8 de diciembre de 2016

Auto de fe en el Nuevo Mundo

Hoy es 8 de diciembre del año 1596. Segundo domingo del advenimiento. Día de la Limpia Concepción de Nuestra Señora, la Virgen María. Estoy en la ciudad de México, concretamente en mitad de la Plaza Mayor, rodeado por una gran multitud que no quiere perderse la fiesta que aquí va a tener lugar. Para muchos es como un espectáculo, pero joder, digo yo que ya podían buscar otra hora, que aún ni ha amanecido del todo. Debe ser una gran putada tener que madrugar para ir a que te ejecuten.

Ejecución de Mariana de Carvajal. El Libro Rojo. 1870

Debo de tener una cara de dormido importante. Se me abre la boca todo lo que me da la mandíbula, y finalizo mi lamentable gesto relamiéndome con ojos llorosos cual gato recién despertado. Sólo al terminar me percato de que una joven indígena me mira boquiabierta, quizá preguntándose cuántos meses debe llevar sin dormir el tipo que tiene ante sí para protagonizar tan dantesco bostezo. Intento disimular carraspeando pero creo que ya es demasiado tarde. Me mira raro. Una pena, porque estaba buena. Me hubiera gustado poder invitarla a un mezcal. Ciertamente he dormido poco, pues anoche quise acercarme a la procesión de la Cruz Verde. Los familiares de los reos se han pasado la noche rezando mientras traían la cruz del Santo Oficio hasta esta plaza. Opto por meterme entre la gente, avanzando hasta la primera fila, y es cuando puedo observar cómo todo ya parece preparado. La triste comitiva de condenados está llegando, y poco a poco son colocados sobre un tablado. Avanzan en primer lugar los acusados de delitos más leves. Hoy hay un par de fornicarios, siete blasfemos, tres bígamos e incluso un desgraciado al que han acusado de arrancar los edictos que el Santo Oficio coloca en las puertas de las iglesias. Suben también otros inculpados por delitos más graves. Hay siete hechiceras, dos encubridores de judaizantes y un buen puñado de acusados de guardar la Ley de Moisés. Hay también algún monigote para procesar a otros tantos por lo mismo in absentia. No se escapan ni los muertos, pues también serán quemados los huesos de dos difuntos encontrados culpables por esto último. Se ha puesto de moda este asunto desde que hace ciento diez años el Papa Inocencio VIII concediera el permiso de exhumación y quema póstuma. En total, la madera del patíbulo soporta ahora mismo el peso de sesenta y ocho condenados que, unos más conscientes que otros en función del horror de las torturas a las que han sido sometidos, esperan cabizbajos su momento de subir a la plataforma desde la que escucharán sus sentencias con sus manos entrelazadas atadas a un crucifijo.

Muy diferente es la grada en la que se encuentran las autoridades. Toda una obra de carpintería. En madera de nogal, las gradas poseen asientos de cuero y no hay ni un trecho que no esté cubierto por ostentosas alfombras. Distingo en el centro del Tribunal, cubierto por elegantes doseles, al virrey de la Nueva España, Gaspar de Zúñiga Acevedo y Velasco, para el que se reserva la mejor de las posiciones. Su sillón es de terciopelo y está provisto de caros cojines para garantizar su comodidad durante el proceso. A su alrededor, y dependiendo de su antigüedad en el cargo, se sientan los inquisidores. Un poco detrás veo a los alcaldes de la Corte, y entre las cabezas de los muchos aquí presentes ya veo cómo avanza el estandarte de la Inquisición, enarbolado por el fiscal mientras dos caballeros de hábito le acompañan sujetando cada uno una borla de esa enseña a la que todos miran casi con miedo. Detrás llega el alguacil mayor de la Cancillería y el capitán de la Guardia, flanqueados por dos tenientes. Ocupan su lugar en la tribuna de la Iglesia los cabildos y demás fulanos eclesiásticos.

-En presencia del doctor Lobo Guerrero, arzobispo del Nuevo Reino de Granada; el licenciado don Alonso de Peralta y el fiscal licenciado Marcos de Baborgg...

Los lectores comienzan a dar su pertinente chapa. Bajo las órdenes del secretario, cada uno de los acusados es conducido al pedestal sobre el que escucha su sentencia. Todos ellos visten el capotillo conocido como sambenito, ahora manchado por las frutas y verduras podridas que los vecinos les han arrojado de camino a esta plaza. Una soga cuelga de sus cuellos y sobre sus cabezas llevan la ridícula coroza. Al que aún le quedan fuerzas para responder a los insultos que reciben, le amordazan. Los veredictos menos graves se resuelven con penas que van desde una somanta de azotes al destierro pasando por el envío a galeras. Pero cuando las velas que han de portar los reos son de color verde, la cosa se pone más seria. Hablamos ya de los delitos de los judaizantes. Entre los desgraciados que pertenecen a este grupo de relajados, es decir, de condenados a muerte, se encuentra el muchacho cuyo nombre es leído en este momento.

-Luis de Carvajal -dice con firme voz el inquisidor-. Condenado a ser quemado vivo, en vivas llamas de fuego, hasta que tu cuerpo se convierta en cenizas.

Como distintivo en su trágico uniforme, el joven de 30 años, nacido en Benavente, en Zamora, lleva además una larga cola enroscada que le identifica como rabino. Me veo obligado a apartar mi mirada de la escena, y es entonces cuando veo entre la gente a fray Alonso de Contreras. Con sus manos entrelazadas sobre su pecho, musita lo que supongo que es una oración por el alma del que ha llegado a convertirse, me atrevo a decir, en su amigo. El fraile tiene órdenes de las autoridades judiciales de permanecer ajeno al procesamiento de aquel al que durante tanto tiempo ha intentado convencer para que abandonara el culto a Jehová, abrazando el de Dios. Sé que en este instante, ambos, tanto el dominico como el reo, saben que rezan al mismo ser supremo.

-Como vos, también Luis parece murmurar una oración -me atrevo a decirle al fraile, intentando ser amable-. Quizá ese soneto sobre el perdón que él mismo compuso.

-No pude ayudarle -responde el dominico finalmente, en voz baja.

Tortura de Francisca de Carvajal. El Libro Rojo. 1870
Dirijo mi mirada de nuevo al patíbulo. Las sentencias siguen leyéndose. Entre los nombres que resuenan en esta Plaza Mayor, están también el de la madre de Luis, Francisca de Carvajal; sus hermanas, Isabel, Catalina y Leonor; o su buen amigo Manuel de Lucena. Sólo dos de sus hermanas están hoy ausentes entre las piras, y no sé si entenderlo como una fortuna, o como un auténtico tormento al sobrevivir a la ejecución de toda su familia, a sabiendas, quizá, de que eludirán la hoguera sólo de manera temporal. Mariana, fruto de las torturas, ha sido declarada trastornada mentalmente, mientras que Ana, la menor, ha sido de momento reconciliada. Sus hermanos Miguel y Baltasar consiguieron huir hacia Turquía. Y muy atrás quedaba ya en esta historia el hermano mayor, Gaspar, quien ingresó como monje en España. Toda la familia Carvajal protagoniza hoy el desenlace de este trágico episodio que vio su comienzo hace dieciséis años, cuando la nave Santa Catarina zarpaba desde España hasta estas tierras. En ella viajaba Luis de Carvajal y de la Cueva, con el cometido de fundar y administrar el Nuevo Reino de León. Acompañándole, su hermana Francisca y su familia se embarcaron con el sueño de prosperar en el Nuevo Mundo, un sueño que compartían las muchas familias provenientes de Portugal, Zamora o Medina del Campo que igualmente formaban parte de este viaje liderado por el nuevo virrey, Lorenzo Suárez de Mendoza. Pero la ilusión de los Carvajal de una nueva vida incluía un aspecto que el gobernador no compartía. Años después, Luis montaría en cólera cuando los suyos le desvelaran el secreto de estar practicando los ritos judaicos. Nada quiso saber de los suyos desde ese momento, rompiendo la entrañable relación que mantenía especialmente con sus sobrinos. Pero a pesar de todo, el bravo conquistador nunca denunció el delito que sus propios allegados estaban cometiendo. Fue algo que terminaría por costarle la vida cuando, tiempo después, fue apresado bajo la acusación de encubrir a judaizantes, muriendo en una fría celda bajo crueles tormentos.

