troncoso. 1985.
En septiembre del año pasado, tras ganar terreno los españoles en la Batalla de Loncomilla del día 5 de ese mes, los mapuches convocaron un consejo para elegir a un toqui. El que más papeletas tenía para convertirse en el jefe era Talcagueno, un indio que había demostrado grandes habilidades en los combates. Sin embargo, el tipo, ya de una cierta edad, dijo sentirse viejo para andar matando conquistadores. Pero andaba por allí su sobrino Caupolicán, y lo presentó a todos como el mejor candidato a liderar la resistencia mapuche, calificándolo de membrudo, arrogante e industrioso. No se equivocaría su tío, pues el muchacho es grande un rato, con brazos como mazas y hábil en la lucha, como ha demostrado durante todos estos largos meses, desde aquel día en el que todos le recibieron con eufóricos aplausos y jurándole lealtad. A mí me han contado que los mapuches utilizan un sistema de elección muy peculiar para nombrar a sus líderes. Se trata de medir la fuerza de los opositores obligándolos a coger un enorme tronco y a hacer vida con él a hombros, a ver cuánto aguantan sin tener que soltarlo. Se dice que Caupolicán pilló el pesado tronco como si de una ligera vara se tratara, y se tiró tres días y tres noches con él cogido. No sé, sin duda está fuerte, pero de ahí a eso...

La captura de Caupolicán. Raymond Monvoisin. Siglo XIX.

Me encuentro entre la multitud infiltrado con ropa de civil español. Sobre mi camisa de seda llevo una capa corta y en la parte de abajo visto mis queridos calzones bombachos, que me encantan. Unas calzas de lana y unos zapatos de cuero completan mi vestimenta, aunque me hubiera gustado hacerme con uno de esos morriones que me parecen guapísimos, pero no me pega. Me acerco a la tarima y confirmo que todo está preparado. Un madero de algo más de un metro, hincado en el centro del patíbulo, es el protagonista de la escena. Está afilado terminando en una muy protuberante punta. Se me revuelven las tripas sólo con mirarlo y pensar en el objetivo para el cual está destinado.

Ilustración de Galvarino
Caupolicán, si bien no ha destacado por las dotes tácticas de algunos de sus predecesores, ha sido un feroz guerrero que ha conseguido liderar la resistencia mapuche de manera efectiva, aunque cierto es que no le ha acompañado la suerte. Por ejemplo, la noche anterior a la Batalla de Millaraupe, a finales del año pasado, los indios habían logrado organizar una emboscada contra los españoles bajo el mando de García Hurtado de Mendoza, que pintaba muy bien. Cerca de diez mil hombres dirigidos por Caupolicán estaban ocultos en las selvas de la Araucanía preparados para atacar, excitados al verse aventajados, y siendo motivados por la presencia de un antiguo toqui, Galvarino, quien no mucho antes había sido capturado y condenado a ser mutilado, librándose de la muerte por su demostración de valentía y honor. En primera línea, mostró su valor corriendo sin brazos como loco, haciendo lo posible por colaborar. Por segunda vez se le perdonaría la vida a este líder cuando cayó en esta batalla, pero les respondió a los españoles diciendo algo así como que se dejaran de gilipolleces, que si pudiera les mataría aunque fuera a mordiscos. Tardaron poco en ejecutarlo, por si acaso. Y es que la derrota mapuche sucedió por la mala suerte que tuvieron al creerse descubiertos cuando los españoles empezaron a tocar las trompetas con alegría. La realidad es que los conquistadores andaban de parranda debido a la celebración del día de San Andrés.

-El hado me tiene esta suerte aparejada, pero ved que yo la pido, que no hay mal que sea grande y postrero -dice el enorme toqui en su lengua, que me he traído estudiada, mientras lo traen amarrado de pies y manos entre varios.

Lo sitúan frente al madero y el fiero indio parece el menos intimidado de los que estamos aquí, y eso que es a él al que se lo van a meter por el... Sin duda, el jefe mapuche es un hombre valiente, un tipo con un par. Flipando estamos todos con su coraje, cuando va y le deja al verdugo un último regalito, símbolo de su valentía y fiereza. A pesar de las amarras, Caupolicán alza su pie derecho y le pega tal hostia al verdugo que el hombre empieza a rodar por la tarima como un armadillo de estos tan comunes por estos países del sur de América. Al caudillo mapuche no le hace falta que nadie le ejecute. Haciendo acopio de una gran osadía, él mismo es el que, finalmente, se sienta sobre la punta del madero. Ni un ápice de dolor se nota en su rostro, y así se mantendrá hasta que la perforación intestinal le produzca la muerte.

