16 de noviembre de 2015

El Santo Niño de la Guardia

Malos tiempos corren para los judíos en este reino, en esta España que poco a poco nace. La hostilidad hacia los practicantes de la religión hebrea ha crecido enormemente durante los últimos años en los territorios pertenecientes a las Coronas de Castilla y de Aragón, unidas bajo un mismo trono ocupado por Fernando II e Isabel I. Y sucesos como este que me ha traído hoy hasta aquí no ayudan en nada. Camino ahora junto a los muros del monasterio de Sancti Spiritus, habitado por monjes premostratenses, pertenecientes a la orden creada por San Norberto en el norte de Francia, en un pueblo llamado Premontrè, al que debe esta rama del monacato el trabalenguas que tiene por nombre. El austero convento fue erigido en 1209 a orillas del pequeño río Grajal, el cual atravieso en esta fría mañana cruzando el bello puente de un único ojo bajo el cual las aguas me regalan un calmado murmullo. Pronto llego al Brasero de la Dehesa, este descampado cuyo nombre resulta bastante descriptivo, teniendo en cuenta que es el lugar donde se llevan a cabo los autos de fe en esta ciudad de Ávila. Es día 16 de noviembre del año 1491.

Ilustración anónima del siglo XVIII que representa los supuestos actos.

Un montón de leña no demasiado seca se apila en el centro de una multitud silenciosa. Sólo una voz se escucha en el lugar, narrando con voz pausada y grave, como queriendo otorgar a su discurso un tono de autoridad e incluso amenaza, una serie de sentencias. Concretamente cinco, pues cinco son los condenados, a los que veo encadenados entre sí, cabizbajos, resignándose a escuchar las palabras de ese funcionario de la Inquisición que no está leyendo sino la orden de ejecutarlos, quemándolos vivos en la hoguera. Son varias las autoridades eclesiásticas y judiciales presentes, pero no logro identificar a los inquisidores que se han encargado de este proceso desde hace poco menos de un año, Pedro de Villada, Juan López de Cigales y Fray Fernando de Santo Domingo, todos ellos hombres de confianza del inquisidor general Tomás de Torquemada, y, como él, autores en varias ocasiones de discursos notablemente antisemitas.

Es una época esta en la que pocas pruebas se piden para mandar a un tío a la hoguera, sobre todo si es judío. Como en todo, existirán casos que sean ciertos, y también muchos otros que no lo sean, pero en toda Europa se ha extendido la convicción de que artes oscuras relacionadas con rituales sacrílegos, brujería o incluso satanismo, se practican habitualmente. Esta trágica historia, cargada de enigmas, cuyo desenlace estoy presenciando, comenzó el año pasado. Varios judeoconversos fueron detenidos. Entre ellos, el cardador Benito García, en Astorga, y todos fueron sometidos a una serie de interrogatorios, acusados de judaizar, es decir, de continuar practicando la religión judía en secreto, tras haberse convertido al cristianismo. Este delito es muy común entre los conversos, pues incluso los rabinos de esta época instan a sus fieles a declarar su conversión al cristianismo, si con ello salvan sus vidas, y a seguir practicando la fe hebrea de manera clandestina, exentos de realizar los ritos que puedan delatarles, por lo que ya directamente les dicen que con que mantengan su fe en sus almas es suficiente. Varios acusados de esta infracción acabaron en la prisión inquisitorial de Segovia, y fue en estas celdas donde comenzó a surgir la confesión, siempre bajo inhumanas torturas, de delitos más graves, relacionados con asesinatos rituales.

-¡Marranos! Arded en las llamas -grita con rabia un tipo, a mi lado.

Últimamente está de moda este insulto hacia los judaizantes, y muchas son las hipótesis de su origen. Que si viene de marrar, vocablo antiguo que significa fallar... Que si se les llama así porque no pueden comer cerdo... Que si viene del término árabe muharram, que designa lo prohibido... Lo que está claro es que es una palabra despectiva, y alguno de los condenados mira con desprecio a quien de esa manera le está llamando. Los ponchos que les cubren, a modo de sambenitos, no son menos indignantes.

Ningún padre denunció la desaparición de su hijo en La Guardia, una aldea de Toledo. Ningún cadáver se ha encontrado. Ni siquiera hay un nombre para la supuesta víctima. Pero el espantoso crimen por el que estos hombres hoy están siendo conducidos al fuego se dio por confirmado. Sometidos a tormento, declararon haber participado en un escalofriante ritual llevado a cabo hace más de diez años en La Guardia. Allí, la noche de un Viernes Santo, habrían crucificado a un niño, tras torturarlo con palizas semejantes a las sufridas por Jesucristo en la Pasión. Ya clavado en la cruz, le habrían dado muerte sacándole el corazón. Además, habrían planeado fomentar la dispersión de una epidemia de rabia al impregnar con la sangre del crío unas obleas sagradas que se encargarían de distribuir posteriormente.

No quiero imaginar en qué condiciones confesaron esta atrocidad, sabiendo que la Santa Inquisición dispone de expertos funcionarios en el poco prestigioso arte de la tortura. Pero todo huele muy raro, partiendo del hecho de que nadie sabe qué cojones hacían varios judíos encarcelados en prisiones inquisitoriales, cuando la Inquisición sólo tiene autoridad sobre los bautizados. Pero en fin, dos son los judíos hoy aquí presentes, más tres conversos, sumando un total de cinco, como cinco son las estacas que veo que ahora mismo están hincando entre la pira. La colaboración entre los poderes eclesiásticos y los judiciales ha conseguido que se lleve a cabo este auto de fe, que no es más grave que el sentimiento de odio y antisemitismo que se ha sembrado en la población. Las llamas empiezan ya a devorar la leña, y el humo asciende poco a poco al gris cielo de Ávila. El cardador, junto a otros dos conversos, y dos judíos, el zapatero de Tembleque, Yucef Franco, y el zamorano Moshé Abenamías, mezclan sus llantos con injurias y gritos que claman su inocencia y la falsedad del proceso que les ha llevado hasta este final.

Puerta del Mollete, de la Justicia o del Niño Perdido, en el claustro de la Catedral de Toledo.
Frescos que representan el rapto (izquierda) y la crucifixión (derecha) del niño.
Francisco Bayéu. 1776.

Dos de las fuentes más importantes acerca de este suceso serían los estudios de los historiadores Joseph Pérez y Luis Suárez Fernández, presentes en sus obras Los judíos en España y La expulsión de los judíos. Un problema europeo, respectivamente.

10 de octubre de 2015

El ejército de granjeros

Yo no comprendo de qué material está hecha esta gente. ¡Qué frío tengo, joder! Y aquí veo a tipos en mangas de camisa tan tranquilos. Creo que poco más que la nariz me queda al descubierto, y la helada brisa que proviene del mare nostrum balticum me congela hasta los mocos. He cogido todo lo que he pillado. Gruesas prendas de lana, pieles... Y en mi mano no llevo más que una simple herramienta de labranza que un campesino me ha prestado. A pesar de ello, hoy soy un soldado del ejército sueco. Sí, un soldado.

Sten Sture el Viejo.

Hoy es 10 de octubre del año 1471. Estoy en el centro de Estocolmo, que a pesar de ello se ubica cerca de la irregular costa. Algo más al sur, se encuentra el motivo por el que Suecia ha tenido que configurar este ejército de granjeros y mineros del que ahora formo parte. Los daneses, bajo el mando del rey Cristián I, han desembarcado en nuestras costas. Los moradores del castillo de Tre Kronor, quizá los primeros que vieron cómo se acercaban, debieron de acojonarse bastante al contar hasta setenta y seis barcos provenientes del puerto de Copenhague. Contando sólo con unos cuatrocientos soldados profesionales, el virrey de Suecia, Sten Sture el Viejo, se ha visto obligado a reclutar casi forzosamente a todos los habitantes válidos para la batalla. Y aquí estamos.

