La batalla de Clontarf

Hoy el cielo está gris y amenaza lluvia, y no es algo que me extrañe pues me encuentro en Clontarf, estado de Dublín, Irlanda. Hoy es día 23 de abril del año 1014, Viernes Santo. Brian Boru lleva trece años ostentando el título de Gran Rey de Irlanda. Sí, suena a que es el absoluto monarca de toda esta isla, pero lo cierto es que ni de coña es así. Aquí en Irlanda levantas una piedra y te sale un rey, pues muchas son las provincias, muchos los reinos, y por ende, muchas las coronas. Boroimhe, como también se conoce a Brian Boru, lo sabe. Es por ello que está decidido a conquistar la totalidad de la isla para que su título de Gran Rey de Irlanda sea, además de un simple nombre ceremonial, una auténtica realidad.

Brian Boru. Grabado.
Siglo XIX.
Para llevar a cabo su cometido de gobernar todo su país, Boroimhe pretende acabar con uno de los pueblos que ocupan parte de Irlanda, los vikingos. Desde joven nos ha tenido manía. Y hablo en primera persona porque hoy me encuentro entre las filas de estos guerreros nórdicos, concretamente entre las del que será considerado por muchos el último rey verdaderamente vikingo de Irlanda. Hablo del apodado Barba Sedosa, el hiberno-nórdico Sigtrygg Silkiskegg, rey de Dublín. Aquí somos Gall-Ghàidheil, concretamente nórdicos-gaélicos, es decir, forasteros o descendientes de forasteros escandinavos que nos establecimos en estas poblaciones durante las diferentes expediciones vikingas que se llevan produciendo desde hace casi trescientos años, cuando en el año 795 tuvo lugar el saqueo de la isla de Lambay. Poco a poco se comenzaron a diseminar diferentes poblamientos, que podríamos calificar de ciudades estado.

Yelmo vikingo.
Si miro a mi alrededor veo a los guerreros concentrados en preparar su armamento. Nuestra destreza en el campo de batalla es lo que nos puede dar la victoria, y lo que asusta al adversario, pues en cuanto a número de hombres, nos ganan por dos mil, y eso que los irlandeses del estado de Meath se han negado a unirse a Brian Boru. El campamento de Boroimhe se encuentra más allá de nuestros muros, que encierran el corazón de Dublín, y allí se respira cierto optimismo, puesto que anoche se corrió la voz de que muchos de los nuestros habían cogido varios långskip y se habían largado, desertando. Que varios barcos zarparon es cierto. ¿Deserción? Eso es lo que queremos que piensen. Esbozo una sonrisa divertida mientras me atuso mi larga melena ondulada antes de colocarme mi casco. Se trata de un tipo de yelmo muy típico en este siglo XI, el elaborado mediante la técnica spangenhelm. Son esos cascos que están formados por una estructura laminar, que consiste en varias tiras de metal que definen la estructura, y que conectan varias placas de acero o bronce, como es mi caso. Al más puro estilo vikingo, mi yelmo lleva también una protección nasal, pero consistente en una careta con los huecos para los ojos. ¡Me encanta este tipo de yelmo, joder! Sobre mi camisa de cuello cuadrado, larga hasta el muslo y ceñida en la cintura por una tira de piel, llevo un peto de cuero, pues no me he podido permitir una cota de malla por ser muy costosa. Mis pantalones de lino son más bien anchos, permitiéndome una gran libertad de movimientos, y mis botas son de cuero con algunas pieles enrolladas por la pantorrilla con el objetivo de hacer el calzado más resistente a este clima frío y mojado. De mi tahalí cuelga la vaina de mi espada, a su vez envuelta en piel de oveja que ayuda a la conservación de su hoja de doble filo. La desenfundo con maestría y hago algún movimiento con ella, como preparándome para la lucha. Parecería un fiero berserker, si no fuera porque no llevo mi barriga cervecera al aire y porque estoy tan acojonado que me voy a cagar en mis pantalones de lino. El acero vikingo está más destinado a cortar que a ser clavado, por lo que nuestras espadas no tienen la punta demasiado afilada. Es algo un tanto común que se den nombres propios a las espadas, pero no se me ha ocurrido ninguno para la mía.

-¡Cuidado, tú! -grita con grave voz uno de mis compañeros.

Mi instinto me lleva a agacharme justo a tiempo para que un hacha arrojadiza pase rozando mi yelmo, acabando incrustada en un árbol cercano.

-¿Pero qué leches haces? Estamos practicando con las hachas. Te has cruzado por delante meneando esa espada tuya como una valquiria borracha.