-Luis y su familia recuperaron en secreto los rituales de sus ancestros -me cuenta fray Alonso, refiriéndose ahora al Mozo, pues así llaman a Luis para diferenciarlo de su tío de igual nombre-. Considerados marranos en España, tenían la esperanza de que aquí las cosas pudieran ser de otro modo.

-Pero el fuego quema igual en todos los lugares -susurro más como reflexión que para que el fraile me escuche-. Y la crueldad de los hombres es también algo que ni el amplio océano mengua.

No fue hasta los 12 años cuando Luis descubrió que sus padres judaizaban. Desde ese momento, bajo la orientación de su padre, comenzó a experimentar la fe de sus antepasados, viviendo de manera perpetua una angustiosa evolución en la que se veía atrapado por una doctrina prohibida. Hasta que en su interior venció la demanda de una vida entregada al mensaje veterotestamentario. Fue en ese momento cuando comenzó a utilizar, sobre todo en los escritos que le han llevado a ser considerado el primer escritor judío del Nuevo Mundo, el nombre de Yosef Lumbroso, simbolizando su intención de perseguir la que él consideraba su luz.

-De haber nacido antes que el Redentor, su nombre aparecería en las Escrituras Hebreas -me jura el dominico mirándome a los ojos por primera vez, como saliendo de su trance-. Con la misma importancia que los grandes nombres que ahora conocemos.

Fray Alonso avanza poco a poco, apartando a los presentes, abriéndose paso. Luis está siendo conducido a la pira. El viejo fraile, con ojos casi llorosos, logra alcanzar al joven, desobedeciendo las órdenes que tenía de no volver a interactuar con el acusado.

-Luis -le ruega, sujetando su rostro entre sus manos para obligar al joven, demacrado por la tortura, a mirarle a los ojos-. Soy yo, Luis.

El dominico, no pudiendo soportar la idea de que el muchacho muriese como un hereje, pretende casi entre llantos hacerle reflexionar. Intenta transmitirle unas últimas palabras que logren, al menos, arrancarle la más mínima declaración que pueda ser entendida como merecedora de la piedad del tribunal. Desconozco si Luis puede oírle, o si ya su mente se encuentra totalmente destruida. Fray Alonso, desesperado, toma una de las Biblias que reposaban sobre las gradas, leyendo versículos, fragmentos, líneas que puedan despertar en el joven la confianza para pronunciar una palabra que sirva para apaciguar el inminente tormento del fuego. Desde aquí sólo puedo ver cómo los labios del fraile se mueven, temblando su barbilla por la necesidad de llorar por su amigo. Y es que toda la gente que abarrota esta plaza chilla y grita, quejándose por la interrupción del dominico, y animando a los oficiales a que continúen con el proceso.

-¡Señores! ¡Señores! ¡Piedad!

El viejo fraile se dirige al tablado de las autoridades, gritando, con un brillo de esperanza en sus ojos. Casi recibe alguno de los podridos vegetales que la gente sigue lanzando contra el patíbulo, pero parece no importarle, pues su único cometido es ser escuchado.

-¡Ha hablado! ¡Ha hablado!

Desde la tribuna de los inquisidores, algún gesto indica a los oficiales, dispuestos a echar de allí al dominico, que permitan hablar al anciano. Como si de un milagro se tratara, el pueblo guarda silencio, expectante.

-Luis... Luis -dice el fraile, volviendo a tomar el rostro del joven entre sus manos-. Repítelo.

-Bendita sea -musita el joven, casi sin poder mover sus agrietados labios manchados de sangre-. Bendita sea la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Antes de marcharme del lugar, observo una última vez esta escena que, a pesar de resultar igualmente trágica, no lo es al menos tanto como en un principio pudo esperarse. Luis, sujeto al garrote por una argolla de hierro puesta en su cuello, mira fijamente al que fuera su confesor. Las llamas devorarán su cuerpo, pero su final llegará con la vuelta del garrote vil que rompa sus vértebras de manera rápida.

-No me olvides en el cielo, Luis -murmura el fraile sujetando las casi inertes manos del muchacho entre las suyas para evitar que caiga el crucifijo que sostiene entre sus temblorosos dedos-. Pues ten por seguro que allí te diriges.

En la Plaza Mayor de la ciudad de México, miles de voces al unísono rezan un padrenuestro por el alma del joven que en este momento es ejecutado, así como por las de los demás condenados. Cuando el verdugo da una vuelta más al garrote, fray Alonso cae de rodillas orando entre susurros. Las manos de Luis quedan colgantes, y el crucifijo cae entre las ramas secas que muy pronto comenzarán a arder.

Escultura de homenaje a Luis de Carvajal y de la Cueva. Monterrey. México

Una fuente tan interesante como el hecho de que se encuentre disponible en Cervantes Virtual, es La vida criolla en el siglo XVI, de Fernando Benítez.

8 de septiembre de 2016

La primera vuelta al mundo

Las aguas del Guadalquivir, a pesar de su tranquilidad, provocan un hipnotizante murmullo al chocar contra la roda de nuestro barco, pues mientras ellas descienden en busca del Atlántico, nosotros subimos con destino Sevilla. Apoyado en la borda derecha de esta nave remolcadora, en proa, busco con la mirada el muelle de la ciudad, donde atracaremos. Siendo poco amigo de los tambaleos de los barcos, yo hoy me encuentro perfectamente, pues no hace ni dos días que me subí a este buque, en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Pero la nao que nos precede necesitando de nuestra ayuda debido a su deteriorado estado, ha tocado agua dulce por vez primera desde que hace tres años partiese del mismo puerto sanluqueño, entregándose a las aguas saladas para iniciar el viaje más largo que nadie puede realizar, aquel que curiosamente te lleva al sitio más cercano del inicio. Partida y meta eran el mismo punto, pero desde que desataran los cabos hasta que echaran el ancla habrían de recorrer todo el globo. El mundo entero. Hoy más que nunca el estropeado barco que tengo detrás de mí se ha ganado su nombre. Hoy, día 8 de septiembre del año 1522, la Victoria descansará tras completar la primera circunnavegación de la Historia.

Nao Victoria. Réplica actual.

Recorro lentamente el estribor cagándome en todo porque no corra ni un mínimo de brisa, estoy asfixiado con este calor. Y llegando a popa contemplo ese precioso buque de alto bordo que ahora mismo navega cansado, moribundo, como si ya hubiese agotado sus fuerzas y esperase que las aguas de este río le arrastrasen hasta su lecho. Aprecio sus más de siete metros de manga, y admiro cómo su botalón apunta firme hacia su cercano destino, alzado como la espada del fiero conquistador que ha surcado las aguas de territorios jamás vistos por ningún hombre de nuestra tierra. Pienso que a cada metro recorrido, esa vela cebadera se introducía en paraísos desconocidos, seguida del trinquete y del palo mayor, donde el aspa de Borgoña ondea mostrándole al mundo que la hazaña más ambiciosa de la navegación ha sido realizada bajo el emblema de España. Hace tres años, otras cuatro naves avanzaban a su lado. Esta carraca era la más pequeña de la flota a excepción de otra nao. Hoy sólo queda ella. Doscientos treinta y cuatro hombres constituían la tripulación. Hoy, sólo dieciocho regresan.