-Rey, no virrey -me espeta mi compañero de filas, un enorme barbudo que me clava su enfadada mirada mientras empuña el mango de su azadón, amenazando casi con rompérmelo en las costillas por mi osadía.

Rey, rey. Si es que aquí está todo el jaleo del asunto. Hace setenta y cinco años, Margarita I de Dinamarca logró consolidar el proyecto de reino nórdico que venía cavilándose desde hacía tiempo. Por medio de la Unión de Kalmar, las monarquías de Dinamarca, Suecia y Noruega se fusionaron bajo su persona, pretendiendo formar un poderoso reino escandinavo. Desde luego, pequeño no es, puesto que con Dinamarca, los territorios de Suecia que incluyen las Islas Feroe, Islandia y Groenlandia, y los dominios de Noruega, que abarcan Finlandia, aquí arriba nos hemos juntado con unos tres millones de kilómetros cuadrados de superficie. Un buen cacho. Pero desde el primer momento existieron muchos recelos, sobre todo por parte de los suecos, a quienes no les hacía nada de gracia que Dinamarca tuviera tanto liderazgo en esta unión. Y la cosa no ha hecho más que empeorar. Finalmente, Cristián I de Dinamarca ha decidido venirse a Suecia a frenar esta amenaza que surgió tras la muerte del rey sueco Karl Knutsson, Carlos VIII, el año pasado, cuando aquí se nombró regente a un miembro de la familia Sture, una de las más partidarias del antiunionismo.

Y supongo que el rey danés viene animado, puesto que sus cinco mil soldados, resultantes de la suma de sus tres mil guerreros daneses más dos mil caballeros alemanes, mercenarios, parece que se pasearán ante cuatrocientos soldados suecos. Sin embargo, no cuentan con que los campesinos de este país tienen muy mala hostia, y Sten Sture ha logrado reclutar a unos diez mil. Dentro del arsenal de armas que me ofrecían, compuesto por aperos de labranza o picos de las minas, he optado por una herramienta que me parece la caña. Una tornadera, que no es más que una horca de dos puntas. Me gusta, creo que con llevarla elevada ante mí me bastará para que cualquier danés loco que me venga a joder acabe ensartado en ella.

Detalle del óleo anónimo del siglo XV
en el que se ve a Cristián I.
Cómo mola el idioma sueco, me gustaría aprenderlo bien. No entiendo mucho lo que nos dicen, pero todo parece indicar que nuestro frente se va a dividir en tres grupos, liderados por el propio Sten, su hermano Nils, y otro caudillo llamado Knut Posse. Poca complicación supone nuestro plan, sencillamente les rodearemos por diferentes flancos para atraparlos desprevenidos. Nos dirigimos hacia el campo de batalla, y yo termino en el pelotón de Nils Sture. Nosotros nos dirigimos al bosque norte. Conocedores del terreno, no nos cuesta nada aprovechar la frondosidad de estos bosques para ocultarnos entre los árboles a la espera de nuevas órdenes. El grupo del rey se va en dirección oeste, mientras que los que acompañan a Knut se organizan en la ciudad. Entre la vegetación llego a ver a los daneses, confiados, pero en estado de alerta, observando en todas direcciones al no encontrarse en terreno conocido. Una oleada de gritos furiosos rompe el silencio, señal inequívoca de que Sten ha iniciado el ataque con los suyos. El primer enfrentamiento pilla por sorpresa a los daneses. A nosotros nos piden esperar. Tal ha sido la ferocidad del primer ataque que incluso la defensa real danesa no puede evitar que los suecos alcancen al mismísimo rey Cristián. Un certero disparo de uno de los cañones suecos hace saltar por los aires parte del arsenal danés, cayendo el rey Cristián hacia atrás llevándose las manos a su ensangrentado rostro, alcanzado por astillas que desfiguran su cara. Varios de sus hombres lo cogen en volandas intentando escapar a un lugar más seguro.

Los ejércitos de Dinamarca, que aun contando con menos soldados son profesionales, poco a poco consiguen alcanzar cierto nivel de organización tras el primer ataque inesperado, por medio de órdenes gritadas aquí y allá. Es el momento que aprovecha Nils para indicarnos que nuestra hora ha llegado. Salimos como locos de entre los árboles moviendo nuestras armas como si verdaderas espadas fuesen, cuando no son más que herramientas. Yo llevo mi tornadera en horizontal y así la voy a mantener. Una técnica un poco cobarde, pero seguro que útil. Knut y los suyos también se han lanzado a la lucha viniendo desde la ciudad, y penetrando entre las filas danesas con gran efectividad. Estoy rodeado de gente. Afortunadamente me resulta sencillo diferenciar a enemigos de aliados. Los de chulos uniformes y armas de verdad son los malos. Los andrajosos con aperos de la huerta son los míos. En cualquier caso, mi más heroico acto ha sido pinchar en el culo a un alemán con mi horca. Ni mucho menos me lo he cargado, pero el tío se ha tirado al suelo gritando como una niña con dos ojetes más que el que traía de serie. Al menos en algo colaboro. Knut Posse sí que controla. Veo cómo pelea con valentía manchando su espada con sangre danesa, atreviéndose a enfrentarse a varios a la vez. Tras mucho aguantar, tres o cuatro soldados enemigos consiguen acabar con él.

Pero nosotros avanzamos aunque sea a duras penas. Nuestro número y nuestros cojones consiguen ir desmontando la defensa de los de Dinamarca. Poco a poco comienzan a huir. Y su vía de escape no es otra que el puente que enlaza con la isla de Käpplingen. Pronto sobre el puente se aglomeran los daneses como hormigas, y los hombres de Sten, continuando con esta táctica tan obvia, pero a la vez efectiva, optan por lo fácil. A tomar por saco el puente. Las heladas aguas de nuestras costas son una efectiva arma que acaba con cientos, casi diría miles de soldados enemigos. Sumados a los caídos durante la batalla, son demasiados. Pronto empiezo a ver cómo los restantes acaban rindiéndose y siendo capturados.

Monumento a Sten Sture en Upssala. Suecia.

Esto le dará mucho prestigio a Sten Sture el Viejo, a quien veo ahora de rodillas, dirigiendo unas plegarias a San Jorge, en agradecimiento por su victoria. Pero ni mucho menos solucionará el problema de la Unión. Sólo será una de muchas batallas. A esto le queda para rato.

20 de agosto de 2015

El atroz linchamiento de los hermanos De Witt

No sé ni dónde estoy, la verdad. Por más que me lo han explicado me cuesta entenderlo, y yo creo que hasta los propios habitantes de esta aldea costera tienen dudas. Hace algo más de un siglo, Guillermo el Taciturno se convirtió en príncipe de Orange, un territorio del sur de Francia que daría origen a una nueva rama de la Casa de Nassau, la Casa de Orange-Nassau. Además de este título, heredó unos territorios de los Países Bajos, y fue en ellos donde dio un giro a su política, transformando su lealtad al dominio español de los Habsburgo, en rotunda rebelión, lo cual le llevó a su final, siendo asesinado por orden de Felipe II de España, que ofrecía veinticinco mil coronas por su cabeza. ¿Y a qué viene esto? Pues a que esa rebelión dio lugar a la Guerra de los Ochenta Años, durante la cual, por medio del acuerdo de 1579 conocido como la Unión de Utrecht, nacieron las Provincias Unidas, un estado republicano formado por las siete provincias del norte de los Países Bajos: Frisia, Groninga, Güeldres, Overijssel, Utrecht, Zelanda y Holanda. En esta última me encuentro, en la ciudad de La Haya. El lugar que se convertirá en icono de la justicia, verá hoy, día 20 de agosto del año 1672, un episodio tan cruel, grotesco y sanguinario que provocará su vergüenza para el resto de la Historia.

Johan de Witt. Adriaen Hanneman. Siglo XVII.