Es el final de Caupolicán, pero no el de la resistencia mapuche, que continuará liderada por el hijo mayor del ya empalado jefe. La fuerza y valor de este toqui serán reconocidas por siempre en todo Chile.

Ilustración sobre la ejecución de Caupolicán.

La principal fuente para conocer todos estos episodios, la tenemos en los escritos del poeta y soldado español, contemporáneo a todos ellos, Alonso de Ercilla. En esta página del Archivo Nacional de Chile, se habla de la muerte de Caupolicán, citando los textos de Alonso de Ercilla.

6 de junio de 2014

Matanza en las juderías de Sevilla

Estas estrechas calles del barrio judío de Sevilla convierten esta parte de la ciudad en una auténtica ratonera. Camino con dificultad, apoyándome en las paredes de las casas, tapando mi boca con el pliegue de mi sucia saya de lana, para calmar la violenta tos que me provoca el humo que invade este lugar, que esconde el sol y casi deja en penumbra a toda esta laberíntica judería, a pesar de que aún es media tarde. Descanso al llegar a un callejón e intento frenar mi respiración agitada, apoyando mi espalda en la pared. Seco el sudor de mi cara pasando una manga y la tiño de negro. Imagino que la mezcla entre el sudor y el hollín me hará tener una pinta lamentable. Hoy es 6 de junio del año 1391. Cierro los ojos e intento recuperar el aliento. A mis oídos llegan gritos y lamentos de hombres, mujeres y niños. Este difícil siglo XIV quizá haya hecho que en Europa estemos perdiendo la cabeza. Hoy, estoy metido en medio de una auténtica masacre de judíos.

Callejón de la judería de Sevilla.
La muralla de la ciudad protege a Sevilla, al otro lado. A este, encierra al barrio judío. Junto con las paredes del alcázar y otros muros levantados, se delimita esta judería que únicamente tiene dos puertas. Una abierta en uno de los muros de la parte de arriba, y la otra, de origen almorávide, que da directamente a los campos. A ella me dirijo, viendo al llegar lo que esperaba encontrar. Varias hogueras arden junto al camino. Hombres asustados corren entre ellas. Mujeres con niños en brazos, agotadas, se arrodillan ante grupos de ciudadanos que, armados con herramientas de labranza, las acusan y amenazan mediante gritos que, según me parece a mí, delatan no menos terror que los de las personas a los que van dirigidos. Las vestimentas de los acusados, les delatan como judíos. Son muchos los cuerpos que veo en las calles, e identifico con horror que la mayoría de las muertes han sido muy violentas. Vuelvo a tapar mi boca, tosiendo, y escupo al suelo intentando quitarme este amargo sabor a humo.

-¡Vosotros! ¡Vosotros sois los culpables de todo esto!

-¡No hay más Mesías que Cristo! ¡Lo llevasteis a la cruz!

Calle del antiguo barrio judío de Sevilla.
A cada golpe, a cada cuchillada, profieren una frase, como queriendo con ello justificar su sangriento acto. Esta oleada de locura y violencia viene siendo alimentada por varios sectores del clero pudiente desde hace meses, cuyas demagogias han convencido a un pueblo torturado por un tiempo de crisis de todo tipo que parece no tener fin. No sólo en España, sino en toda Europa, las gentes de este siglo están sufriendo desastres de tal magnitud, que sólo pueden significar, según creen, un castigo de Dios. Acentuadas crisis económicas, despiadadas luchas de poder... Incluso son tiempos de cambios climáticos que han hecho que las temperaturas desciendan. Y por supuesto, una de las catástrofes más terroríficas de la Historia. La Peste Negra. Dios castiga a los hombres. Dios castiga a los cristianos. ¿Y por qué?

-El Señor nos ha condenado por aceptar entre nosotros a los judíos -me responde un ya mayor campesino, vecino de la ciudad, que va armado con un falce que ya ha sido empapado en sangre.

Ilustración de muerte de judíos.
Personajes como el arcediano de Écija, Ferrán Martínez, se han convertido en perversos predicadores antisemitas que buscan sembrar el odio contra los judíos. Ahora mismo, en este lugar, puedo asegurar que sus campañas han tenido éxito. El año pasado falleció el rey Juan I de Castilla, siendo su sucesor su hijo de once años, el ya Enrique III de Castilla. La regencia de su madre, Leonor de Aragón, ha sido aprovechada por el arcediano para ascender al puesto de vicario general, y ha utilizado su poder para majaderías tales como ordenar a todos los párrocos de su diócesis que organicen las destrucciones de todas las sinagogas, y eliminen cualquier referencia al mundo hebreo. Muchas han sido las quejas de la población judía a los reyes, pero este Ferrán Martínez nunca ha hecho caso, diciendo que en materia religiosa, los reyes no pintan nada. Este lunático ha conseguido convencer a buena parte de la población con sus sermones antisemitas, dirigiéndose a este pueblo tan herido por las calamidades de este siglo XIV, que se ha agarrado a esta solución, por supuesto, inservible. A tal punto ha llegado su mensaje, que las gentes han puesto nombre a los seguidores del arcediano. Se les conoce como los matadores de judíos.