Poco a poco comienzan a escucharse voces. El griterío de la gente en el muelle crece a medida que nos acercamos. Todas las miradas están puestas en el barco superviviente. Las orillas están repletas de personas que han venido a recibir a los navegantes protagonistas de la más larga travesía recorrida jamás, que se sepa. Observo a muchachos maravillados, desgañitándose en gritos de excitación. Veo a hombres vitoreando, orgullosos de ser compatriotas de esos valientes que han logrado rodear el orbe de agua, descubriendo lo desconocido, otorgando a nuestro mundo un mar de nuevos conocimientos y posibilidades que sin duda valen más que las riquezas que traen en las bodegas. También distingo a algunas mujeres con ojos llorosos, con sus manos entrelazadas susurrando oraciones de agradecimiento por la fortuna de los vivos, y plegarias de compasión por todos aquellos que se han quedado en algún punto del extenso periplo. Cuando la Victoria atraca en el muelle, su quilla se estabiliza y a la luz del atardecer casi puedo ver cómo la nave expira para finalmente dormir tras su viaje de tres años. Ha alcanzado su meta. Ha conseguido su objetivo. La pasarela de madera toca por fin tierra española, siendo tendida a los pies de los miembros de la Casa de Contratación, que ansiosos esperan ver aparecer a esos dieciocho marinos a los que deben el privilegio de poder ampliar los trazos de nuestros mapas.

Con la llegada de la noche la gente empieza a abandonar el muelle. Las autoridades ascienden por la rampa accediendo al buque para encontrarse con los tripulantes, pues han manifestado su intención de pasar la noche en el que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Cuando me uno a ellos a bordo de la Victoria quedo impresionado ante lo que veo. Casi una veintena de hombres escuálidos es lo que queda de la amplia expedición que ha dado la vuelta al mundo. Sólo algunos permanecen en pie intercambiando algunas palabras con los funcionarios que no dejan de abrazarles y felicitarles. Enseguida toman de nuevo asiento, debilitados, enfermos, pero con un brillo de satisfacción en sus ojos, enormes por el contraste con sus cadavéricos rostros a la luz de los candiles repartidos por la cubierta. El factor de la Casa de Contratación y algunos miembros de la administración de la ciudad de Sevilla conversan con un hombre de enredados cabellos, más abundantes en el momento de su partida que ahora durante su regreso, y de poblada barba oscura. Ese hombre que ya supera los cuarenta años de edad es Juan Sebastián Elcano. Se embarcó como contramaestre de la Concepción, y hoy ha regresado como capitán de la expedición, tras cumplir con éxito su misión de completar el viaje tras la muerte del que liderase la campaña desde su inicio hasta su muerte, Fernando de Magallanes.

Juan Sebastián Elcano.

Apoyado sobre un barril, observo a un hombre de nariz aguileña, acentuada por la extrema delgadez que sufre, aunque creo que no es de los que peor aspecto tienen. Desparramados sobre su improvisada mesa se encuentran algunos trozos de papel repletos de notas. Sobre uno de ellos, alcanzo a ver que está plasmando la fecha del día de hoy, para dejar después su pluma a un lado, y elevar esa hoja ante él examinándola con una cansada sonrisa. Me da la impresión de que el humanista, el italiano Antonio Pigafetta, acaba de finalizar su crónica.

-¿Era ese el punto final?

Me acerco y amablemente relleno de agua el cuenco que a su lado tiene para después servirme a mí otro de la jarra que reposa entre sus anotaciones. Sonríe asintiendo con su cabeza y pronto comenzamos a hablar mientras el cielo se tinta por completo de negro. Aprovecho para preguntarle acerca de la expedición. Me cuesta mucho seleccionar los temas más importantes, pues no quiero ser cansino, que el hombre querrá descansar, pero es que son innumerables las cuestiones que se me ocurren. Estos marineros acaban de completar una vuelta al mundo.

-Mayo de 1520 -confirma revisando una de esas páginas amarillentas cuando le pregunto acerca del resto de las naves-. La Santiago se hundió tras despedazarse contra las rocas de las costas de lo que el capitán llamó Patagonia. A finales de ese año, poco antes de que divisáramos el estrecho que nos llevó a las pacíficas aguas del nuevo océano, la San Antonio, el más grande de nuestros barcos nos abandonó y dio media vuelta.

-¿Qué provocó la sublevación?

-Muchos de los nuestros pensaban que la expedición había fracasado. Llevábamos meses dirigiéndonos al sur y no encontrábamos ningún paso hacia el oeste. Cuando por fin creímos hallarlo nos dimos cuenta de que habíamos perdido quince días navegando por una ensenada. A la falta de provisiones que causó la reducción de las raciones, se añadió otro terrible mal. El intenso frío de aquel lugar. Creo que todos llegamos a pensar en algún momento que nuestra campaña había llegado a su fin.

Antonio dirige su mirada a Elcano, que continúa atendiendo a las autoridades. Añade que el propio líder que ahora ha logrado cosechar el éxito de la dura misión, formó parte durante aquellos días del intento de motín, desvinculándose finalmente del grupo que se volvió para España. Me sobrecoge escuchar el relato del cronista, explicándome cómo tuvieron que alimentarse a base de agua casi podrida, galletas con gusanos, ratas o incluso pieles de vaca destinadas a la protección de los mástiles para evitar la fricción de las maromas. El tramo comprendido entre el Estrecho de Todos los Santos y las Islas de los Ladrones tuvo que ser el más horrible de todo su viaje, pues tuvieron que compartirlo con polizones como la hambruna o el destructor escorbuto que tanto diezmó a la tripulación.

-Ocurrió en abril de 1521 -responde Antonio ahora a mi pregunta sobre la muerte de Magallanes-. El capitán subestimó a la población indígena y quiso ahorrar recursos enfrentándose con sólo medio centenar de hombres a toda una tribu de más de mil guerreros. Murió lanceado en la playa. Estábamos en las islas a las que puso el nombre de San Lázaro. Perdimos la batalla y con ello la confianza del caudillo al que habíamos prometido ayudar en sus guerras locales a cambio de provisiones. Sufrimos una traición, cayendo envenenados algunos de los nuestros, y además partimos de ese lugar con una nave menos, pues la Concepción estaba tan deteriorada que no nos sirvió más que para calentarnos con el fuego que alimentamos con su madera.

-Ya sólo navegabais con dos, y aún debíais regresar bordeando las costas africanas.

-Cuando alcanzamos territorio conocido, al llegar a las islas de las especias, tuvimos que prescindir también de la Trinidad, pues requería serias reparaciones.

A partir de ahí, bajo el mando de Elcano, la menguada tripulación completó su viaje navegando por las hostiles costas controladas por los portugueses. Tras despedirme del sobresaliente agradeciéndole la entrevista, dirijo una última mirada a los dieciocho héroes.

Dedico el resto de la noche a pasear por el puerto. Joder, ¿es que no se va a levantar ni la más mínima brisa? Sigue haciendo un calor espantoso. Todavía son varios los curiosos que pululan como yo por el muelle, cerca de la Victoria, a la espera de que los marineros finalmente bajen de su nave. Sólo cuando los primeros rayos de sol comienzan a hacer que el cielo claree, alcanzamos a ver cómo los hombres descienden por la pasarela. Nada de vítores ya. Ninguna fiesta ni celebración. Aquellos hombres caminan lentamente, en silencio, portando cada uno de ellos un cirio encendido. Se cubren con los harapos que han vestido en su último tramo del viaje, y van descalzos. Sus camisas, sucias y rotas, dejan ver las marcadas costillas de sus pechos huesudos. Como si de una procesión de espectros se tratase, pasan entre la gente y se dirigen a la Catedral. Allí, en las capillas, se reencontrarán con la Virgen a la que hace tres años solicitaron su protección. Le agradecerán que, al menos a ellos, se la haya brindado.