La noche es oscura. Si hay nubes ocultando la luna y las estrellas, tampoco se ven. Sólo el color negro pinta el firmamento. Camino despacio por una estrecha calle, a una distancia prudencial con respecto al personaje al que voy siguiendo. Se trata de un hombre de cuarenta y seis años, de frondosa melena encrespada, vestido con una chaqueta negra que recuerda mucho a la toga de abogado que tanto vistió durante su ejercicio para la firma Frans van Schooten, antes de dedicarse de lleno a la política. Los tacones de sus zapatos provocan en este solitario callejón un ritmo irregular, pues sus pasos no son firmes, sino que cojea levemente debido al último atentado que sufrió contra su persona, el pasado mes de junio, y del cual aún se está recuperando. Por fin, tras unos minutos, el en estos momentos líder político de las Provincias Unidas, llega a su destino, la prisión de Gevangenpoort, traducido como la puerta de la cárcel. Me quedo prudentemente a unos metros, aprovechando las sombras de una esquina, observando cómo el político habla con el funcionario que sale a recibirle. Viene a buscar a su hermano, quien hoy será puesto en libertad tras pasar algún tiempo en esta prisión, famosa por albergar las mazmorras en las que las más despiadadas torturas están a la orden del día.

El personaje al que he seguido no es otro que Johan de Witt. Su brillante carrera como abogado, estadista y político le llevó a obtener el puesto de mayor categoría en las Provincias Unidas en el año 1653: el de Gran Pensionario. Y es que siendo el oficial de mayor rango en la provincia dominante, Holanda, sólo tenía por encima al estatúder, al príncipe de Orange. Y habiendo muerto Guillermo II de Orange-Nassau, siendo su hijo apenas un bebé, De Witt se encontró con casi total autoridad para fomentar su republicanismo, la que sería la base de su acción política. Con el Tratado de Wetsminster de 1654, firmó la paz con Inglaterra creando un anexo secreto con ayuda de Oliver Cromwell que prohibía que el hijo de Guillermo II pudiera ser nombrado estatúder, cosa que también beneficiaba al británico, quien consideraba que los Orange-Nassau eran contrarios a sus planes. Lo cierto es que De Witt, esforzándose en todo momento en suprimir los poderes del príncipe y de la casa real, ha alternado siempre dicha tarea con la gestión económica del estado, y no de mala manera, pues su destreza en las finanzas le ha llevado a convertir a las Provincias Unidas en una de las más poderosas potencias mercantiles de esta época. Pero el que será Guillermo III, aquel bebé, hoy es ya un adulto, y lleva ya años intentando recuperar el puesto de estatúder con ayuda de la corriente que en torno a él se ha despertado, los orangistas. El puesto le pertenece, pero sólo por nacimiento. De Witt ha alcanzado el liderazgo por méritos propios y de hecho no lo ha hecho mal. Curioso debate, ¿no? Lo que está claro es que las cosas están calientes, sobre todo desde hace cinco años, cuando de cara a la mayoría de edad del muchacho, se emitió el conocido como Decreto Eterno, o Decreto Perpetuo, que declaró que el Almirante General de los Países Bajos, puesto que sí ocupa Guillermo, no podría ser nunca estatúder de ninguna provincia.

Actualmente, las Provincias Unidas se encuentran en mitad de una guerra con Inglaterra, apoyada por la potente armada francesa. Johan de Witt ha demostrado que su inteligencia no se centra sólo en la economía, sino también en el arte bélico, y ha cosechado importantes victorias comandadas por su gran amigo, el Teniente Almirante Michiel de Ruyter, defendiendo con gran éxito la costa. Desde hace un tiempo, De Witt se ha mostrado dispuesto a las negociaciones con Inglaterra y Francia, siempre encaminadas a favorecer su republicanismo, mientras que poco a poco ha crecido la discrepancia, alentada por los orangistas, optando por considerar que la guerra es inevitable, y que hay que prepararse para la batalla. Un conflicto al que quieren ir con Guillermo III a la cabeza.

Estatua de los hermanos Johan y Cornelio en Dordrecht, Holanda.

Continúo en las sombras del callejón, abrochándome los botones de mi chaquetón que hasta ahora llevaba abiertos, pues la noche refresca. Finalmente veo cómo de nuevo hay movimiento en la prisión. Johan y su hermano mayor, Cornelio, quien también es uno de sus más hábiles socios en política, además de un valeroso soldado que ha luchado en las más importantes batallas de los últimos años, parecen prepararse para abandonar la cárcel. La influencia de los orangistas lleva algún tiempo ganando fuerza, y Cornelio se vio afectado por falsas acusaciones de traición que le llevaron a ser arrestado. Sin embargo, por una de las calles colindantes aparece un grupo de hombres, no llego a ver cuántos, que parecen tener claras intenciones de liarla. Pronto deduzco que, lejos de ser una simple banda de escandalosos, constituyen una cuadrilla perfectamente organizada para llevar a cabo la operación que pretenden, y que bien estudiada traen. No soy el único que lo interpreta así, pues los hermanos De Witt se paran en seco al verlos acercarse, paralizados por el miedo. Algo me dice que no les sorprende este desenlace.

-Goedenacht, broeders -saluda en neerlandés con una sonrisa irónica uno de los hombres.

Acto seguido, el que acaba de hablar saca de entre sus ropas una pistola de llave de chispa, ya perfectamente preparada para su cometido. Sin añadir ni una palabra más, aprieta el gatillo. La nube creada por la pólvora se desvanece y me permite ver a Johan cayendo sobre sus rodillas. Intenta respirar, pero su boca se llena de sangre que cae mediante hilillos escarlata por las comisuras de sus labios. Se lleva su mano al cuello, donde ha recibido el disparo, y pronto se baña de sangre, antes de caer hacia adelante desplomándose. Cornelio es sujetado por dos hombres cuando se disponía a atender a su hermano, mientras un tercero, provisto de un puñal de gran hoja, acuchilla con fuerza su estómago en repetidas ocasiones.

Tras la inquietud de los primeros momentos, se desata una imparable sed de sangre. Johan agoniza en el suelo mientras varios hombres se ensañan a patadas con su cuerpo inmóvil. Cornelio es soltado por los hombres que lo sujetaban, pues ya nada puede hacer, y llevándose las manos a su abdomen intentando evitar el desparrame de sus propias tripas, cae también de rodillas, recibiendo todo tipo de golpes con palos y barras de hierro que terminan por dejarlo tirado en mitad de la calle. Me giro de manera repentina, acojonado por unos ruidos detrás de mí. Más personas se acercan corriendo en todas direcciones, dispuestas a unirse al linchamiento. Pronto lo que hace un rato era un solitario callejón silencioso se convierte en un mar de gritos que rodean los cuerpos de los hermanos De Witt, bañados en sangre. Me acerco un poco más, horrorizado, y observo cómo la multitud se ha encargado de desnudar por completo a las víctimas de esta salvajada. Haciendo uso de enormes cuchillos de carnicero, un par de descerebrados se afanan en mutilar los dedos de las manos de Johan. Cubro mi boca con mi mano, rezando por que el pobre hombre esté ya muerto, aunque creo que no lo está del todo aún. A unos metros, unos tipos atan una soga a los pies de Cornelio, y lo arrastran aún con vida hacia una estructura de madera que no sé ni de dónde coño ha salido, mientras las profundas heridas de su barriga dejan un reguero de vísceras por el camino.

Me doy cuenta de las intenciones de la descontrolada muchedumbre cuando veo cómo se dedican a elevar el cuerpo de Cornelio, colgándolo boca abajo con la soga en esa estructura de madera que parece destinada a ser el escaparate de esta auténtica masacre. Me empujan tropezando conmigo y casi caigo al suelo, mareado por el grotesco espectáculo. Son otros tíos que de igual modo arrastran el cuerpo de Johan con una soga, para colgarlo también boca abajo al lado de su hermano. Con la destreza de un despiadado matarife, un fulano se encarga de abrir en canal ambos cuerpos, sacando sus corazones. Los gritos son ensordecedores, la peña está zumbada o yo no me lo explico. Tal es la locura que están experimentando estos malditos lunáticos que llego incluso a observar cómo algún puto perturbado se lleva a la boca alguna de las partes mutiladas de los cuerpos. Esto es demasiado. A duras penas logro salir del bullicio con el tiempo justo para inclinarme a echar la pota. Sin duda, tal atrocidad cargará de vergüenza a muchas generaciones.