Los más moderados perdonan la vida a los perseguidos que acepten convertirse al cristianismo, pasando a ser judeoconversos. Muchos judíos huyen de la ciudad dejando atrás sus casas, que son saqueadas y quemadas. Los fallecidos suman cientos. La judería de Sevilla ya nunca volverá a recuperarse, y sus sinagogas serán transformadas en iglesias. Esta locura no acabará aquí, sino que se acabará extendiendo por todo el territorio cristiano de la península, las Coronas de Castilla y Aragón y el Reino de Navarra. Por mi parte, escojo los callejones más solitarios para perderme en ellos y alejarme de este pogromo. Por si fuera poco caótico este tiempo oscuro y terrible, nosotros, los necios hombres, añadimos, nunca mejor dicho, más leña al fuego.

Matanza de judíos en 1391 en Sevilla. Plumilla. Siglo XIX.

23 de abril de 2014

La batalla de Clontarf

Hoy el cielo está gris y amenaza lluvia, y no es algo que me extrañe pues me encuentro en Clontarf, estado de Dublín, Irlanda. Hoy es día 23 de abril del año 1014, Viernes Santo. Brian Boru lleva trece años ostentando el título de Gran Rey de Irlanda. Sí, suena a que es el absoluto monarca de toda esta isla, pero lo cierto es que ni de coña es así. Aquí en Irlanda levantas una piedra y te sale un rey, pues muchas son las provincias, muchos los reinos, y por ende, muchas las coronas. Boroimhe, como también se conoce a Brian Boru, lo sabe. Es por ello que está decidido a conquistar la totalidad de la isla para que su título de Gran Rey de Irlanda sea, además de un simple nombre ceremonial, una auténtica realidad.

Brian Boru. Grabado.
Siglo XIX.
Para llevar a cabo su cometido de gobernar todo su país, Boroimhe pretende acabar con uno de los pueblos que ocupan parte de Irlanda, los vikingos. Desde joven nos ha tenido manía. Y hablo en primera persona porque hoy me encuentro entre las filas de estos guerreros nórdicos, concretamente entre las del que será considerado por muchos el último rey verdaderamente vikingo de Irlanda. Hablo del apodado Barba Sedosa, el hiberno-nórdico Sigtrygg Silkiskegg, rey de Dublín. Aquí somos Gall-Ghàidheil, concretamente nórdicos-gaélicos, es decir, forasteros o descendientes de forasteros escandinavos que nos establecimos en estas poblaciones durante las diferentes expediciones vikingas que se llevan produciendo desde hace casi trescientos años, cuando en el año 795 tuvo lugar el saqueo de la isla de Lambay. Poco a poco se comenzaron a diseminar diferentes poblamientos, que podríamos calificar de ciudades estado.

Yelmo vikingo.
Si miro a mi alrededor veo a los guerreros concentrados en preparar su armamento. Nuestra destreza en el campo de batalla es lo que nos puede dar la victoria, y lo que asusta al adversario, pues en cuanto a número de hombres, nos ganan por dos mil, y eso que los irlandeses del estado de Meath se han negado a unirse a Brian Boru. El campamento de Boroimhe se encuentra más allá de nuestros muros, que encierran el corazón de Dublín, y allí se respira cierto optimismo, puesto que anoche se corrió la voz de que muchos de los nuestros habían cogido varios långskip y se habían largado, desertando. Que varios barcos zarparon es cierto. ¿Deserción? Eso es lo que queremos que piensen. Esbozo una sonrisa divertida mientras me atuso mi larga melena ondulada antes de colocarme mi casco. Se trata de un tipo de yelmo muy típico en este siglo XI, el elaborado mediante la técnica spangenhelm. Son esos cascos que están formados por una estructura laminar, que consiste en varias tiras de metal que definen la estructura, y que conectan varias placas de acero o bronce, como es mi caso. Al más puro estilo vikingo, mi yelmo lleva también una protección nasal, pero consistente en una careta con los huecos para los ojos. ¡Me encanta este tipo de yelmo, joder! Sobre mi camisa de cuello cuadrado, larga hasta el muslo y ceñida en la cintura por una tira de piel, llevo un peto de cuero, pues no me he podido permitir una cota de malla por ser muy costosa. Mis pantalones de lino son más bien anchos, permitiéndome una gran libertad de movimientos, y mis botas son de cuero con algunas pieles enrolladas por la pantorrilla con el objetivo de hacer el calzado más resistente a este clima frío y mojado. De mi tahalí cuelga la vaina de mi espada, a su vez envuelta en piel de oveja que ayuda a la conservación de su hoja de doble filo. La desenfundo con maestría y hago algún movimiento con ella, como preparándome para la lucha. Parecería un fiero berserker, si no fuera porque no llevo mi barriga cervecera al aire y porque estoy tan acojonado que me voy a cagar en mis pantalones de lino. El acero vikingo está más destinado a cortar que a ser clavado, por lo que nuestras espadas no tienen la punta demasiado afilada. Es algo un tanto común que se den nombres propios a las espadas, pero no se me ha ocurrido ninguno para la mía.