Ruta realizada por la expedición.

La fundación Nao Victoria recorre los puertos de todo el mundo con la réplica de la nave que da nombre a su proyecto, permitiendo conocer en persona todos los secretos que rodeaban al único barco que completó la primera vuelta al mundo.

3 de julio de 2016

Único emperador

Colocar flecha, tensar arco, apuntar para arriba y... que sea lo que Dios quiera, supongo que es en quien debo confiar ahora. Aquí estoy bien. A distancia, con mi arco. Me encuentro a orillas del Hebro, concretamente en el meandro que dibuja este río en el punto en el que sale su principal afluente, que por aquí llaman Thundza. Estas aguas separan al pelotón en el que me encuentro, formado por unos cinco mil arqueros, del campamento de nuestros enemigos. De ahí que mi tarea consista únicamente en eso. Colocar flecha, tensar arco, apuntar para arriba y... disparar. A nuestra derecha, abiertos en una línea de unos cuatro kilómetros de ancho, se encuentra el grueso de nuestro ejército. Ciento quince mil soldados a pie, flanqueados por algo menos de diez mil jinetes. Dicho así no suena nada mal, pero es que nos enfrentamos a un ejército muy similar al nuestro, pero que cuenta entre sus filas con ciento cincuenta mil infantes acompañados en sus flancos por más de quince mil soldados a caballo. Sin embargo, Constantino sabe que vale más la ferocidad de sus veteranos que el número superior de los contrarios. Es por ello que hoy, día 3 de julio del año 324, Licinio es, de los dos emperadores romanos que hoy aquí se enfrentan, el que más acojonado debe de estar.

Arco de Constantino. Roma.

Las flechas silban cuando ascienden al azul cielo que nos cubre en este veraniego día, y caen algunas hincándose en el encharcado prado sin mayor peligro, mientras que varias se espetan en los escudos con golpes secos, a la vez que otras encuentran su objetivo y arrancan alaridos de dolor. Por un instante me quedo embobado mirando al cristalino Hebro, rodeado por mis compañeros, que no cesan en su repetitiva maniobra de causar esa lluvia de flechas sobre los soldados que, a pesar de pertenecer a nuestro imperio son ahora enemigos. Cuenta uno de los mitos griegos que fue a estas aguas donde las bacantes arrojaron la lira de Orfeo. Se tiraba todo el día tocando, pero no le hubiera molestado tanto que su instrumento acabara en el río si no fuera porque cayó acompañado de su cabeza. Tal era su amor por Eurídice que a pesar de que el tío las tenía a todas locas, se negó siempre a entregarse a otra ninfa que no fuera su esposa. Y de ahí su final. Pobre hombre.

-¡Avanzad!

Las primeras líneas del ejército de Licinio reaccionan y su disciplinado paso amenaza a los nuestros. Pero lejos de acobardarse, los experimentados guerreros de Constantino toman posiciones, preparados para el combate. Al otro lado del campo de batalla, la ciudad de Adrianópolis contempla el desenlace, a la espera de saber si esta noche, ella, como todo el imperio, dormirá bajo el mandato de un único emperador.

Llevamos once años gobernados por dos líderes. Pero vamos, que veníamos de estar bajo el gobierno de tres, e incluso hasta cuatro emperadores. En el año 313, tras la victoria de Constantino el año anterior sobre Majencio en la Batalla del Puente Milvio, y el suicidio de Maximino por su derrota en la Batalla de Tzirallum ante Licinio, dejó el poder en manos de los dos vencedores, que hasta el día de hoy han gobernado, el primero en Occidente, y en Oriente el segundo. Como se suele decir, sólo puede quedar uno, y ahora me encuentro en el escenario que decidirá quién de ellos es.

Desconozco cuál es el orden de los acontecimientos. Desconozco si Constantino pelea por los cristianos, o si abraza el cristianismo para que esta religión beneficie su estrategia. Lo cierto es que la pasada noche, Constantino ha rezado al Dios cristiano, mientras que Licinio ha acudido a los oráculos paganos. Me hace gracia pensar que ambos han obtenido la misma respuesta por parte de distintas deidades. Ambos creen que hoy vencerán.

Fue en el Edicto de Milán donde tanto uno como otro acordaron autorizar el culto cristiano en el imperio y anular las sanciones que anteriormente se venían imponiendo a los seguidores de esta religión. Sin embargo, Licinio continuó por una senda más cercana a los cultos paganos, mientras que Constantino, aunque muchos creen que no sabe ni a qué altar acudir, parece que se ha acercado en mayor medida al cristianismo. De este modo, el abismo que entre ambos emperadores se ha ido abriendo, ha tenido muchas connotaciones religiosas. Hoy en esta llanura se enfrentan Oriente y Occidente, pero todos los soldados vestimos una indumentaria muy similar. Hoy se enfrentan, quizá, paganismo y cristianismo, pero las espadas que defienden ambas posiciones están forjadas de igual modo. Pero lejos de la política y la religión, en la batalla lo que cuenta es el valor. Y poco a poco, es el ejército de Licinio el que más muertos deja sobre las orillas del Hebro. Acompañado por un puñado de hombres, el gobernador de Oriente escapa con dirección a Bizancio. Constantino acaricia su meta de convertirse en el único emperador.

Cabeza del coloso de Constantino. Palacio de los Conservadores. Roma.

Recomiendo este interesante documental del canal Historia: Rome. Rise And Fall Of An Empire. Constantine The Great.

11 de marzo de 2016

El asesinato del emperador libidinoso

Hace unos días tuve la oportunidad de charlar con un funcionario romano, de nombre Herodiano. Pude preguntarle acerca del actual emperador, Marco Aurelio Antonino Augusto, y lo cierto es que la información que este liberto me proporcionó sobre el joven de dieciocho años que ostenta el máximo poder del Imperio Romano, me dejó realmente impresionado. Supongo que en tiempos convulsos como estos que vivimos se tiende a exagerar, pero Herodiano me aseguró que todo lo que me comentaba lo había presenciado. No obstante, aun rebajando notablemente el alcance de tales afirmaciones, todavía nos quedaría un relato bastante perturbador, cuyo protagonista es este muchacho que ahora veo, ataviado con ostentosas telas, todas ellas de seda. Un lujo que nadie había alcanzado hasta ahora. El uso del más exclusivo de los tejidos venidos de tierras orientales no es el único aspecto que el emperador, poco más que un niño, posee como excentricidad nunca antes vista. Y esa es la razón por la que se ha convertido en un líder tan odiado por todos los aquí presentes.

Las rosas de Heliogábalo. Lawrence Alma-Tadema. 1888.