The Corpses Of The Brothers De Witt. Jan de Baen. Siglo XVII.

En este mismo año 2015, se ha estrenado la película The Admiral, o Michiel de Ruyter, basada en las campañas bélicas del almirante al servicio de Johan de Witt. Como no podía ser de otro modo, parece que el político aparece en la película, y su atroz final es mostrado en la misma, con una veracidad bastante sorprendente como muestran los decorados y esculturas que aquí se muestran.

28 de julio de 2015

El verdugo inexperto

No entiendo cómo se puede luchar con estos ridículos e incómodos zapatos de escandalosas hebillas. Aunque bien es verdad que aquí los yeomen, o guardianes de la torre, poco tenemos que hacer a parte de vigilar prisioneros. Hoy es 28 de julio de 1540 y me encuentro en el interior de la Torre de Londres, infiltrado entre los aproximadamente cien beefeater que calculo que hay ahora mismo constituyendo la guardia de esta fortaleza que mira el río Támesis desde su orilla del norte, en el centro de Londres, Inglaterra. Mi uniforme, en plena evolución, me consta, se compone en estos tiempos del presumido Enrique VIII de una túnica corta de amplias mangas de color granate con el emblema de la casa de los Tudor plasmado en mitad del pecho en bordado dorado, y que cae hasta la mitad del muslo en forma de falda plegada. Bajo unos pantalones traseros anchos de color escarlata que me llegan a la rodilla, visto unas mallas en verde oscuro. Me he encasquetado un gorro ancho también granate y ahora mismo me apoyo en mi alabarda, ornamentada cuidadosamente con grabados de símbolos reales en su brillante hoja. Pocas cabezas ha rebanado este hacha, me da a mí.

Beefeater.
Parece que hay tangana en algún sitio. Un grupo de guardias bajan organizados escalera abajo por esta Torre Sangrienta en la que me encuentro ahora mismo. Me uno a ellos e intento adoptar su ritmo. Tras varios intentos fallidos y tras parecer un pelele dando saltitos para acompasarme a su paso, finalmente lo consigo. Si realmente esta es la torre que alberga las celdas de los prisioneros de alto rango, deduzco que no muy lejos debe estar Thomas Cromwell, apresado hace más de mes y medio durante una reunión del Consejo. Hasta prácticamente ese momento, y desde hace ocho años, Cromwell había sido el más influyente político de la administración de Enrique VIII. Tal era su autoridad, que podemos considerarlo como uno de los principales personajes protagonistas en las reformas del anglicanismo, doctrina que tanto ha marcado sus actuaciones como consejero del rey de Inglaterra. Además, varias cabezas han rodado por los patíbulos de este castillo por causa de sus planes. Pero son tiempos convulsos y todo puede cambiar, hasta el punto de que hoy la cabeza que rodará será la suya.

Thomas Cromwell llevaba bastante tiempo ganándose enemigos. En 1534 el rey le otorgó autoridad para gestionar la llamada disolución de los monasterios. Él se encargaba de visitar las abadías y conventos del reino comunicando a los monjes los cambios que debían experimentar para adaptarse a los nuevos cánones mediante los cuales la supervisión eclesiástica dejaba de ser cosa del Papa de Roma y pasaba al propio rey inglés. Además, las propiedades de la Iglesia Católica pasaban a pertenecer al monarca, y, alguna que otra vez, a sus propios dominios, con dos cojones. Esto creó envidias y furias. Han sido sus estrategias para favorecer las reformas de la Iglesia las que realmente le han llevado a terminar acusado de traición, puesto que el último de sus planes ha sido el que sus enemigos han aprovechado para denunciarle.

Sigo a estos tipos por la fortaleza y en principio creo que nos estamos metiendo en los salones de la Torre Wakefield, a la espera de órdenes. El gordo ese que lleva un collar dorado que debe pesar tres kilos con piedras preciosas incrustadas tiene que ser Enrique VIII. Parece hablar con algunos de sus cortesanos.

-Es que no me jodas, macho, tú mira -dice mostrando un cuadro apoyado en su trono, de algo más de medio metro de alto, en el que aparece una joven dama retratada con sus manos entrelazadas sobre su regazo-. En el cuadro está buena, hostias. Tú ves esta pintura y piensas que está tremenda, coño, ¿o no?

-Sin duda, señor -responde uno de los presentes, haciendo una reverencia tímida-. El cuadro no es... fiel a la realidad, majestad.

-Holbein, ese puto alemán no tiene ni idea de pintar o yo qué sé, pero el cabrón me la metió doblada con este lienzo -dice Enrique golpeando con sus dedos la pintura, recostado en su sillón en plan dominguero-. ¿Y ese traidor de Cromwell está ciego o es que tiene el gusto en el maldito ojete?

Ana de Cleves. Hans Holbein el Joven. 1539.
No puedo soportarlo más. Se me escapa una risa nasal de estas que se escucha en todo el salón. Varios de mis compañeros me miran de reojo flipando. Por fortuna el rey está demasiado liado en lo suyo y no llega a darse cuenta, porque me hubiera identificado seguro, ya que me lloran los ojos ahora mismo de la risa. La dama que aparece en el retrato es Ana de Cléveris, hija de Juan III, duque de Cléveris, una personalidad importante en la corriente protestante alemana. Thomas Cromwell organizó el que fue el cuarto matrimonio de Enrique VIII con esta noble germana, sabiendo que el enlace convendría en la política que pretendía definir. Al monarca parecía no preocuparle ni un ápice menos que la doncella fuera atractiva, por lo que encargó al artista Hans Holbein el Joven que fuera a verla y le pintara un retrato el año pasado. Parece que le especificó que fuera fiel a la realidad, pero ya sabemos cómo son estos artistas, siempre favorecen a su modelo, y desde luego no me imagino al pintor enseñándole a la pobre chica un retrato en el que se resaltaran sus defectos. Demasiado alta y ruda y con la cara salpicada de las señales de una viruela ya superada, Ana de Cléveris debió casi asustar al rey inglés cuando la vio por primera vez, estando ya apalabrada su boda.

-¡Es que es fea, pero fea de cojones!

Enrique VIII sigue lamentándose, a pesar de que Ana ya no es su esposa desde hace unos días, cuando anuló el matrimonio repudiándola de la manera que consideró menos injusta y cruel para la joven alemana. No he podido llegar a ver a la que ha sido reina durante unos meses, pues abandonó la corte en junio, pero no creo que sea para tanto. En cualquier caso, el gordo este tampoco está para pedir mucho.

Finalmente, nos dirigimos al cadalso de uno de los patios, donde ataviado con una amarillenta camisa desgastada veo al otrora poderoso estadista Thomas Cromwell. La pena de traición se paga con la muerte, y el político ya es obligado a postrarse de rodillas y a agacharse colocando su cabeza en el apoyo de madera. Un saco de paja desparramada espera la cabeza.

-Moriré en la fe tradicional -declara el reo a los pocos que le escuchamos, pues se trata de una ejecución privada.

Con paso renqueante, un verdugo con pinta de tener pocas luces a pesar de que lleva su rostro oculto tras una capucha, sube al patíbulo. Dirijo mi mirada al rey Enrique y noto en él una pícara sonrisa. Creo que no ha encontrado a otro verdugo más patán en todo el reino para llevar a cabo esta decapitación. El encapuchado eleva su hacha a lo alto y se asegura de asir correctamente el mango con manos temblorosas. Con una estocada propia de una anciana hace un primer intento que ni mucho menos logra el cercenamiento completo. Algunos de los presentes tapan sus ojos, unos no queriendo ver el grotesco e inútil procedimiento del inexperto verdugo, y otros sencillamente por vergüenza ajena al ver al operario llevar a cabo su tarea con tal ineptitud.