-¡Cuidado, tú! -grita con grave voz uno de mis compañeros.

Mi instinto me lleva a agacharme justo a tiempo para que un hacha arrojadiza pase rozando mi yelmo, acabando incrustada en un árbol cercano.

-¿Pero qué leches haces? Estamos practicando con las hachas. Te has cruzado por delante meneando esa espada tuya como una valquiria borracha.

Al ver mi cara pálida de asustado, algunos soldados se ríen y me ofrecen un vaso con cerveza, elaborado a partir del cuerno de algún tipo de bóvido. Envaino mi espada de nuevo mientras decido que el nombre más apropiado para ella es Cagalera.

Río Liffey. Irlanda.
Somos aproximadamente siete mil hombres en nuestro bando, liderados, además de por nuestro rey Sigtrygg, por Máel Mórda Mac Murchada, rey de Leinster; Sigurd el Fuerte, jarl de las Orcadas y Caithness; y por Bróðir, de la isla de Man. Sin embargo, al otro lado del río tenemos a casi ocho mil irlandeses provenientes de distintos puntos de la isla. Se dice que incluso cuentan con guerreros daneses mercenarios. La batalla está a punto de comenzar. En algún punto del frente irlandés, el rey Brian Boru, a caballo, empuña en su diestra una espada, y en su zurda un crucifijo, dedicando a sus soldados un discurso para transmitirles valentía. ¿Nuestro rito previo al combate? Poca cosa. Mientras comenzamos a avanzar en las filas de nuestro ejército empiezan a escucharse insultos y obscenidades dirigidas al enemigo, comenzando por los guerreros más feroces, que avanzan en primera línea. Por supuesto, sobra decir que Cagalera y yo nos quedamos por las líneas más atrasadas.

Ante un asedio inminente, nuestra táctica es sorprenderles a ellos, por lo que cruzamos rápidamente el río Liffey en barcas y nos plantamos en su zona. Sus fuerzas nos esperan organizadas, pero también contamos con la sorpresa de la llegada de los vikingos que supuestamente nos habían traicionado, constituyéndose así nuestro bloque atacante. El hijo del rey Sigtrygg comanda los mil soldados de Dublín del extremo izquierdo, especialistas en campo abierto. Máel Morda lidera a sus tres mil vikingos de Leinster, quienes refuerzan el flanco. Son guerreros muy eficientes, y bien equipados con cotas de malla de las chulas. De la zona central se ocupan los mil hombres llegados de las Orcadas, y por último, en la zona de las playas, Bróðir y mil hombres más se preparan para el enfrentamiento.

El choque de ejércitos es impresionante. Ni por su parte ni por la nuestra existe mayor estrategia que la de atacar ferozmente. Las espadas chocan, las hachas vuelan y los rugidos e insultos no cesan. A unos metros a mi izquierda, veo cómo algunos de los míos se organizan formando un muro de escudos, una táctica de defensa muy habitual entre los vikingos. Solicitan ayuda y tras tragar saliva, me armo de valor. Desenvaino a Cagalera y soltando un grito desafinado me voy para allá. Pillo uno de los redondos escudos de madera que veo en el suelo y lo uno al de mis compañeros en su muro, aguantando las embestidas de los enemigos. Madre mía, dónde me he metido. La cosa había empezado bien para nosotros, pero ahora parece que nos están ganando terreno. A lo lejos, en las playas, observo cómo los nuestros están acabados. Muchos de ellos pretenden llegar de nuevo a los barcos ante el avance imparable de los irlandeses. Noto las fortísimas hostias que me están dando en el escudo, pero resisto. Nuestro muro logra permitir a un grupo de vikingos avanzar contra los irlandeses. Son guerreros especialistas, y lo deduzco porque las armas que portan son hachas a dos manos. Sólo los vikingos mejor entrenados son capaces de manejarlas debido a su dificultad de uso, pero la efectividad es impresionante. A pesar de todo, utilizo a Cagalera para frenar un par de estocadas que se cuelan entre los escudos y me piro bosque a través.