Al ver mi cara pálida de asustado, algunos soldados se ríen y me ofrecen un vaso con cerveza, elaborado a partir del cuerno de algún tipo de bóvido. Envaino mi espada de nuevo mientras decido que el nombre más apropiado para ella es Cagalera.

Río Liffey. Irlanda.
Somos aproximadamente siete mil hombres en nuestro bando, liderados, además de por nuestro rey Sigtrygg, por Máel Mórda Mac Murchada, rey de Leinster; Sigurd el Fuerte, jarl de las Orcadas y Caithness; y por Bróðir, de la isla de Man. Sin embargo, al otro lado del río tenemos a casi ocho mil irlandeses provenientes de distintos puntos de la isla. Se dice que incluso cuentan con guerreros daneses mercenarios. La batalla está a punto de comenzar. En algún punto del frente irlandés, el rey Brian Boru, a caballo, empuña en su diestra una espada, y en su zurda un crucifijo, dedicando a sus soldados un discurso para transmitirles valentía. ¿Nuestro rito previo al combate? Poca cosa. Mientras comenzamos a avanzar en las filas de nuestro ejército empiezan a escucharse insultos y obscenidades dirigidas al enemigo, comenzando por los guerreros más feroces, que avanzan en primera línea. Por supuesto, sobra decir que Cagalera y yo nos quedamos por las líneas más atrasadas.

Ante un asedio inminente, nuestra táctica es sorprenderles a ellos, por lo que cruzamos rápidamente el río Liffey en barcas y nos plantamos en su zona. Sus fuerzas nos esperan organizadas, pero también contamos con la sorpresa de la llegada de los vikingos que supuestamente nos habían traicionado, constituyéndose así nuestro bloque atacante. El hijo del rey Sigtrygg comanda los mil soldados de Dublín del extremo izquierdo, especialistas en campo abierto. Máel Morda lidera a sus tres mil vikingos de Leinster, quienes refuerzan el flanco. Son guerreros muy eficientes, y bien equipados con cotas de malla de las chulas. De la zona central se ocupan los mil hombres llegados de las Orcadas, y por último, en la zona de las playas, Bróðir y mil hombres más se preparan para el enfrentamiento.

El choque de ejércitos es impresionante. Ni por su parte ni por la nuestra existe mayor estrategia que la de atacar ferozmente. Las espadas chocan, las hachas vuelan y los rugidos e insultos no cesan. A unos metros a mi izquierda, veo cómo algunos de los míos se organizan formando un muro de escudos, una táctica de defensa muy habitual entre los vikingos. Solicitan ayuda y tras tragar saliva, me armo de valor. Desenvaino a Cagalera y soltando un grito desafinado me voy para allá. Pillo uno de los redondos escudos de madera que veo en el suelo y lo uno al de mis compañeros en su muro, aguantando las embestidas de los enemigos. Madre mía, dónde me he metido. La cosa había empezado bien para nosotros, pero ahora parece que nos están ganando terreno. A lo lejos, en las playas, observo cómo los nuestros están acabados. Muchos de ellos pretenden llegar de nuevo a los barcos ante el avance imparable de los irlandeses. Noto las fortísimas hostias que me están dando en el escudo, pero resisto. Nuestro muro logra permitir a un grupo de vikingos avanzar contra los irlandeses. Son guerreros especialistas, y lo deduzco porque las armas que portan son hachas a dos manos. Sólo los vikingos mejor entrenados son capaces de manejarlas debido a su dificultad de uso, pero la efectividad es impresionante. A pesar de todo, utilizo a Cagalera para frenar un par de estocadas que se cuelan entre los escudos y me piro bosque a través.

Llego a lo que parece el campamento de los irlandeses. Entre unos matorrales llego a ver cómo algunos vikingos han llegado en su desesperada huída hasta una tienda que ni mucho menos es una tienda normal de soldados.

-¡Soy el puto amo! ¡Que todo el mundo lo sepa! -grita un vikingo tras salir de la tienda, elevando su espada teñida de sangre a lo alto-. ¡Yo, Brodir, he matado al rey Brian! ¡Me he cargado al rey!

La noticia se corre rápido, pero nuestro bando está muy dañado. La batalla está perdida. Envaino mi espada y me escabullo entre la vegetación haciendo algo que sí que se me da bien. Correr como alma que llevan los demonios, o los jötnar, o los dvärgar, o yo qué sé.

Escena de batalla. Vikings. History Channel.

Como de tantos aspectos de la cultura nórdica, una saga es la que nos informa de este acontecimiento. La Saga de Njal.

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