Ahora Enrique ríe, pero no pasarán muchos días antes de que confiese que lo que está sucediendo hoy aquí es uno de los errores más graves que cometerá.

Thomas Cromwell. Hans Holbein el Joven. 1533.

Wolf Hall es una serie que nos presenta las curiosas aventuras y desventuras de Enrique VIII desde el punto de vista de Thomas Cromwell.

21 de junio de 2015

Traición de samuráis

Atardece en Kioto. Es todo un placer disfrutar de esta temperatura tan agradable observando cómo el sol, sin apenas fuerza ya, se esconde tras las montañas que rodean este valle del corazón de Japón. Me encuentro en Honnō-ji, el templo Honnō, infiltrado en la corte del señor feudal Oda Nobunaga, entre sirvientes, mercaderes y artistas que le acompañan. Qué a gusto se está aquí, joder. Recostado sobre unos cojines, me estoy tomando una taza de sake o licor de arroz, una bebida alcohólica típica de aquí que se conoce con el nombre de nihonshu. Está rico, pero te pega un castañazo terrible, es fuerte de narices, por lo que me voy a controlar. Varias mujeres jóvenes amenizan el momento tocando el koto de trece cuerdas, un instrumento similar a un arpa, pero que se toca situándolo en posición horizontal. Utilizan los dedos pulgar, índice y corazón de la mano derecha en los que llevan unas uñas de bambú llamadas tsume, mientras que con los dedos de la mano izquierda afinan los sonidos. Si además reconozco que la belleza oriental siempre me ha impresionado, puedo decir que no se me ocurre un lugar mejor en el que estar en esta noche de junio del año 1582.

Entrada actual al templo Honnō. Kioto. Japón.

El daimio al que sirvo, Oda Nobunaga, se encuentra en plena campaña de unificación del país. No le va nada mal, puesto que los territorios del centro de Japón ya están todos bajo su dominio desde que a principios de este año venciera al poderoso clan Takeda en la Batalla de Temmokuzan. Los únicos clanes que podían frenar su propósito se encuentran debilitados por sus propios conflictos internos, por lo que Nobunaga, sabiendo de su oportunidad irrepetible, ya se encargó hace tiempo de enviar a sus mejores generales para rematarlos. El borracho y mujeriego pero eficiente militar Toyotomi Hideyoshi fue enviado a liderar los enfrentamientos contra el clan Mōri. Este tío me hace una gracia... Es un tipo bajito, delgado y calvo, y el cabrón de Nobunaga lo llama mono, o rata calva. El líder del clan Oda es un puto grosero, todos lo saben, pero lo cierto es que confía en Hideyoshi, y de ahí que le haya asignado esta importante misión. Otro de los más fieles guerreros, Takigawa Kazumasu, fue enviado a luchar contra el clan Hōjō. Y por otro lado, Shibata Katsuie recibió órdenes de ir a la provincia de Echigo a enfrentarse al clan Uesugi. Con todos los frentes gestionados, Oda Nobunaga se ha venido a Honnō-ji a tomarse un descanso. Yo me abro un poco el kimono y le guiño un ojo a una de las músicas. Ella sonríe ruborizada, creo que le gusto, me debe quedar bien este moño japonés. Le pego otro trago al sake, la cosa promete.

De repente, ya bien avanzada la noche, justo cuando me decidía a lanzarme a hablar con la chica del koto, irrumpe un soldado con tal vehemencia que la música se para y todos los presentes nos giramos para ver qué sucede.

-Mi señor -dice entre jadeos el soldado, intentando recuperar el aliento tras lo que parece que ha sido una larga carrera, a la vez que hace una pronunciada reverencia ante Oda.

-A ver, qué leches pasa -responde Nobunaga haciendo un gesto con su mano, metiendo prisa al soldado para que hable, mientras sigue comiendo un poco de fruta fresca, distraído-. Qué cojones quieres.

-Disculpad, mi señor. Creo que le necesitamos afuera. Mitsuhide se acerca con todo su ejército -informa el soldado, elevando su mirada con temor a la reacción de su jefe-. En unos momentos llegará a las puertas del templo. Sin duda prepara un ataque.

No me jodas. Gritos de asombro se escuchan en la estancia. Oda Nobunaga se levanta y en su rostro se dibuja un gesto de furia aterradora. Sin decir ni una palabra, se dirige con paso firme a la puerta y al cabo de unos instantes comienzan a escucharse sus órdenes y los silbidos de las katanas. Los samuráis se preparan para la batalla.

Estatua de Oda Nobunaga. Azuchi. Japón.
Akechi Mitsuhide es uno de los generales de Nobunaga. Había sido enviado a reforzar el ataque de Hideyoshi contra el clan Mōri, cuya situación parecía haberse complicado un poco en el asedio a Takamatsu. ¿Qué coño hace aquí? Sin duda se trata de una traición. Asuntos personales, quizás. La gente corre de aquí para allá, el pánico se apodera de todos porque saben perfectamente que somos totalmente vulnerables en este templo. Mitsuhide no es tonto, y ha pensado en atacar a su daimio en este preciso momento, sabiendo que se encuentra indefenso. Sólo un puñado de samuráis le acompañan, y el resto sólo somos sirvientes, artistas o lameculos. Todos los generales de Nobunaga están cumpliendo misiones lejos, se suponía que esto eran unas vacaciones, joder. Todo iba a salir bien, lo único que podía ocurrir es precisamente lo que ha ocurrido. La traición.

Los samuráis rodean el templo empuñando con valentía sus katanas. Incluso algunos sirvientes se arman con cualquier herramienta que pillan para ver si pueden ayudar en algo. Pero no hay nada que hacer. Todo un ejército experimentado se acerca, permitiéndose el lujo de enviar pequeños destacamentos en un principio, puesto que probablemente serán suficientes para tomar Honnō-ji y derrocar a Oda Nobunaga. Las primeras lidias comienzan. Los soldados del clan Oda demuestran gran valentía al enfrentarse con honor a esta batalla perdida. Morir en combate es la única muerte honorable que esperan los samuráis. Eso, o el seppuku.

Escondido junto a uno de los edificios de madera, observo cómo las órdenes de Nobunaga empiezan a cambiar. Abandona la dirección de la defensa, convencido de que no hay nada que hacer. Está perdido y lo sabe. Es un daimio traicionado. El mayor señor de la guerra de Japón en esta época ve su fin cuando su propósito de unificar el país estaba a punto de ser conseguido. Manda a sus hombres que prendan fuego al templo y, finalmente, da su última orden a su joven paje Mōri Ranmaru. Esta orden la formula en voz muy baja, decaído, agotado y abatido, por lo que creo que sólo su paje y yo, escondido a unos metros, la hemos escuchado. El joven Ranmaru acaba de ser nombrado kaishaku del mismísimo daimio. Un honor, sin duda, pero cargado de amargura a su vez, y es que este cargo no es otro que el de asistente del seppuku de su señor. Es decir, su ayudante en su ritual del haraquiri, el suicidio honorable al que parece querer someterse Oda Nobunaga. Ya es 21 de junio del año 1582. No quiero contemplar la escena. Me piro de aquí esperando que al menos la traición no se lleve la vida de inocentes como la bella instrumentista.

Ilustración del incidente del templo Honnō.

En este artículo que escribí para la plataforma Qué Aprendemos Hoy hablo del ritual del haraquiri.