Vario Avito Basiano nació en Emesa, importante ciudad siria, en el año 203. Perteneciente a la dinastía Severa, es hijo de Julia Soemia Basiana, y nieto de Julia Mesa. Hago referencia a su madre y a su abuela, puesto que estas dos mujeres son las que han estado moviendo los hilos del poder, ya que el muchacho, y en esto todos parecen coincidir, no ha utilizado su posición para otra cosa que para dar rienda suelta a los deseos de un, según lo denominan por aquí, vicioso con una indescriptible desagradable vida. Tras el asesinato de Caracalla, en el año 217, uno de los participantes en el atentado, el prefecto del pretorio, Macrino, ascendió al poder blindado por el apoyo que todas sus tropas le brindaron, sin necesidad de consultar al Senado. Su gobierno duró alrededor de un año, el tiempo que necesitaron dos mujeres en Emesa para organizar una conjura con el objetivo de derrocarle, en favor de un niño que, a pesar de su juventud, ejercía como sumo sacerdote de El-Gabal, principal deidad de esa ciudad siria, cuyo culto resultó tan importante para él que le valdría el nombre posterior de Heliogábalo. Para llevar a cabo su complot, las mujeres se ganaron el apoyo de la Legio III Gallica, asentada en Raphana. De este modo, al amanecer del día 16 de mayo del año 218, Publio Valerio Comazón Eutiquiano, comandante de la tercera legión, proclamaba emperador al chaval, bajo el argumento de que era hijo ilegítimo de Caracalla. Las cosas se complicaron para Macrino, quien vio también la rebelión de la Legio II Parthica. Su definitivo final llegó con su derrota en la Batalla de Antioquía del 8 de junio de 218, fecha elegida por el emperador Heliogábalo como inicio de su gobierno.

Hoy es día 11 de marzo del año 222. Me encuentro en el campamento pretoriano, a las afueras de Roma, un cuartel construido en el año 23 por orden de Lucio Elio Sejano, prefecto pretoriano del emperador Tiberio. Se trata de un recinto amurallado de casi quinientos metros de ancho, cuyos muros de piedra, y más en un día como hoy, lo convierten casi en una prisión. En el centro del campo, como protagonistas de la tensa escena que estamos viviendo, se encuentran el emperador Heliogábalo y su primo, Alejandro Severo. Permanezco entre las filas de la guardia pretoriana, cuyos dirigentes han convocado esta reunión. Tras algunos discursos, todos los soldados, y por ello yo me uno para no levantar sospechas, comenzamos a aclamar a Alejandro, despreciando a Heliogábalo. El emperador, lleno de ira, comienza a gritar tan fuerte que no puede evitar soltar ridículos gallos de adolescente. Se siente traicionado, y da vueltas sobre sí mismo ordenando arrestar y ejecutar a todos aquellos que tengan que ver con esta revuelta, pues acertadamente interpreta que se trata de una rebelión. Ningún pretoriano se mueve hasta que una nueva orden es voceada. La exclaman nuestros capitanes. Las espadas silban saliendo de las vainas. El emperador debe ser asesinado.

Pocos en toda Roma son los que no se han llevado las manos a la cabeza ante la actitud del joven que hasta ahora dirigía el imperio. Desde que comenzara a ejercer de emperador, todos aquellos que colaboraron en su ascenso al poder se lamentaron de haberlo hecho. Se le ha acusado de muchas cosas, pero lo realmente grave es que a pesar de su juventud y de la posibilidad de crecer bajo una educación destinada a un buen gobierno, Heliogábalo es incontrolable.

Busto de Julia Maesa. Penn Museum de Pensilvania.

Corrupto. A su llegada a Roma en el año 219, el muchacho colocó a sus aliados, aquellos que lo habían ayudado a usurpar el poder, en diferentes puestos de gran categoría, despertando la indignación de los mandatarios que consideraban que dichas personas no estaban capacitadas para ocupar tales cargos. Irresponsable. Se la suda todo. Colocó a su madre y a su abuela en el Senado, pasándose por el forro el hecho de que las mujeres no podían siquiera acudir a las reuniones senatoriales. Arrogante. Tal ha sido su desdén, que ha modificado a su gusto incluso el mismísimo panteón de los dioses, colocando a su deidad predilecta, El-Gabal, en lo más alto, situándola incluso por encima del dios Júpiter. Ordenó traer de su ciudad natal la roca negra que se utiliza para representar al dios, cuyo nombre ha definido ahora como Deus Sol Invictus. Dicha piedra, que probablemente es un meteorito, es paseada por toda la ciudad en un carro de oro tirado por seis caballos blancos no dirigidos por nadie, como si la propia deidad fuera quien los guiara. Por supuesto, él es el sumo sacerdote de su nueva religión. Depravado. Quizás el más trascendental de sus aspectos, y el que más cóleras ha levantado. Heliogábalo es un auténtico enfermo. Su orientación sexual siempre ha sido discutida, pues a pesar de sus varios matrimonios con mujeres, el muchacho, y no a escondidas, siempre ha mantenido relaciones con otros hombres. Pero lo que a esta sociedad escandaliza es su comportamiento. Se dice que el chico ha convertido el palacio imperial en un auténtico prostíbulo. Acostumbra a vestirse y maquillarse como una mujer, y sofoca su deseo prostituyéndose en sus salones, ofreciéndose a cualquier hombre, patricio o plebeyo, que pase por allí, a cambio de unas monedas. Además, posee funcionarios cuyo trabajo no es otro que localizar a los hombres mejor dotados del imperio, para traerlos hasta su lecho. Prefiriendo considerarse a sí mismo emperatriz, antes que emperador, quiso nombrar César a su amante favorito, el auriga Hierocles, a quien acostumbraba a besarle el miembro tras las victorias del atleta en los estadios. Se dice que Heliogábalo prometió infinitas fortunas al médico que lograra otorgarle genitales femeninos. Pero lo realmente preocupante para sus allegados, era que el muchacho descuidaba completamente sus labores de emperador, entregándose en todo momento a sus vicios. Y es por ello que hoy han decidido poner fin a la incontrolable actitud de este crío.

Sus ropas de seda no le pueden proteger. Su poder ya no es respetado. Sabe que su gloria, y todo lo que ésta le proporcionaba, ha llegado a su fin. Desconozco si el miedo que ahora recorre su cuerpo conseguirá que reflexione sobre su conducta, llegando a la conclusión de que el puesto más alto del Imperio Romano conlleva responsabilidades, y no sólo beneficios. Tras haber salido corriendo, huyendo en busca de un lugar seguro, los soldados finalmente lo encuentran. Nadie, a excepción de su madre, permanece a su lado. Tal es su soledad en este momento que el único refugio que ha conseguido encontrar es una sucia letrina en la que intentó esconderse. Madre e hijo son detenidos y desnudados. Obligados a arrodillarse en el centro del campo pretoriano, son decapitados ante la mirada de la abuela, quien rodea con su brazo a su segunda opción de emperador tras el fracaso del otro nieto. Alejandro Severo será proclamado emperador con tan sólo trece años de edad.

Busto de Heliogábalo. Museo Capitolino de Roma.

Herodiano nos dejó una de las fuentes más importantes sobre la vida de este emperador.

1 de marzo de 2016

Pues os quito la Luna

Parece que llevamos años en estas tierras, y fue el 25 de junio del año pasado cuando nuestras cuatro embarcaciones vararon en las playas de este lugar, permitiéndonos pisar tierra firme antes de que la maltrecha madera de sus cascos terminara por destartalarse y hundirse en las claras aguas de este mar Caribe. Dos naos, grandes barcos con gran capacidad de carga, llamados El Gallego y El Vizcaíno, y dos carabelas, naves más ligeras y por ello rápidas, llamadas La Capitana y La Santiago, componían la que hasta ese momento era nuestra flota, que partió de Cádiz el día 9 de mayo de 1502. A bordo de esta última, La Santiago, he realizado yo el largo viaje, como marino a las órdenes de los capitanes Diego y Francisco de Porras, impuestos por los financiadores de esta campaña al que es el verdadero líder de la expedición, Cristóbal Colón. Aquellas embarcaciones son ahora el fuerte que nos cobija en esta isla aún sin conquistar, pues la madera que no fue devastada por el molusco de la broma, tan típico en estas costas, no servía para otra cosa que para construir un campamento en el que quedarnos a esperar ayuda. Sentado en la playa espero a que salga el Sol de este 1 de marzo de 1504, dejando que se retire la Luna, que tanto nos ha ayudado esta noche en esta aún desconocida isla de Janahica, o Jamaica.