Llego a lo que parece el campamento de los irlandeses. Entre unos matorrales llego a ver cómo algunos vikingos han llegado en su desesperada huída hasta una tienda que ni mucho menos es una tienda normal de soldados.

-¡Soy el puto amo! ¡Que todo el mundo lo sepa! -grita un vikingo tras salir de la tienda, elevando su espada teñida de sangre a lo alto-. ¡Yo, Brodir, he matado al rey Brian! ¡Me he cargado al rey!

La noticia se corre rápido, pero nuestro bando está muy dañado. La batalla está perdida. Envaino mi espada y me escabullo entre la vegetación haciendo algo que sí que se me da bien. Correr como alma que llevan los demonios, o los jötnar, o los dvärgar, o yo qué sé.

Escena de batalla. Vikings. History Channel.

Como de tantos aspectos de la cultura nórdica, una saga es la que nos informa de este acontecimiento. La Saga de Njal.

15 de abril de 2014

Suicidio colectivo en Judea

Hoy es el decimosexto día de Nisán del año 3833, según el calendario hebreo, lo que viene a corresponderse aproximadamente con el día 15 de abril del año 73. Elevo un poco mi casco y miro al arenoso horizonte aliviándome con la suave brisa que corre en esta colina, mientras me apoyo en mi scutum de abedul, de más de un metro de alto. Tras tres meses, esta rampa en la que me encuentro fue finalizada. Miles de toneladas de rocas y tierra han sido utilizadas para construir esta estructura de acceso a la fortaleza de Masada. Desde el promontorio conocido como Roca Blanca hasta la cima, la elevación es de más de ciento cincuenta metros, por lo que ahora mismo estoy ascendiendo por una de las estructuras de asedio más grandes de toda la historia del imperio romano. Así es, mi lorica segmentata brilla con el sol y de mi cinto cuelga mi gladius. Estoy metido en las filas de los más de cinco mil legionarios de la Legio X Fretensis, desplazados a esta región montañosa que es la provincia de Judea para poner fin a una sublevación llevada a cabo por, entre otros, dos grupos de extremistas judíos. Los zelotes y los sicarios. El gobernador romano en Judea, Lucio Flavio Silva, descartó asaltar esta fortaleza situada en lo alto de esta montaña amesetada, por el estrecho y escarpado sendero conocido como el Camino de la Serpiente. Creía que no era apropiado para la batalla, por lo que los legionarios se han tirado semanas trabajando como mulas para construir esta rampa artificial. Y cuando van y la terminan, se dan cuenta de que se han deslomado para nada. ¡Ya me jodería! Pero sí, así es. Me asomo al interior de esta fortaleza de Masada por la brecha que hemos abierto en sus murallas y me doy cuenta de que es cierto. El silencio es sepulcral. No hay nadie aquí. Nadie, al menos, vivo.

Masada. Israel.

Siete son los meses que los romanos han estado sitiando este lugar. En medio del desierto de Judea, en lo alto de una inaccesible montaña, más de novecientas personas resistían. Hace unos años, parte de la Legio III Gallica se encontraba en Masada. Sus estandartes con la figura del toro cayeron ante la rebelión judía, que se alzó para liberar la provincia de Judea de la dominación romana. A pesar de que si miro a mi alrededor no veo más que polvorientos montes, la cima de Masada era rica en provisiones, por lo que en un primer momento la resistencia parecía posible. Sin embargo, el avance romano era inminente, y esta gente lo sabía. Me dicen que para mano de obra para la construcción de la rampa se utilizaron esclavos judíos. Los propios legionarios son los que se encargan de las tareas más importantes, por duras que sean, y la creación de esta rampa, sin duda, lo era. Pero los romanos sabían que dicha rampa había de llevar directamente a los muros de Masada, y los judíos, desde su interior, bien podrían encargarse de que eso no fuese así. Sin embargo, por sus creencias religiosas, dichos extremistas no se atreverían a atacar a otros judíos, por lo que los han puesto a currar también, y listo.