30 de mayo de 2015

Juana de Arco es quemada viva

En pleno desenlace de una guerra que llegará a durar más de los cien años que le darán nombre, el núcleo de las batallas entre Francia e Inglaterra se encontraba en la ciudad de Orleans. Casi en pleno corazón de Francia, el asedio que los ingleses estaban imponiendo a este lugar clave parecía que vería su éxito. De la nada apareció una campesina de diecisiete años diciendo que oía voces. Se presentó al mismísimo delfín de Francia y actual rey, Carlos VII, y le propuso liderar la defensa de Orleans basándose en esas voces que decía escuchar. Corría el año 1429, llevaban noventa y dos años de guerra y estaban realmente jodidos ante el avance inglés liderado por el duque de Bedford, Juan de Lancaster, recientemente nombrado regente de Inglaterra por ser el rey Enrique VI, su sobrino, menor de edad.

-Dadle diez mil hombres y que se pire. Total, ya no nos puede ir peor... Que lo intente al menos.

Joan Of Arc. Siglo XV. Miniatura de los Archivos Nacionales de Francia.

Aquella joven muchacha se llamaba Juana. Hoy sigue siendo poco más que una niña. Lo cierto es que, evidentemente, para que el delfín de Francia por fin concediera tropas a esta chica, tuvo que pasar mucho tiempo, pues hacía meses que la joven luchaba por ponerse en contacto directo con el también joven Carlos VII para rogarle que la escuchara. Aunque de familia acomodada, Juana no era más que una niña campesina, nacida en la aldea de Domrémy. Su gran fe y su espléndida devoción, en especial por la Virgen María, eran por todos conocidas. Pero desde los trece años, algo la llevó a diferenciarse del resto de los beatos. Unas voces y visiones la informaban de acontecimientos bélicos, de los que ella nada sabía. Aquellos mensajes poco a poco fueron interpretados por ella misma y por los suyos como anuncios divinos. La propia Juana identificó las voces durante su juicio hace 3 meses como las de las santas Catalina de Alejandría y Margarita de Antioquía, e incluso, la del arcángel San Miguel, protector de Francia. El temor que despertaron en ella tales comunicados al principio, a medida que pasó el tiempo se convirtió en ánimo para cumplir con el cometido que Dios le había ordenado.

Es probable que la liberación de Orleans no se debiera a la habilidad de Juana como comandante de los ejércitos. Cierto es que ejerció como uno de los varios líderes de la defensa, pero ni en esa, su primera victoria, ni en las posteriores, Juana destacó como estratega. Consiguió algo quizá más importante que la mejor de las tácticas bélicas. Con su sola presencia, conseguía proporcionar a los soldados una valentía poderosa, una moral inagotable y un fervor más valioso que cualquier entrenamiento militar.

-Prefiero sostener mi estandarte, que empuñar mi espada -declaraba con pasión la joven durante su juicio, días atrás.

Será por esa razón por la cual, durante la batalla de Compiègne, en el norte del territorio francés, los borgoñeses supieron cuál debería de ser su principal cometido: evitar que el estandarte blanco de Juana se alzara una vez más. El 23 de mayo del año pasado, el capitán francés Guillaume de Flavy ordenaba cerrar las puertas de la muralla de Compiégne ante la catastrófica situación que se vivía junto al puente sobre el río Oise. Los franceses habían quedado atrapados entre los frentes de los ejércitos ingleses y borgoñeses. A pesar de todo, una voz femenina rugía haciéndose oír sobre el mar de gritos masculinos. Juana de Arco continuaba alentando a sus compañeros para luchar con valor por la victoria de Francia, su objetivo, la meta que los mensajes divinos le habían fijado. Sin embargo, tras demostrar su apasionante liderazgo como en tantas otras ocasiones durante más de un año, la desigualdad del desenlace de la batalla y la flecha de un arquero borgoñés terminaron por arrojarla al suelo desde su caballo. Su estandarte blanco pronto fue desgarrado y pisoteado sobre el barro.

Juana de Arco quemada en Rouen (Coloreado).
Lenepveu. Siglo XIX.
Me encuentro en la Plaza del Mercado Viejo de la ciudad de Ruan, en Normandía, hoy territorio inglés. Cuidadosamente, unos operarios apilan un montón de leña preocupándose por formar una pira que pueda arder de manera lenta y continua. Una gran estaca de madera se alza en medio del montón. Mucha gente se encuentra hoy aquí, por lo que los soldados ingleses que escoltan a Juana se abren paso entre la muchedumbre con dificultad. La joven de diecinueve años sólo viste una túnica blanca. Hoy es día 30 de mayo del año 1431. Hace unos días finalizaba el largo juicio tras el que se condenó a esta muchacha a la hoguera, acusada de herejía. En una mujer tan pura y devota como Juana fue complicado buscar argumentos para justificar su condena. Se le ha acusado de abandonar a sus padres, incluso de vestir como un hombre, pero lo que realmente le llevará hoy a las llamas será el delito de revelationum et apparitionum divinorum mendosa confictrix, invención de falsas revelaciones y apariciones divinas, aludiendo que esas voces no podían tener otro origen que el demoníaco.

Me doy la vuelta tras dirigir una última mirada a los claros ojos de la conocida como doncella de Orleans, que con semblante tranquilo y susurrando plegarias los cierra, para nunca más volver a abrirlos. Intento consolarme pensando que es probable que el abundante humo acabe por dormirla antes de que el fuego devore su cuerpo. Francia debe mucho a esta santa, cuyas victorias fueron conseguidas gracias a la fe, un arma más poderosa que el acero.

Plaza del Mercado Viejo. Rouen. Francia.

Desde hace unos días, la ciudad de Rouen, en la actualidad ciudad de Francia, cuenta con un museo dedicado a la figura de Juana de Arco, con estupendos vestigios e información sobre la heroína.

23 de abril de 2015

Definiendo la cerveza

Hoy sí que sí. Estoy en un lugar maravilloso. Ahora mismo estoy paseando por las frescas estancias de la bodega de una cervecería familiar de la ciudad de Ingolstadt, en el ducado de Baviera, vasallo del Sacro Imperio Romano Germánico. Inspiro profundamente y admiro los enormes barriles de madera de roble que reposan en el silencio de este lugar, en contraste con el jaleo que se vive en la parte de arriba. Hoy es 23 de abril del año 1516. Doy un par de palmadas a uno de los barriles tumbados, sonriendo, pensando en cómo este recipiente en el que ahora fermenta esta deliciosa bebida es al parecer resultado de una evolución que comenzó por aquí, con las tribus germánicas, cuando allá por el año 100 fabricaban tablones curvos de madera que posteriormente rodeaban con aros metálicos dando forma a estos toneles, según nos narra Plinio el Viejo en su obra Historia Natural. La cerveza, este sabroso elixir, hoy y aquí será protagonista, y para celebrarlo, me voy para arriba a beberme una buena jarra.

Ley de pureza de la cerveza. 1516.

El amable tabernero, un tipo calvo muy grande, sostiene en sus manos dos jarras vacías de distinto tamaño, dándome a elegir la medida, mientras me mira con una divertida sonrisa que alcanza a verse entre su frondosa barba pelirroja. En la diestra sujeta la más pequeña, la Köpf Bier, mientras que con la zurda ase una Maß, que hace aproximadamente un litro. Sin pensármelo, le señalo la más grande y él me responde con una carcajada. A los pocos segundos me planta sobre la mesa con fuerza mi jarra llena de espumosa cerveza, y yo igualmente con un animado golpe le planto al lado un penique de Múnich mientras le agradezco el servicio con una inclinación de mi cabeza. El tabernero me dedica una leve reverencia y sin perder su sonrisa se aleja entre las mesas saludando a voces a sus parroquianos. Elevo mi jarro ante mis ojos admirando el color dorado de la cerveza más pura que jamás podré probar, y tras relamerme, pego un par de buenos tragos que hacen que el nivel baje un par de centímetros, dibujando la marca con la rica espuma. Maravilloso. Expiro saboreando tal exquisitez deseando que la ley que hoy mismo se decreta no haga sino favorecer la mejora de esta bebida.