Retrato de Colón. Sebastiano del Piombo. 1519. Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

El motivo de este viaje, el cuarto ya de Colón a esta parte del redondo mundo, no es otro que alcanzar de verdad las Indias, puesto que estas tierras descubiertas no lo son. El oro, la plata, las piedras preciosas y las especias de las Indias han sido alcanzadas por los portugueses tras bordear África bajo el mando de Vasco da Gama hace unos pocos años. Nuestro objetivo es llegar a esas riquezas por este otro lado, pero para ello necesitamos encontrar un paso entre estos territorios bañados por el Caribe y las aguas del mar de las Indias. Parecía que el pueblo guaimí, con el que contactamos hace unos meses, nos desvelaría el punto exacto en el que, según ellos, tras menos de diez días a pie se alcanzaba un océano diferente al otro lado de ese país. Cuando los indios percibieron que a parte de cruzar sus tierras para seguir la expedición, además queríamos saquearles, convertirles y colonizarles, tomaron las armas y dijeron que una mierda. A pesar de que nos superaban en número en relación de diez a uno, nuestras armas vencieron, aunque ellos acabaron con varios de los nuestros.

Retrato de Colón. Ridolfo Ghirlandaio. 1520. Museo del Mar y la Navegación. Génova.

En Jamaica las cosas no han ido mucho mejor, aunque de momento no nos hemos liado a leches. Tras nuestro naufragio intentamos establecer una convivencia pacífica con los indígenas de esta zona, que amablemente nos abastecieron de alimento ofreciéndonos los muy exquisitos manjares de este lugar. Pero a nosotros no nos hace falta buscar enemigos, que ya entre nosotros nos liamos a palos solos. Hace ya más de seis meses, Colón envió a su escribano mayor en este viaje, el zamorano Diego Méndez de Segura, a la isla de La Española, en una canoa robada a los indios, a pedir ayuda. Todavía estamos esperando, pero ya sabíamos que el plan no era fácil, no sólo por la dificultad que supone realizar un viaje así en una canoa, sino porque Colón, acusado de mal gobernante, tiene prohibido pisar La Española, y ya no quieren saber mucho de él allí. Ante la catastrófica situación que tenemos aquí, era sólo cuestión de tiempo que se abriera un cisma entre nosotros. Yo me he mantenido fiel a Colón, pero muchos se han unido a una rebelión liderada por los hermanos De Porras, que hartos del panorama que tenemos aquí montado, se han puesto a abusar de los indios, robándoles sus víveres, violando a sus mujeres y aprovechando el salvajismo para acusar a Colón de todo ello. Si ya nos iba mal cuando esta buena gente compartía sus cosas con nosotros, ahora que obviamente nos han mandado a tomar por culo, nuestra supervivencia se complica muchísimo.

Pero esta noche, el ingenio de Cristóbal, ese hombre de más de cincuenta años que ahora señala con su dedo índice a la menguada Luna mientras mediante sueltos términos en la lengua local se comunica con los indios, nos ha salvado. Abraham Zacuto, un astrónomo judío de Salamanca, formó parte en 1486 del consejo que se opuso a la propuesta de Colón de alcanzar las Indias partiendo hacia occidente, su primer viaje. Hoy, su obra Almanach Perpetuum, El Gran Tratado, acaba de evitar que nuestra expedición vea su fin. Sabedor Colón de la importancia que para estas gentes tiene la naturaleza, confió en la ciencia para resolver este problema que nos amenazaba. Para ello, sólo era necesario esperar a que la noche llegara, y a que un cielo despejado nos permitiera ver la Luna. Aún en este momento se encuentra poniendo en práctica su estrategia, mientras algunos de los nuestros se miran sonriendo, asombrados por el ingenio de su líder.

-El Dios del que os hablo, el único Dios verdadero, está furioso con vuestra gente -exclama Colón, gesticulando para ayudar a los intérpretes a comunicar a los nativos su mensaje-. ¡Exige que nos ayudéis! ¡Exige que de nuevo compartáis con nosotros vuestro alimento! Pues si no, hará que la Luna no vuelva a salir. ¡Os lo advertí! ¡Mirad!

Casi me inspira lástima el miedo que las palabras de Colón causan a estos hombres y mujeres, cuando al mirar al cielo no ven nada más que un tenue anillo blanco donde debería estar la Luna. Tal como les avisó este tipo de barba blanca, en la noche de hoy, la Luna desaparecería del firmamento por causa de la ira de su Dios, enfadado porque ellos no ofrecían su comida a estos hombres llegados a sus costas en impresionantes naves de madera. Se muestran asustados, hablando entre ellos con palabras que no conozco, pero en las que no es complicado interpretar un tono de terror. No hay duda, la Luna no está. Sin poder comprender cómo ese Dios se manifiesta con tal gesto, los líderes indios se comprometen a volver a abastecernos, a cambio de que el astro vuelva a aparecer en el negro manto que nos cubre.

Cristóbal Colón agacha su cabeza en señal afirmativa y se da la vuelta acudiendo a su cabaña. A la luz de una vela sonríe y cierra cuidadosamente el libro que le ha servido para resolver la crítica situación, no sin antes pasar sus dedos por la página en la que se aseguraba que en la noche del 29 de febrero al 1 de marzo de 1504, se produciría un eclipse lunar visible desde esta latitud. No es algo que estos indios no conociesen, pero sin duda lo que les ha dejado con el culo torcido es que el Dios del que les hablan tuviese el poder de producirlo cuando le dé la gana por causa de su desobediencia a estos hombres barbudos y de aspecto lamentable entre los que ahora, desgraciadamente, me encuentro.

Ilustración del acontecimiento.

La obra Almanach Perpetuum, de Abraham Zacuto, se encuentra disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

10 de febrero de 2016

El motín de Santa Escolástica

Oh, la vida universitaria... No sé qué día de la semana es hoy, sólo sé que es 10 de febrero, del año 1355, pero qué más da eso. Siempre es un buen momento para ir a tomarse unas cañas. Y aquí me encuentro, en una de las tabernas más concurridas del centro de la ciudad de Oxford, en Inglaterra. Se trata de la taberna Swindlestock, un garito que hace esquina en un cruce de caminos, por lo que es un local que a menudo está lleno de gente, sobre todo estudiantes. Me apoyo en la barra del bar, de madera al igual que el resto del recinto, repleta de jarras medio vacías, y saludo al tabernero con un movimiento de mi cabeza y alzando mi dedo índice, señalándole que quiero pedir. John Croidon es un hombre de mediana edad, algo panzudo, quizás un poco recio, pero a mí siempre me ha parecido un camarero atento. Me indica con su mano que espere un instante. Alza su pescuezo intentando elevar su calva por encima de las cabezas de los presentes, como si quisiera fijarse en una de las mesas en concreto. Parece que los que la ocupan se están pasando de escandalosos. Pero en fin, el garito está lleno, ya es algo tarde, y los estudiantes ya llevamos bastantes pintas encima. Yo incluso empiezo a estar algo mareado.

-¿Otra, joven?

-La penúltima, John -respondo al tabernero cuando por fin puede atenderme.

Inscripción que recuerda la ubicación de la taberna Swindlestock, hoy una oficina del banco Santander.