La defensa de la fortaleza era muy eficiente. Nuestros arietes nada pudieron hacer contra la segunda de sus murallas. Como ya le pasara en la Galia, el ejército romano se ha encontrado con un muro levantado a base de capas de madera y piedras alternadas. Nuestros golpes no sólo no abrían brecha, sino que fortalecían su estructura. Por lo que Lucio Flavio Silva no dudó en ordenar un segundo plan.

-¡Pues fuego se ha dicho!

Mientras las llamas consumían la muralla, la brecha poco a poco se hacía más grande. Pero si nos iba a servir a nosotros para entrar, también podrían utilizarla los judíos para salir. Es por ello que nos preparamos para la batalla. Sin embargo, nadie salió.

Hoy el suspense se ha apoderado de todos nosotros. Poco a poco ha menguado la fuerza con la que agarrábamos nuestras espadas cortas, llegando incluso algunos soldados a envainarlas nuevamente ante lo que estamos viendo. Accedemos al interior de la fortaleza y paseamos despacio, en silencio, entre cientos de cadáveres que cubren la arena. Por las posiciones que presentan, sin duda no han ofrecido resistencia. Estos hombres han acudido a la muerte voluntariamente. Pero su religión condena el suicidio, por lo que con admirable persuasión su resolución ha consistido en dar muerte primero a mujeres y niños, y, finalmente, designar a un grupo de elegidos para quitar la vida al resto, siendo el último superviviente el encargado de prender fuego a todo, a excepción de los víveres, como muestra de que esto se ha realizado por voluntad, y no por miedo.

De repente, de un callejón aparecen una anciana y otra mujer más joven, acompañadas por cinco niños, todos con lágrimas en los ojos. Quizá no formaron parte del desenlace de los suyos por haberse escondido ante la inevitable llegada de los romanos. Sin embargo, las gladius no se vuelven a desenvainar. Ningún legionario se lanza sobre ellos, pues el impacto sufrido y la admiración ante la decisión de estos judíos ha sido muy paralizante. Lucio Flavio Silva ordena a sus hombres que no hagan nada, perdonando la vida de los únicos siete supervivientes de este suicidio colectivo.

Ilustración sobre el asedio romano en Masada.

Como de tantos otros episodios similares, nuestra principal fuente son los textos del historiador Flavio Josefo, judío fariseo por muchos considerado un traidor a la causa judía. Para conocer este acontecimiento, tenemos su obra La guerra de los judíos.

29 de marzo de 2014

El baile de máscaras sangriento

-Estoy agotado. No puedo más. Necesito descansar. Necesito descansar un poco.

Palacio Real de Estocolmo, Suecia. Marzo de 1792, a día 29. El estrambótico rey Gustavo III acaba de pronunciar sus últimas palabras. Todo un personaje este rey de Suecia. Siempre extravagante, afeminado a más no poder, ha llevado habitualmente unas pintas ridículas que casi avergonzaban a los que iban con él. Será por eso que no se suelen poner junto a él en los cuadros y siempre sale solo. A pesar de ello, Gustavo ha demostrado una gran fortaleza, aguantando nada menos que trece días la agonía de la sepsis provocada por las infecciones de su herida de bala. El pasado 16 de marzo, en medio de un baile de máscaras en el teatro de la Ópera Real, el estrafalario rey fue avisado de que planeaban atentar contra él.

-¡Ya veremos si tienen huevos! -respondía Gustavo III de Suecia, mientras continuaba bailando entre risas y palmas.

Gustav III. Óleo de Alexander Roslin. 1777.

El teatro de la ópera, aquí en Estocolmo, a no mucha distancia de este palacio en el que ahora me encuentro, fue fundado por el propio Gustavo III en 1780. Jamás imaginaría el monarca que estaría a su vez inaugurando el edificio que albergaría su propio asesinato.

La noche estaba siendo realmente divertida. Me encantan los bailes de máscaras. Pude bailar y desfasar como loco, ya que nadie me veía la cara. Mis ropajes de seda con bordados en forma de hojas de plantas cuidadosamente detalladas causaban un gran asombro. Opté por una máscara de porcelana bauta, que son esas máscaras que cubren todo el rostro y terminan en un prominente mentón. La elegí de este tipo porque debido a esa forma alargada a la altura de la barbilla se puede beber sin tener que quitarla. Y vaya si bebí. Toda una verdadera fiesta la de aquella noche. Yo entre la nobleza sueca cruzándome reverencias y algún que otro baile con mujeres enmascaradas. Pero sucedió algo que nada tenía que ver con la fiesta.