Guillermo IV es duque de Baviera desde hace ocho años, y en este momento estará plasmando su sello en un papel en el que se ha redactado la ley de pureza de la cerveza, la conocida como Reinheitsgebot en alemán. ¿Y qué coño dice esta ley? Pues entre otras cosas, establece la que se puede considerar la primera regulación de un alimento, pues exige que la cerveza se elabore exclusivamente utilizando tres ingredientes: agua, malta de cebada y lúpulo. Pero lejos de ser este un benevolente acto por parte del duque, lo cierto es que el cabrón obliga a utilizar estos ingredientes y no otros como el trigo debido a que casualmente él posee el monopolio de la producción de cebada. Nos ha jodido, no es tonto el Guille. Esto beneficia en muchos aspectos, puesto que a partir de ahora se dispondrá de una ley proteccionista de la cerveza. Además, hay que reconocer que el pan, alimento básico para la población, había visto reducida su calidad al destinarse el mejor trigo a la producción de la cerveza, por lo que los panaderos agradecerán que a los maestros cerveceros se les restrinja ahora su uso. Pero la ley perjudica en otros puntos. Por ejemplo, el hecho de que se especifiquen los ingredientes impedirá que los maestros puedan experimentar nuevos sabores. Y si por algo disfrutamos ahora de tan sabroso gusto es gracias a la evolución que ha vivido la elaboración de la cerveza a lo largo de los siglos. Una evolución que durante muchísimos años debemos a los verdaderos productores de cerveza: los monjes.

Desde antes del año 1000, los monasterios europeos eran las auténticas cervecerías en las que nacía este manjar. En un primer momento, la cerveza era aromatizada y balanceada con una mezcla de más de diez hierbas silvestres desecadas y molidas, a las que se añadía resina de pino. A esto se le denominaba grutum en latín. Tal era su importancia que se llegaron a regular las plantaciones de esos hierbajos por medio de impuestos, cómo no. Pero a partir del siglo XI comenzó a utilizarse el lúpulo como componente equilibrador del amargor de la malta. Su descubrimiento se lo debemos a Santa Hildegarda, quien aparte de dedicarse a visionar terribles acontecimientos apocalípticos, recomendó el uso del lúpulo en la fabricación de la cerveza cuando experimentó con él siendo abadesa de su monasterio benedictino de Rupertsberg, en Bingen.

Pero desde finales del siglo pasado, la cerveza dejó de ser un producto exclusivamente elaborado por los monjes, y comenzaron a surgir cervecerías comerciales como esta en la que hoy me encuentro. En estos sitios, se produce tanto la elaboración de la cerveza como la venta y el servicio al público. Comenzaron siendo sencillamente hogares particulares en los que se fermentaba esta bebida y a los que acudían los amantes de la misma a echar unos tragos. Del término public house con el que se conocía y conoce a estos lugares es de donde viene la palabra pub.

-¡Gastwirt! -grito al tabernero, mientras elevo mi jarra ya vacía, gesto que a él le sobra para interpretar que quiero otra.

Preparo otro penique de Múnich. La ley esta de Guillermo IV también se mete con los precios. Aprovecharé hoy, porque según la ley a partir del día de San Jorge la cerveza puede ser vendida más cara, hasta el día de San Miguel. Así que me froto mi barriga y me doy unas palmadas en ella. La noche será larga.

Guillermo IV de Baviera. Hans Wertinger. Siglo XVI.

Para poder leer esta ley de la pureza de la cerveza de manera completa y traducida al español, podéis visitar la página de Cerveceo.

30 de marzo de 2015

Las vísperas sicilianas

Hoy es Lunes de Pascua. Día 30 de marzo del año 1282. Una muchedumbre rodea la iglesia del Espíritu Santo aquí, en Palermo, esperando que comiencen las liturgias y actos de celebración de este señalado día. Entre toda esta gente me encuentro, abriéndome paso lentamente para acercarme más a los muros del templo. Observo a uno y otro lado y noto miradas extrañas clavándose en mis ojos. Percibo que, a pesar de que hoy es una jornada de festejos, los sicilianos se miran entre ellos con gestos cómplices. Algo sucede. Tropiezo hombro con hombro con un tipo que se gira nervioso y me examina de arriba a abajo frunciendo el ceño. Le dirijo un gesto con la mano pidiendo disculpas mientras me alejo entre la gente, y no es hasta pasado un buen rato que el hombre deja de mirarme. Algunas mujeres hablan en corro entre susurros con semblantes demasiado serios para tratarse de una festividad. Otro joven se acomoda la chaqueta echándose la mano al costado, como queriendo palpar algo que esconde bajo las ropas, comprobando que sigue ahí, mientras mira al campanario de la iglesia. Me paro en seco cuando choco contra el pecho de un fulano de casi dos metros y brazos como mazas, que parece querer cortarme el paso mientras me mira serio y cruza sus brazos.

-Mi scusi -digo a la vez que le dedico una leve reverencia y avanzo cuando finalmente se aparta para dejarme paso, agachando mi cabeza y notando su mirada clavada en mi espalda.

Sin duda algo se cuece en esta plaza palermitana. Justo en este momento, escucho las campanas replicar. Llaman a vísperas. Un incómodo silencio sepulcral nace en el corazón de Sicilia.

Las vísperas sicilianas. Francesco Hayez. 1846.

En la otra punta de la isla, en el puerto de Mesina, una poderosa flota se encuentra preparada para partir en una campaña contra el Imperio Bizantino. El plan de Carlos I de Anjou, rey de Sicilia, es llegar a las puertas de Constantinopla y recuperar los dominios que según él son suyos por creerse heredero de los cruzados. Cierto es que no pocas veces este monarca se cree cosas, y quizá por eso los barcos que esperan en Mesina verán impedida su zarpa.

Carlos I de Anjou.
Palacio Real de Nápoles.
Carlos de Anjou, hermano del rey Luis IX de Francia, alcanzó el trono de Sicilia de una manera bastante convulsa. Hace más de treinta años, siendo rey de Sicilia Federico II, a su vez emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, un conflicto trascendental se vivía con el Pontificado, representado por la lucha entre las facciones que apoyaban respectivamente al emperador y a la Santa Sede: gibelinos y güelfos. Cuando Federico II murió en 1250, el Papa Inocencio IV se hizo con el control del reino, basándose en que fue la Santa Sede la que otorgó el poder a los normandos hace dos siglos. El caso es que aprovechando la oportunidad, el Pontificado inició la búsqueda de un monarca al que nombrar, uno que por supuesto les fuese favorable. Fueron varios los seleccionados para la ocupación del trono, pero no todos se mostraron interesados. No era raro, teniendo en cuenta la situación de tensión que se vivía en la isla.

-Yo paso -respondía Ricardo de Cornualles, hermano del rey Enrique III de Inglaterra, tras no llegar los acuerdos a buen puerto.

-¿Rey de Sicilia? Cojonudo -aceptaba, por su parte, Carlos de Anjou cuando se lo ofrecieron. Todo un regalo para alguien con la ambición de lanzarse a por el Imperio Bizantino.

Sin embargo, el angevino instauró un gobierno totalmente tiránico, en el que finalmente pasó a ser un reino dirigido de manera despótica y dictatorial por franceses. Sicilia estaba y está hoy administrada por autoridades francesas que tratan al pueblo con desprecio, arrogancia o incluso con violencia.

Las campanas dejan de tañer. Aquel joven que se palpaba las ropas mete ahora su mano entre ellas. Intercambia miradas con otros hombres y tras asentir, saca un puñal. Acercándose por detrás a un soldado, clava con fuerza el arma en su espalda. El silencio se rompe con un grito que despeja las dudas sobre lo que se estaba gestando.

-¡Muerte a los franceses!

Un griterío comienza a surgir. Aquí y allá los sicilianos descubren las armas que llevaban ocultas y comienzan a dar muerte a todo aquel que identifican como francés, no centrándose únicamente en los funcionarios, sino que asesinan a cualquier francés que ven, sin distinción de rango, sexo o edad. Son dos mil los franceses que en este momento viven en Sicilia. Ante la brutalidad de la escena que estoy contemplando, diría que ni uno de ellos sobrevivirá. Me muevo por las calles esquivando a todos los que por ellas corren. Unos huyendo, otros persiguiendo a los que huyen. Varios grupos de soldados se refugian en un convento, pretendiendo salvarse y no ser atacados en suelo sagrado. Pero varios hombres armados entran tras ellos, saliendo poco después con sus aceros teñidos de sangre. No hay escapatoria posible, los sicilianos están decididos a limpiar su reino de franceses.