La universidad de Oxford goza de ser la más antigua universidad de habla inglesa en el mundo. Hay evidencias de enseñanza ya en el siglo XI. Su importancia ha ido creciendo debido al gran incremento de estudiantes que año a año han visto sus aulas. Gran culpa de esto la tuvo el rey Enrique II de Inglaterra, cuando en el año 1167 prohibió que los ingleses acudieran a estudiar a París. A partir de esta ordenanza, Oxford evolucionó hasta convertirse en una universidad de incomparable prestigio. En un principio, los lugareños agradecieron que esto fuera así, pues con la masiva llegada de estudiantes, mejoró la economía. Las posadas se llenaban de alumnos extranjeros, los bares amontonaban barriles de alcohol vacíos... Pero poco a poco a las ventajas de reunir a tanto joven comenzaron también a sumarse los inconvenientes.

-¡Esta cerveza sabe a mierda!

-Asqueroso garrafón, macho -añade uno de los jóvenes de la mesa alborotada a la queja de su compañero, tras escupir su último trago al suelo de madera.

John los mira sin intervenir de momento. Creo que se teme lo peor, y eso que ser el dueño de una de las tabernas más exitosas de Oxford ya lo tiene acostumbrado a lidiar con todo tipo de borrachuzos, especialmente jóvenes estudiantes.

Esto no viene de ahora. Fue en el año 1209 cuando uno de estos altercados más o menos comunes resultó ser tan grave que incluso la universidad fue cerrada durante cinco años. Dos estudiantes fueron acusados de violación. No salieron vivos de aquí.

Tomo asiento en una de las pocas mesas que aún permanecen libres, lejana a esa otra en la que parece estar caldeándose el ambiente excesivamente. Le pego un sorbo a mi jarra y degusto la cerveza. No sé, a mí me parece que está buena, y me considero un experto en esto de la birra. Podría decirse que mi carrera es la de bebedor de espumosas. Matrícula de honor, vamos. Me fijo en los parroquianos que continúan pegando gritos que provocan que el resto de los presentes se giren alarmados. Los dos estudiantes que no paran de quejarse de la calidad de sus bebidas son Walter Spryngeheuse y Roger de Chesterfield. Comparten mesa con un grupo de sacerdotes, otros que también viven de puta madre los cabrones. Es algo común que los estudiantes y los clérigos hagan buenas migas. La Iglesia sabe de la gran importancia social que tiene la universidad, por lo que últimamente se ha esforzado en crear lazos con ella, surgiendo una corriente muy curiosa centrada en la reconciliación entre filosofía y teología.

-¡Tabernero! Estas bebidas son una basura -recrimina Walter incorporándose, para lo cual se apoya en el respaldo de su silla intentando guardar el equilibrio, ya menguado por una larga lista de bebidas definida por la cantidad de jarras vacías que acumulan sobre la mesa.

-Si no os gusta lo que os sirvo, ya podéis iros a tomar por el culo -responde John, quien no escatima en utilizar un soez lenguaje.

-Cuidado con lo que dices, viejo -amenaza Roger, quien también se levanta, asiendo su jarra, en la que poco contenido queda, a pesar de sus quejas.

Walter se abre paso entre los presentes, tambaleándose hasta que tropieza con mi mesa. Se apoya en mi hombro con camaradería al distinguirme como otro estudiante.

-Pura mierda, ¿verdad, amigo? Esto no hay quien lo beba -me dice, gritando para que todos lo escuchen-. Vamos, díselo tú también. ¿A que esto no es cerveza? Esto es orín de perro. ¡Orín de perro, tabernero! ¡Díselo!

-Yo... yo es que soy de letras, je, je, je -respondo, intentando no meterme en la trifulca que se está originando.

Afortunadamente Walter se aleja de mí y continúa moviéndose por el local, aumentando la grosería de sus reclamaciones. Roger ríe y le vitorea, mientras los clérigos permanecen quietos sin intervenir.

-¡Basta! ¡Largo de aquí, bufones! Volved con vuestros putos libros -grita John, saliendo de la barra y señalándoles la puerta con su enorme mano.

Pero la cosa pasa a mayores cuando Roger lanza su jarra con gran fuerza, impactando en la cabeza de John, quien a parte de quedar empapado por la cerveza que aún quedaba en el recipiente, tiene que apoyarse de nuevo en la barra y ser ayudado por algunos de los lugareños para no caer. Esa hostia con la jarra no hace más que desencadenar la lucha que tanto tiempo tanto estudiantes como lugareños mantenían retenida, alimentada por los continuos enfrentamientos. Algún puñetazo cae ya, además de empujones y amenazas. Inmediatamente por la puerta salen corriendo tanto universitarios como vecinos, tomando diferentes direcciones, pero ambos grupos dirigiéndose al mismo objetivo: llamar a las armas a los suyos.

Oxford Pageant Official Postcard.

Como si de una guerra entre ejércitos se tratara, pronto las calles comienzan a convertirse en un campo de batalla en el que se enfrentan estudiantes y vecinos, todos ellos fuertemente armados. Yo me quedo en la puerta del Swindlestock, intentando pasar desapercibido. Al cabo de unos minutos, distingo a John de Bereford, alcalde de Oxford, cruzando la calle a toda prisa, mientras algunos guardias parecen informarle de la situación mientras le persiguen gesticulando. Está claro que el alcalde no quiere perder ni un segundo, pues sabe que la noche puede complicarse mucho. Intento ir tras ellos, alcanzando a escuchar que las intenciones de John de Bereford son las de hablar con el canciller de la universidad, Humphrey de Cherlton, para poner fin a esta disputa con el arresto de los dos estudiantes que parecen haber provocado este jaleo. Cuando llegan a la universidad y entran, opto por quedarme a las puertas, ocultándome en las sombras que la noche ya ofrece en los callejones de esta ciudad, hoy desmadrada. Sin embargo, el alcalde no tarda en abandonar el recinto, si cabe con más rapidez que con la que entró. Acto seguido, las campanas de la iglesia del campus, la iglesia de Santa María, comienzan a sonar. Están llamando a los estudiantes a las armas. Esto se pone muy feo. En las calles los ruidos de las peleas se acrecentan, y poco después, a las campanadas de la iglesia de Santa María se unen otras, las de la iglesia de San Martín. Estas llaman a los vecinos a la misma causa: luchar.

La que se está liando aquí no es pequeña. En un principio parece que la contienda está a favor de los universitarios, pues de momento su número es bastante superior. Esto es algo que John Croidon también percibe. Lo veo al final de la calle, armado con un gran cuchillo. Gesticula ordenando a los hombres que lo acompañan que le sigan, y pone dirección a los campos. Sin duda su idea es reclutar a más lugareños para enfrentarse a esos malditos estudiantes que últimamente les traen más problemas que beneficios. Algunos cuerpos empiezan a verse en los caminos. La cosa se pone bastante complicada, pero, en fin, yo me tengo que ir. Mañana tengo examen.

Universidad de Oxford en la actualidad.

Hoy en día, como única testigo superviviente de aquella noche, se alza en el centro de Oxford, constituyendo su núcleo, la Torre Carfax, la única parte hoy en pie de la antigua iglesia de San Martín.