La música entretenía a los presentes. Aquí y allá personajes anónimos, ocultos tras sus antifaces y máscaras, iban y venían por el gran salón. Pero tres hombres, pues así lo delataban sus ropas y corpulencias, se acercaron poco a poco al rey desde distintos puntos de la sala. Apartaban cuidadosamente a los invitados, abriéndose paso entre ellos con sus ojos, bajo sus caretas, fijos en la figura del monarca. Todos en el teatro bailábamos, en mayor o menor medida, a excepción de esos tres hombres, por lo que nadie sospechó de ellos hasta que se detuvieron, rodeando al rey, llevándose sus manos bajo sus capas, y esbozando suspicaces sonrisas que sus antifaces no lograron ocultar. El que enfrente del monarca sueco se encontraba, fue el que por fin sacó de nuevo su mano de entre sus ropas. En ella, sujetaba una pistola.

-Bonjour. Beau masque -dijo el desconocido, mientras sonreía y dedicaba al rey una irónica reverencia. Acto seguido, le apuntó con su pistola, y finalmente, disparó.

Gustavo III sólo pudo girarse antes de que el estruendo se escuchara en todo el teatro. Recibió el disparo en la espalda y cayó de rodillas. Enseguida varios nobles, entre los que se encontraba el conde Hans Henric Von Essen, amigo del rey Gustavo, acudieron a ayudar al monarca herido. Sin embargo, el propio Gustavo III, demostrando una gran fortaleza, continuaba dirigiendo a sus hombres, más preocupado por atrapar a aquellos conspiradores que por atender su herida, la cual ya había teñido de rojo su extravagante vestido. Algunas personas corrían asustadas, pues creían que todo el barullo se debía a un incendio. Quizá los asesinos habían alterado a los presentes con esa falsa alarma para crear confusión. Von Essen, con un fuerte grito, ordenó cerrar todas las puertas de la ópera de inmediato. No supe qué más sucedió con el rey, pues lo perdí de vista cuando varios hombres se lo llevaban en volandas. Gustavo III, sin abandonar en ningún momento su excéntrica personalidad, se dirigía a los suyos con unas palabras que llegué a escuchar.

-¡Mirad, mirad! ¡Me llevan como al Papa, tú!

En estos momentos, la agonía del rey de Suecia ha finalizado, por fin. Con una cruel intención, Jacob Johan Anckarström, el regicida, había cargado su pistola con clavos oxidados. Alcanzó al rey a la altura de sus riñones, y tras trece días, han sido las infecciones las que han acabado con el monarca sueco. El asesino será ejecutado en unos días, después de recorrerse varias plazas importantes de Estocolmo, siendo en ellas azotado en público. Gustavo III ha muerto en paz, pues en su lecho de muerte ha tenido tiempo para reconciliarse con viejos amigos, cuyas amistades habían atravesado turbios momentos provocados por estos últimos años marcados por los cambios políticos que el rey había llevado a cabo, como por ejemplo, la disolución del Riksdag, el parlamento sueco. Salgo de nuevo del Palacio Real a las calles de Estocolmo. Aún llevo en mi mano mi bauta, mientras paseo por Stadsholmen con un frío de narices. Por el momento, no creo que vuelva a ningún baile de máscaras.

Palacio Real de Estocolmo. Suecia.

Este suceso inspiró la polémica ópera en tres actos de Giuseppe Verdi, Un Ballo In Maschera, estrenada el 17 de febrero de 1859 en el teatro Apollo de Roma.

12 de marzo de 2014

Los ostrogodos levantan el sitio

Hace un año y pico que Roma volvió a ser de los romanos. Por la Porta Asinaria de la Muralla Aureliana entraron cinco mil soldados bizantinos. Al mismo tiempo, por la Porta Flaminia del norte, otros tantos soldados ostrogodos salieron. Hoy es 12 de marzo del año 538. Italia está inmersa en la Guerra Gótica, el conflicto en el que los ejércitos del emperador Justiniano I están ganando terreno al pueblo ostrogodo, cuya prosperidad hace unos años, en tiempos de Teodorico el Grande, hoy está apagada por una crisis y una debilidad que el Imperio Bizantino, o Imperio Romano de Oriente, sabe que no puede desaprovechar. El corazón de Italia, Roma, hoy ofrece dos visiones. Si la miras desde dentro, significa que apoyas a Belisario, el más grande general bizantino. Poco a poco, accediendo a través de la punta de la bota, esa zona llamada Rhegium, tras conquistar Sicilia sin demasiada dificultad, ha llegado hasta esta gloriosa ciudad, donde ha sido bien recibido, ahorrándose el saqueo. Por otro lado, si la miras desde fuera, significa que formas parte del ejército ostrogodo que la está sitiando. Entre esos casi cuarenta mil soldados, es donde en esta apacible tarde, yo me encuentro.

