21 de julio de 2017

La destrucción del templo de Artemisa

Las aguas del Egeo relucen de tal manera cuando el sol se oculta, que casi resulta imposible fijar la mirada en el horizonte en este bello atardecer. En esta calurosa noche de verano, dos nombres pasarán a la Historia. Uno de ellos será clamado con orgullo, mientras el otro no será pronunciado sino con desprecio. Hoy, 21 de julio del año 356 antes de Cristo, dos hombres serán introducidos en las inmortales crónicas que narrarán la Historia del mundo. Quizá ambos comparten el objetivo de ser recordados para siempre. Pero uno de ellos figurará en epopeyas que cantarán apasionantes logros casi imposibles para un hombre, mientras que el otro solo será protagonista de vestigios que cuestionarán la inteligencia del ser humano. Esta noche, al otro lado del mar, en la ciudad macedonia de Pela, ha nacido el hijo del rey Filipo II, Alejandro III, quien será Alejandro Magno. Su nombre será símbolo de gloria. Aquí, donde me encuentro, en Éfeso, ciudad jónica hoy bajo el dominio aqueménida del Imperio Persa, un tal Eróstrato creo que se llama, ha prendido fuego a la que será considerada una de las siete maravillas. Su nombre será sinónimo de locura.

Ilustración del templo de Artemisa

A los pies del cerro de Ayasoluk se alza un edificio cuyo delicado mármol brilla con tal magnificencia que parece divino. Y tal vez lo sea, pues se trata del hogar de la diosa que le da nombre. Me dicen que la construcción del templo de Artemisa llevó más de ciento veinte años. Fue al rey lidio Creso, hace unos doscientos años, a quien se le ocurrió levantar este monumental edificio, quizá porque a él, el hombre más poderoso de su época, ya todas las opulencias se le quedaban pequeñas. En la ya sacra ubicación en la que se alzaba un austero templo dedicado a Cibeles, el arquitecto cretense Quersifrón inició el ambicioso proyecto. A medida que la noche se echa encima, la penumbra se apodera de la ciudad. Se trata de una noche extrañamente oscura. No encuentro la luna en el cielo a pesar de que está despejado. Cuando llego al templo, el blanco mármol, como si su piedra tuviese la capacidad de almacenar la luz que ha recibido durante el día, ilumina el lugar permitiéndome admirar los bajorrelieves que decoran los frisos. Acaricio las historias que cuentan mientras elevo la cabeza poco a poco, llevando mi mirada a través de las columnas de sesenta pies hasta alcanzar el techo, que se eleva dándole al edificio más de veinte metros de altura. Camino sobrecogido hacia el baldaquino y, saliendo de mi trance, me doy cuenta de que ya no queda casi nadie aquí dentro. Algunos guardias pasean por la cella, charlando entre ellos, y poco más. Pero, zigzagueando entre las columnas descubro a un tipo de lo más extraño. Al percatarse de que le he visto parece ponerse muy nervioso, rascándose su despeinado cabello enmarañado, mirando a uno y otro lado, parpadeando repetidas veces, sudando... Tal es su ansiedad que casi tropieza con las antas al alejarse, mirándome con una sonrisa de lo más excéntrica. Vaya trastornado, pienso.

-Hay sueño, ¿eh? El turno de noche es una mierda -protesta uno de los guardias.

-Ya te digo, macho -responde el compañero tras finalizar un sonoro bostezo-. Si es que llevo varias noches sin pegar ojo. No hay quien duerma con este calor.

-Me iba yo al Bósforo ahora tranquilamente -bromea el otro.

Estatua de Artemisa del anfiteatro
de Leptis Magna
Poco a poco el silencio se apodera de este lugar. A la luz de las lámparas de aceite de nardo el templo es, si cabe, más imponente. Pero las tranquilas sombras que titilaban sobre los artesonados de repente empiezan a describir violentas sacudidas. No pasa mucho tiempo hasta que un agradable aroma se extiende por la cella. Sin embargo, cuando aprecio el casi asfixiante olor de los perfumes interpreto que la causa es devastadora. Pronto me veo obligado a taparme la nariz y la boca con la pechera de mi túnica corta de lana blanca sin mangas. El humo me hace pensar que un incendio ha sido provocado junto al altar. Las voces que a continuación escucho, me lo confirman. Me salgo al pronaos, donde al menos puedo respirar, y contemplo entre tosidos cómo los soldados se organizan para sofocar el fuego. Pero nada pueden hacer, sino apresar a un tipo que curiosamente no opone resistencia alguna. Habiendo prendido fuego a las cortinas del baldaquino, ha conseguido que las llamas se extiendan rápidamente devorando la madera y destrozando los metales. Cuando lo arrastran casi despeñándolo a patadas por las escaleras del basamento, el tipo, aquel muchacho que descubrí anteriormente, no deja de proclamar oraciones a la diosa cuya estatua arde dentro. Los numerosos pechos de Artemisa, tallados en madera de vid, se convierten en ceniza mientras el oro que la vestía cae sobre el altar.

Los golpes que ya recibe, fruto de la ira de los efesios ante la impotencia de ver que su maravilla se destruye, en nada se compararán al sufrimiento al que será sometido durante las torturas que intenten arrancarle la razón por la que ha cometido tal crimen. Eróstrato, ese pobre pastor que ahora escupe sangre sobre la arena, rodeado por todos los que aquí estamos, confesará algo que, por perturbador, nunca podrá ser olvidado. El rey Artajerjes III llegará a penar con la muerte a todo aquel que ose pronunciar el nombre de este muchacho. Pretenderá que el recuerdo de este lunático muera con él cuando lo ejecute. Pero no lo logrará, pues la Historia, aun repleta de nombres que lograron su inmortalidad por medio de grandes gestas, también estará interesada en conocer este suceso, protagonizado por un loco que prendió fuego al templo de Artemisa con el único objetivo, cumplido con creces, de ser por siempre recordado.

Ruinas del templo de Artemisa en la actualidad

En esta página se encuentra publicado un bonito cuento, firmado por el escritor del siglo XIX Marcel Schwob, que narra este suceso.