El réquiem de Mozart

Hace un año y veintiocho días que falleció uno de los más solemnes compositores de toda la Historia. La madrugada del día 5 de diciembre de 1791, con su último aliento, uno de los mayores genios de la música a duras penas y de manera muy tenue susurraba el ritmo de los timbales de una obra que no llegaría a finalizar: su réquiem. Inmediatamente después, expiraba.

Un día del verano de aquel año, alguien llamó a la puerta de la primera planta del número 970 de la Rauhensteingasse, en el centro de Viena. Un joven de treinta y cinco años se levantó del suelo, donde estaba jugando con su hijo de siete años, para atender a la inesperada visita. Al abrir la puerta descubrió ante él a un enigmático personaje vestido completamente de negro que se presentó sin querer identificarse. Una amplia capa no delataba nada más que su corpulencia, su sombrero confundía al estimar su altura y bajo una tenebrosa máscara su voz masculina sólo desvelaba que se trataba de un hombre. Extendió lentamente una enguantada mano tendiendo una carta, volviéndose después y alejándose sin añadir nada más. Poco después, a la luz de una vela del oscuro salón del no muy grande apartamento, el joven comprobaba que aquel mensaje no era otra cosa que el encargo de una obra: un réquiem. En la mente del genio austríaco acababa de instalarse lo que llegaría a convertirse en una obsesión que perturbaría su ya deteriorada conciencia, contaminada por el exceso de trabajo, las deudas y una cada vez más grave enfermedad. Aquel misterioso enmascarado no era otro que uno de los criados del conde Franz Von Walsegg, un joven aristócrata austríaco aficionado a la música que encarga obras de manera anónima a los más destacados compositores, para posteriormente estrenarlas en los salones de su castillo en conciertos privados en los que asegura que han sido compuestas por él mismo. El conde Walsegg, con veintiocho años de edad, había perdido a su esposa Anna el 14 de febrero de aquel año de 1791, cuando ella tan sólo tenía veinte. Tal era su amor que a pesar de su juventud jamás volverá a casarse otra vez. Tras el fallecimiento, el conde encargó la construcción de un majestuoso mausoleo en los alrededores de su castillo, en el que dio sepultura a su esposa. Meses más tarde, tomaría la decisión de encargar la creación de un réquiem para honrar la memoria de Anna, y quiso que esa obra fuese escrita por el más prestigioso compositor de este momento. Pero el músico que recibió el encargo nunca supo que esa misa de difuntos estaba destinada a esa joven. El perjudicado espíritu del brillante compositor disfrazó la realidad del mismo modo que aquel misterioso personaje que le había encargado esa obra había enmascarado su identidad. El maestro siempre pensó que aquel enlutado desconocido era un emisario de la misma muerte. Wolfgang Amadeus Mozart creyó hasta el final de sus días que había recibido el encargo de componer el réquiem de su propio funeral.

Personaje enmascarado en la película Amadeus, de 1984.

Hoy es 2 de enero del año 1793. Ocupo una de las butacas de la sala de conciertos Jahn, en Viena. Esta noche va a estrenarse una de las obras más importantes de Mozart, su Réquiem. Tras fallecer sin haber finalizado esta obra, su esposa Constanze solicitó que esta composición se finalizase, para poder cumplir con aquel extraño encargo que su marido había recibido, y poder así cobrar lo acordado para aliviar su difícil situación económica. Los beneficios del concierto de esta noche serán para ella, por iniciativa del mecenas neerlandés Gottfried van Swieten, quien tanto había colaborado con Mozart. Constanze pidió en un principio a Joseph Leopold Eybler, compositor y gran amigo de su fallecido esposo, que concluyera la partitura que Mozart había dejado sin terminar. Sin embargo, Eybler nunca pudo enfrentarse a semejante petición, pues tal era su respeto por la obra del maestro austríaco que no logró afrontar el compromiso de finalizar el réquiem de un genio. De esta manera, la interpretación que estoy a punto de escuchar ha sido acabada por el discípulo de Mozart, Franz Xaver Süssmayr, a quien Constanze acudió cuando Eybler confesó estar desbordado por la tarea. Con unos veinticinco años de edad, Süssmayr afrontó el que se convertirá en el trabajo por el que pasará a la Historia: finalizar el Réquiem de Mozart.

Ilustración de los últimos días de Mozart.
Comienza el Introitus, una de las partes que Mozart dejó completas. Toda la gente admira en total silencio las notas con las que comienza la obra. Tras los primeros instantes, las voces del coro cobran protagonismo, naciendo poco a poco hasta casi inspirar respeto durante el Kyrie Eleison, también escrito en su totalidad por Mozart. Magnífico. De las partes de la Sequentia, sólo pudo terminar el Dies Irae, mientras que las demás fueron completadas por Süssmayr gracias a las anotaciones que su maestro le dejó, como si estuviera convencido de que la muerte se lo llevaría antes de que pudiera terminar lo que él creía que era el canto fúnebre de su propio entierro. Mozart pasaría sus últimos días invirtiendo sus ya menguadas fuerzas en indicarle a su discípulo las directrices a seguir para continuar con su misa. Continúa la exquisita interpretación con el Offertorium, dentro del que se sitúan el Domine Jesu, que Mozart dejó planteado, y la parte correspondiente a Hostias, coral, de la que se encargó el alumno. El Sanctus, íntegramente compuesto por Süssmayr, viene seguido por el Agnus Dei, que también Mozart pudo dejar, al menos, explicado a su discípulo. La obra ve su fin con el Communio, parte que debemos por completo a Süssmayr, habiendo muerto su maestro sin poder siquiera plantearlo.

La sala Jahn de Viena finaliza con una parte más, que ni maestro ni discípulo escribieron: la melodía de los aplausos de todos los aquí presentes. Aunque ese conde utilice esta partitura para recordar a su esposa, aunque el selecto conjunto de personas que asistan al concierto de su castillo sean engañadas cuando asegure que él mismo es el autor de esta obra, la Historia sabrá que este réquiem lo debemos al talento de Wolfgang Amadeus Mozart, quien murió convencido de que la misma muerte fue la que le encargó la partitura de la música de su propio funeral.

Firma del compositor Wolfgang Amadeus Mozart.

En esta entrada, de fondo, se puede escuchar la parte correspondiente al Lacrimosa Dies Illa, perteneciente a la Sequentia, y que es una de las partes más bellas y conocidas del Réquiem de Mozart.

Comentarios

Herodoto Posse ha dicho que…
Una obra maestra, y una de las pocas películas sobre Mozart que se han hecho, y que encima merece la pena ver una y otra vez. Genial.