De repente, alguien me agarra de la camisa y me arrastra con violencia hacia atrás, obligándome a darme la vuelta. Me golpea en el hombro empujándome contra una pared, para acto seguido colocarme la punta de una espada en el cuello, inmovilizándome.

-Dilo -ordena el tipo mirándome seriamente, con su rostro empapado en la sangre de sus ya varias víctimas, y apretándome poco a poco con más fuerza su acero sobre mi garganta-. Di ciciri. ¡Vamos!

-Ciciri -respondo acojonado, aunque ya me traía la palabra ensayada.

El individuo permanece unos segundos más clavándome su mirada, y finalmente baja su espada y se aleja corriendo, calle abajo. No sé si he pronunciado la palabra correctamente o ha identificado en mí un acento que, aun no siendo el correcto, tampoco es el francés. Ciciri, que significa garbanzos, es una palabra muy difícil de pronunciar en la lengua local. Aun dominándose a la perfección el idioma, un francés nunca podría pronunciarla correctamente debido a la fonética totalmente incompatible con la manera de hablar francesa. De este modo, este término se ha convertido en la prueba que los sicilianos establecen para identificar a un francés, dándole muerte inmediatamente cuando comprueban que no es capaz de decirlo bien, sea hombre, mujer o niño. Este método de identificación de la procedencia de una persona a través de la pronunciación de un determinado término, se conoce como shibboleth, debido a que esta fue la palabra utilizada por los efraimitas, según la Biblia, para distinguir a los suyos de los galaaditas, cuyo dialecto no incluía el sonido necesario para pronunciar la palabra que significaba algo así como espiga, tras los conflictos que los enfrentaron más de mil años antes del nacimiento de Jesucristo.

Aquí y allá escucho ciciri, seguido de llantos y gemidos en no pocos casos. Hoy todos los franceses de Sicilia serán masacrados. Esta noche las calles estarán cubiertas por dos mil cadáveres franceses.

Ilustración de la enciclopedia de la Historia de Francia de Guizot.

Muchas obras fueron inspiradas por este acontecimiento. Por ejemplo, una ópera de Giuseppe Verdi.

19 de febrero de 2015

Lugdunum, batalla entre romanos

Han pasado ya cuatro, desde el denominado año de los cinco emperadores, y fue entonces cuando empezó toda esta historia que hoy termina. Es 19 de febrero del año 197 y me encuentro en la ciudad romana de Lugdunum, que no solo es la capital de esta provincia, la Galia Lugdunense, sino que se trata de la ciudad más importante en esta parte de Europa. Fue fundada por el avispado Lucio Munacio Planco en el año 43 antes de Cristo, un año después de recuperar su cargo de gobernador de la antigua Galia Comata, llamada así porque viene del término coma en latín, que significa melena. No sé a quién se le ocurrió pero siempre me hizo gracia, y es que escogieron ese nombre porque los habitantes de estas tierras acostumbraban a llevar el pelo muy largo. Estos celtas greñudos...

Legionario romano a caballo.

Acabo de pedirle a un compañero que me resuma muy brevemente el año de los cinco emperadores, y le especifico que sea escueto no solo porque sé que es una larga historia, sino también por el mal aliento que tiene el colega al hablar mientras se zampa una sopa de ajo.

-Asesinaron a Cómodo el último día del año 192. Al día siguiente el prefecto Publio Helvio Pertinax fue nombrado emperador a pesar de que tampoco tenía demasiado interés. Anciano y coherente, intentó cuadrar las cuentas de su joven y despilfarrador predecesor, por lo que la guardia pretoriana lo asesinó en primavera, en cuanto vieron peligrar sus elevados y corruptos sueldos. Luego no se les ocurrió una idea más cojonuda que subastar el puesto de emperador. La subasta la ganaría el que más pasta les soltase a los pretorianos, y ese resultó ser el político Marco Didio Juliano, quien se calentó y le pagó a cada soldado de la guardia casi diez veces el salario anual. Poco después salieron de repente tres emperadores más proclamados por sus propias tropas y considerados usurpadores. Cayo Pescenio Níger en Asia Menor, Décimo Clodio Albino en Britania y Lucio Septimio Severo en Panonia. Fue Severo quien decapitó a Juliano en verano y mandó a tomar por saco a los pretorianos, ejecutando a los asesinos de Pertinax -toma aire y apura su sopa sorbiendo lo que le queda con un sonoro ruido-. Al año siguiente derrotó a Pescenio, y hoy, por el bien de nuestro culo, espero que venza a Albino.

Eso espero yo también, como bien dice mi compañero, porque hoy formo parte del pelotón de caballería del ejército de Septimio Severo. El pasado invierno fuimos organizados a orillas del Danubio, e iniciamos la marcha hacia estas tierras. No hace muchas semanas que tuvimos un primer conflicto con las legiones de Albino en Tinurtium, pero lo de hoy sí que parece que va a ser gordo. Somos muchos, quizá más de sesenta mil soldados, pero el problema es que ellos suman una cantidad aproximada. Y si además de en número somos semejantes en formación y técnica, está claro que la batalla será larga, lenta y, sobre todo, sangrienta. Lo cierto es que únicamente existe una diferencia, y yo formo parte de ella: la caballería. Lo cierto es que la caballería romana es de lo peor, y los experimentados jinetes partos, sármatas, galos, germanos o númidas se ríen de nosotros. Pero hoy yo monto sobre mi caballo marrón todo chulo, porque al fin y al cabo el enemigo es también romano, aunque cada vez se reclutan más extranjeros para la caballería. Es todo un privilegio ir a caballo, sobre todo por las caminatas, pero la limpieza de las cuadras es cosa del jinete y este bicho echa unas cagadas monumentales.

Hablaré de mi equipo. Sobre mi camisa he optado por llevar una cota de malla, que me resulta más cómoda para cabalgar que la armadura de placas habitual. Mi casco es similar al del resto de legionarios, pero carece del apéndice trasero, ya que en caso de caída ese chisme supondría una fractura de cuello casi asegurada. Tengo media docena de jabalinas dispuestas para ser lanzadas en los primeros momentos de la batalla, y en cuanto a mi espada, no llevo el típico gladius como los de infantería, sino que en caballería tenemos la spatha, que tiene una hoja mayor. Se puede decir que la tenemos más larga. Y, hablando de eso, visto pantalones, no quiero ni pensar cómo debe ser montar a caballo con las pelotas bajo una túnica.

Estoy situado en el flanco izquierdo del bloque de nuestro ejército. La caballería suele ocupar las alas de la formación, y hemos recibido órdenes de desestabilizar las filas enemigas y perseguirles cuando su desorganización les lleve a retroceder o incluso huir. Cuando comienza el enfrentamiento todo parece suceder como se esperaba. Las legiones de infantería chocan y la batalla parece igualada. Nosotros nos mantenemos a la espera, con la intención de no cansar a nuestros caballos hasta que no sea el momento justo. Yo me coloco el casco para poder escuchar algo por los orificios, y empuño una de las jabalinas con nerviosismo. Me da la impresión de que por el flanco derecho ya están penetrando entre los soldados de Albino, y me consta que con gran efectividad, sembrando el campo de batalla de cadáveres. El enfrentamiento será largo, no como las habituales luchas de unas pocas horas, por lo que a este ritmo no me extraña que esta batalla llegue a considerarse la más sangrienta y cruel batalla entre ejércitos romanos que se registrará en toda la Historia.

Busto de Septimio Severo.

Una novela ambientada en estos años es Aemilius, de Ricardo Hernández.