1 de enero de 2016

El último gladiador

El griterío de la plebe es atronador. Más de cuarenta mil gargantas rugen, sedientas de espectáculo. Tal tormenta de voces llega a mí en forma de terrorífico murmullo. En este laberinto de galerías que constituyen el hipogeo del Anphitheatrum Flavium, el alboroto de las gradas hace que nuestro techo, su suelo, retumbe como si un poderoso terremoto sacudiera Roma. Cierro mis ojos y trago saliva. Mis piernas tiemblan y por momentos pienso que mis rodillas van a doblarse y voy a caer al suelo, incapaz de soportar el peso de mi equipo protector, debido al pánico que ahora mismo recorre mi cuerpo. Soy el sexto de una fila de diez. A mi lado, otros diez. Veinte somos los esclavos que formamos esta procesión cuyo destino puede ser la gloria, o la muerte. Al final de este estrecho corredor que asciende desde las profundidades de las mazmorras, a través de la reja de un portón penetra la luz de este día soleado, proyectando sobre nuestros rostros la sombra de los barrotes que nos recuerda nuestra condición de siervos, a pesar de que el pueblo nos aclama como a dioses. Una voz intenta con gran dificultad pedir calma para pronunciar su discurso. Casi medio centenar de miles de excitados espectadores por fin respetan la intervención, dejando al Coliseo en pleno silencio. Apenas escucho desde aquí lo que la voz exclama. Sólo alcanzo a distinguir la presentación final que despierta de nuevo la ensordecedora vocinglería que congela nuestros músculos.

-¡Aquí tenéis a los gladiadores!

Lucha entre gladiadores. Spartacus

Mi decisión a la hora de equiparme fue bastante clara. Me fui a por el escudo más grande que pillé. De esta manera, puede decirse que soy un gladiador de estilo murmillo, o mirmillón, en definitiva, de los que se caracterizan por usar un yelmo con una peculiar forma de pez, mormyr. Se trata de un casco completo, que cubre todo el rostro con una máscara que se abre, con amplios bordes y con un alto refuerzo sobre el que, en mi caso, lleva un penacho de color rojo, lo que le otorga esa morfología similar a la cola de un pescado. Mi brazo derecho lo llevo protegido por un brazal de bronce que me cubre desde el hombro hasta la mano, y que en el caso de los gladiadores recibe el nombre de manica. Entre esto y el gladius que empuño con la diestra, noto que me encuentro desequilibrado hacia ese lado. El escudo que protege mi parte izquierda es como los que usan las legiones romanas. De más de un metro de alto, rectangular y curvado, espero que valga para cumplir mi objetivo de pasarme todo el combate agazapado tras él. Por último, mi pierna derecha está cubierta por una greba acolchada. Mi único atuendo es una túnica corta sujeta con un ancho cinturón de cuero, llamada pollera, y que me imagino que debe su nombre precisamente a que cubre la p...

-¡Adelante!

Los cuatro soldados romanos que nos custodian nos hacen señales para que les sigamos. El portón se abre y la luz del sol nos recibe, así como el alboroto de las gradas. Cuando por fin salto a la arena, las cuarenta mil voces aclamándonos me paralizan. Ante mí, un óvalo de más de setenta metros de largo se extiende, cubierto de una arena ahora, de momento, limpia. Elevo mi mirada y doy vueltas sobre mí mismo admirando esa maravilla de construcción circular de casi sesenta metros de altura. La más impresionante obra de arquitectura romana me rodea ahora mismo, y yo soy uno de sus protagonistas en este instante. Empanado, no me doy cuenta de que entorpezco la salida de los que suben detrás, y el gladiador que me sigue choca conmigo. Joder, tenía que ser un reciario. Sin querer me espeta el tridente en el culo y pego un brinco que hace que olvide todos mis temores. Empezamos bien la búsqueda de la gloria.

Ilustración de combate en el Coliseo
Tras varios saludos a la entregada plebe, formamos ante el balcón en el que se encuentra el emperador, Honorio, muy cerca de la arena, en una privilegiada posición. A su lado se encuentra la que supongo que será María, su esposa, hija del afamado general Estilicón, que tanta caña le está dando a Alarico I en estos últimos dos años. Mi mirada se fija en el semblante del emperador. Algo me dice que no está ni mucho menos cómodo al presidir este violento acto que va a dar comienzo. Comenzando por los más veteranos, y por ello más expertos, vamos tomando posiciones. Me alejo de esos que sé que luchan por puro amor al arte, siendo sus nombres los más coreados, pues son sin duda los más peligrosos. Retrocedo poco a poco cuando el combate comienza, y casi he de soltar mi armamento para llevarme las manos a los oídos ante la locura de voces desatada en las gradas. Mis pies desnudos pisan la templada arena calentada por el sol. Los sonidos metálicos de los choques de armas empiezan a rodearme, a medida que por puro azar van estableciéndose las parejas de baile para esta danza sangrienta. Miro constantemente a ambos lados, intentando pasar desapercibido. A unos metros ante mí, otro de los gladiadores hace lo mismo, con la diferencia de que él lo hace con la intención de escoger a su oponente. Se trata de un luchador provisto de una coraza acolchada que le cubre torso, brazos y muslos. Posee un casco completo que le otorga una apariencia temible. Se trata de un yelmo dorado que envuelve toda su cabeza sin más detalles que dos pequeños orificios redondos para poder ver, y un refuerzo a modo de cresta. Dirige su cara de hojalata hacia mí y enseguida decide que soy el adversario perfecto para probar el acero de cualquiera de sus dos armas: su gladius o su tijera romana, consistente en un tubo que cubre su antebrazo, el cual sujeta por un asa interior, y que finaliza en una hoja en forma de media luna tan cortante que no me interesa siquiera rozarla. Se trata de un gladiador de tipo scissor.

Se dirige hacia mí corriendo con la agilidad que le permite el no llevar escudo, y cuando me quiero dar cuenta me veo corriendo a su vez. Supondría una épica escena el hecho de que yo también corriera hacia él, desafiándonos con viriles gritos, pero lo cierto es que la dirección de mi carrera era precisamente la de la huida, y mi grito más bien infantil. Por todos los dioses, soy un gladiador. Me armo de valor y me doy la vuelta, dispuesto a enfrentarme a ese luchador, con la afortunada casualidad de que él ni mucho menos se lo esperaba, y, estando casi alcanzándome, se estampa contra mi escudo y cae de espaldas. La gente me vitorea. Los dioses me sonríen. De repente, mi atención se fija en un punto en las gradas. Pronto todos los gladiadores se percatan y poco a poco todos los combates se interrumpen ante el bullicio que comienza a montarse en la parte más baja de una de las zonas de las tribunas. Distingo a un grupo de personas, no sabría decir cuántas, siendo linchadas por todos los demás asistentes. La peor parte parece llevársela un anciano, quien tiene pinta de liderar lo que creo que es un intento de boicot de este espectáculo. Ahora caigo. Son tiempos muy convulsos estos, en lo que a combates de gladiadores se refiere. Muchos han sido los intentos, y cada vez son más, de prohibir estos juegos. Esa gente que ahora está siendo golpeada con tanta violencia como lo que se supone que hoy en esta arena se produciría, deben ser partidarios, cristianos quizás, de que todo este asunto de las luchas a muerte vea su fin. Tal es el revuelo que nuestro combate se suspende. Antes de abandonar el corazón del Coliseo hacia sus arterias, dirijo mi mirada hacia el emperador Honorio. Algo me dice que en su interior está de acuerdo con ese activista anciano que, por desgracia, creo que va a terminar viendo su muerte en este maravilloso anfiteatro, sin ningún tipo de gloria. Algo me dice que hoy, 1 de enero del año 404, puede ser el día en el que por última vez se celebre un combate de gladiadores.

Busto del emperador Honorio

La fecha de este acontecimiento se tiene más o menos clara, pero las leyendas han salpicado los hechos. Por ejemplo, se dice que este último combate fue interrumpido por un monje asiático llamado Almaquio, San Telémaco, quien murió linchado por la plebe por su intromisión, y que provocó la abolición definitiva de los combates poco tiempo después, tras ser declarado como mártir por el emperador Honorio.