Belisario. Mosaico de la Iglesia de San Vital. Rávena.

Mi rey es Vitiges. El tío va muy en serio con esto de detener el avance de los bizantinos. Como a los poderosos les parecía que el anterior rey, Teodato, no era muy espabilado en el asunto, hasta el punto de dejarse arrebatar Nápoles, lo largaron del cargo y Vitiges subió al trono. Por si las moscas, envió a un asesino para que lo interceptara en su viaje y lo aniquilara. A mí en el campamento no es que me hayan dado gran cosa para protegerme, aunque espero no llegar a entrar en combate. Llevo una túnica corta de piel tratada a duras penas, sobre la que me cubro con un pectoral de bronce. Llevo un casco del mismo metal con una protección que al menos evitará que me revienten la nariz. Mi calzado consiste en unos mocasines sujetos con tiras de cuero que enrolladas por la pantorrilla sujetan medias de piel. En fin, qué puedo esperar, estos germanos nunca han sido muy dados a la protección. A mí me han dado una espada, y arreando. Algún escudo ovalado sí que veo. Examino mi arma e identifico su fabricación celta. Es de hierro, larga, y tiene una empuñadura curva con el mango terminado en un pomo redondo. Se trata de una espada visigoda.

Yo formo parte de uno de los varios pelotones de soldados que vigilan los accesos a la ciudad. Roma es demasiado grande como para que la rodeemos por completo, por lo que Vitiges ha decidido que nos centremos en cortar su abastecimiento para conseguir que se rindan por hambre. Sus acueductos están saboteados. La verdad es que no sé muy bien dónde nos encontramos. Un compañero me ha enseñado un mapa pero no me he enterado muy bien, sólo he pillado que estamos cerca del río, pero es que esta ciudad está llena de portas. Pero me temo que aquí a nadie le importa. Ya hace un año que el asedio comenzó y esta partida está completamente en tablas. Muchos han sido los intentos de acuerdo, pero ninguno ha tenido éxito. La situación es grave tanto para los sitiados, como para nosotros, pues aunque controlamos el campo abierto, lo cierto es que aquí estamos sin movernos.

-Hasta los huevos estoy -me comenta un soldado.

-¿Llevas por aquí desde que comenzó el asedio?

-Sí, macho -responde mientras se quita el yelmo y se rasca la barba con el filo de su hacha arrojadiza, un arma muy común en los ejércitos godos, y que recibe el nombre de franciscana-. Participé en la batalla. Belisario se flipó cuando rechazó nuestros ataques. Nos ha jodido, se lucha muy bien desde las murallas con las catapultas. Tuvimos muchas bajas y el tío va y se atreve a atacarnos en campo abierto. Al principio nos sorprendieron y tuvimos que reagruparnos en las colinas. Pero los inútiles de los romanos de ahora ya no son los feroces legionarios de entonces. Nos volvimos y les dimos por el culo. Se largaron huyendo tras sus muros.

Pero las enfermedades y el hambre atacan por igual a sitiados y sitiadores. Y desde hace unos meses, los refuerzos romanos han estado llegando. A medida que la situación se ha ido poniendo mejor para el general bizantino, sus respuestas a Vitiges para llegar a un acuerdo han ido creciendo en fanfarronadas y jactancias. Vamos, que le está diciendo al ostrogodo que ahora pasa de pactos. Uno de los refuerzos más importantes que han tenido los romanos ha sido la llegada de tres mil isauros, soldados anatolios que los romanos usan como guerreros cuando les da la gana. Y ahora les ha dado la gana. Desembarcaron en Ostia y se quieren unir a la fiesta. Es por ello que no me sorprende lo que veo.

Un soldado ostrogodo lanza una antorcha a una de nuestras tiendas, prendiendo fuego. Nos vamos. Poco a poco la orden llega a todos nosotros. Reduciremos nuestro campamento a cenizas y nos largaremos de aquí por la Vía Flaminia. ¿Lo peor de todo? Que los bizantinos no nos dejarán marchar sin atacar a los que pillen. Más me vale no quedarme el último.

Ponte Mallio. Vía Flaminia. Roma.

En esta ocasión, aprovecharé para recomendar una auténtica maravilla de web. Se trata de Omnes Viae. Un espacio dedicado a presentar todas las vías romanas de la época. Podemos viajar por los caminos romanos y observar el mapa de las vías que tanta importancia tuvieron.